Delhi con escalas | Día 1

Los aeropuertos son lugares de confluencia, que juntan y separan destinos, que se llenan de historias de lágrimas. El de Barcelona, el de casa, era nuestro punto de partida hacia la aventura. Llegar hasta Delhi requiere de al menos una escala, porque lo de estar directamente conectados no se da —de momento— entre catalanes e indios. Así compartimos nuestro trayecto con un montón de ucranianos rubios y de ojos azules, y algún otro que rompía con el cliché. La tregua antes de la llegada, el gris matizado al shock cultural, fue Kiev. Sólo durante un par de horas. Volamos con Ukraine International, la aerolínea de cabecera del país. Quién hubiera dicho que Kiev y Delhi, sin escalas, compartían conexión aérea varias veces por semana. Salimos puntuales con megafonía ucraniana que suena rusa. Adivino tres palabras: Kiev-tres-grados. El avión se las ingenia para despegarse del suelo y se tuerce hacia la izquierda para encararnos con el azul del Mediterráneo. A los dos segundos se pone recto y empieza a ascender. Dos minutos más tarde, es difícil distinguir el azul del cielo del azul del mar. Es divertido sentarse en la ventana y recordarse la insignificancia propia sobrevolándolo todo. Las dos horas de escala pasan volando. Y ya nos preparamos para el trayecto largo. Es de altos padecer los vuelos largos. La sorpresa llega para mal cuando nos subimos al avión que tiene que hacer el trayecto de siete horas entre Kiev y Delhi… ¡Es el mismo con el que venimos de Barcelona! A ver, no exactamente el mismo, sino uno similar pero del mismo modelo: un Boeing 737-800. Con dos filas de tres asientos, el típico avión pequeño que sobrevives a duras penas en vuelos de dos horas. Pues fueron siete, y sobrevivimos pese a la indignación. Al entrar nos convencimos de que habíamos embarcado una puerta equivocada. Pero al mirar al resto del pasaje, nativos indios la mayoría, la duda se despejó. En cualquier caso, al final el avión hizo la función, llegó —¡llegamos!— a Delhi con escalas… para dormir (mucho).