Ciudades de Rajastán, ciudades de colores | Día 5

El hotel kitsch de Jaipur, hortera hasta el insulto, confirmó los malos presagios y las señales de alerta. Dormir no fue sencillo; ni lo será. Primero por tener que abrigarnos con la ropa de abrigo que no tenemos para evitar tocar de más las sábanas. La habitación y la ropa de cama está aproximadamente limpia para los estándares indios. El caso es que nosotros arrastramos todavía los estándares europeos. Y segundo, las paredes son papel y parece que compartimos habitación con todos los demás huéspedes del hotel. Escuchamos a los que llegan a la habitación y se explican el día, a los adolescentes que parece que están de viaje de fin de curso y no pueden contener la emoción y a nuestro vecino de al lado. El pobre padece de una tos severa que le lleva al borde de la muerte. Pero sobrevive toda la noche. Jaipur es la primera de las ciudades de Rajastán que visitamos. Toda la gama cromática para las ciudades de Rajastán Algunas de las ciudades de Rajastán, el estado occidental de la India en el que ahora nos encontramos, comparten epítetos cromáticos. Si Udaipur es la ciudad blanca y Jodhpur la azul, Jaipur, nuestra segunda parada del viaje por India, es la ciudad rosa. Así se le llama al centro histórico, que le envidia poco a Delhi en caótico, desordenado y agitado. Hoy, de nuevo, hemos estado a punto de ser atropellados doscientas veces: saliendo del hotel, caminando por el centro, cruzando calles imposibles de cruzar, volviendo de la cena. Pero donde uno ve caos, los indios ven orden disonante. Es maravillosa su capacidad para permanecer impasibles en situaciones que a uno le llevan al borde del colapso. Será la genética del hábito. Jaipur, la ciudad rosa de la Patrika Gate El caso es que los edificios del centro de Jaipur son rosas. No un rosa girlie, sino más bien un rosa rojizo. Jaipur también es la ciudad a la que Instagram utilizó para bautizar a uno de sus filtros: probad vuestras fotos con tonalidad rosa con este filtro y flipad con cómo quedan de resultonas. La capital de Rajastán convive muy bien con el turista. Está acostumbrado a él y no solo lo tolera, sino que lo integra. En cualquier caso, ser turista no es fácil en la India. “¿Tuk tuk?”, preguntan. “No, gracias”, respondes. “Barato, barato”, continúan. “No, gracias”, insistes. “¿No te gustan los tuk tuks?”, se sorprenden. Y nos reímos. Porque sí, porque los tuk tuks son divertidos, prácticos y baratos. Pero somos más de caminar. Hoy, sin embargo, hemos hecho récord de trayectos en tuk tuk: cuatro. Para ir al centro, para avanzar doscientos metros hacia la Patrika Gate, al monumento más instagrameable de la ciudad —hasta que el conductor nos ha bajado porque se ha dado cuenta que le habíamos regateado demasiado bien—, para avanzar los once kilómetros restantes hasta el monumento de marras y para volver de él y llegar al restaurante más guiri de la ciudad. Ver esta publicación en Instagram Una publicación compartida por Cultura Nómada (@cultura.nomada) Los bazares de Jaipur La gracia de Jaipur no son tanto sus monumentos como los bazares. Hay que callejearlos, padecerlos, fotografiarlos. Hay que decir que no cuando te preguntan si eres hindú, decir que sí cuando te lo vuelven a preguntar: “Eres divertido, me caes bien”. Y hay que buscar gangas, rechazar proposiciones, sorprenderte porque te adivinan el idioma materno, caminar deprisa para alejarse del preguntón incómodo que da mal rollito. Hay que negarse a hacerle una foto a una mujer que te pide que la inmortalices por veinte rupias, denegar la oferta de subirse a un autobús que va hasta los topes, decir de carrerilla “no, gracias” a todos los vendedores, sortear un par de vacas, huir de una manada de monos asesinos y descubrir que el Che Guevara indio vive aquí, en Jaipur, y vivió diez meses en Chile. ¿Cachái? Muy raro todo, muy entretenido, muy estresante, muy diferente. La comida-merienda-cena del día se la debemos a la Lonely Planet, nuestro referente cuando de fiarse de alguien en la India para comer se trata. Hemos estado en un restaurante que se encuentra en la azotea de un hotel, el Peacock Restaurant. Aquí se gasta mucho esto de las azoteas de los hoteles convertidas en restaurantes. Un sitio muy cool que se escapa un poco del presupuesto mochilero, pero que se ajusta muy bien a los delicados estómagos de los turistas. Nos las damos de valientes y pedimos dos tipos de curry. Que estaban ricos, sí. Pero mañana volvemos a la pizza.