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Paréntesis en el bus de Ajmer a Udaipur | Día 9

La guía Lonely Planet de la India en un bus de la India

La locura nocturna de Pushkar, de cánticos inconexos y mantras repetitivos que se escuchaban en todo el pueblo, parece justificarse. Resulta que hoy lunes era día de una importante fiesta religiosa hindú en honor al dios Shiva, el Maha Shivaratri. La tradición obliga a los fieles a ayunar el día anterior y a permanecer despiertos durante toda la noche. Se supone que esa noche sin dormir deben dedicarla a la meditación, aunque los pormenores de la festividad varían según la región. En Pushkar meditaron unos pocos, el resto se dedicaron a cantar a pulmón vivo y a tocar tambores nada discretos. Desde el bus que nos lleva de Ajmer a Udaipur podemos asegurar que no te vamos a echar de menos, Pushkar. Pero te recordaremos con el cariño que recuerdas a los sitios que no entiendes y que, además, sabes que no son para ti. O sea, te recordaremos con muy poquito cariño. El bus para salir de Pushkar Para llegar a nuestro cuarto destino en la India, el tercero ya en Rajastán, el día iba a ir de buses. Primero, para bajarnos de Pushkar hasta la cercana ciudad de Ajmer, más grande y mejor conectada. Después, desde Ajmer tomaríamos un bus de siete horas a Udaipur. Pero por partes. El primero de los buses era una suerte de gallinero, en el que el aforo era ilimitado: donde había 40 lugares entraron 60 personas. Por suerte hemos llegado con tiempo y hemos podido ocupar dos asientos. No tuvo la misma suerte una mochilera veterana —que por su errático inglés podría haber sido española— que se vio obligada a ir media hora de pie oliéndole el sobaco a un par de indios de aspecto poco aseado. La mujer, pese a todo, irradiaba felicidad y se notaba que no era su primera vez: la India ya la había desvirgado hacía mucho tiempo. Viajaba liviana, sonreía por todo, hacía amigos y preguntaba sin reparos. El bus de media hora nos ha costado 14 rupias a cada uno, menos de veinte céntimos de euro. El que nos ha llevado a Udaipur, unas 600, casi 8 €. Por eso, cuando hemos llegado a la estación y hemos visto que desde ahí mismo partía nuestro bus largo, y que todos los vehículos aparcados eran tan destartalados, incómodos y viejos como el que nos había traído hasta ahí, nos han dado ganas de llorar. La espera de tres horas no iba a ayudar a aliviar la incerteza. Así que mejor ir a aliviar el estómago con lo más neutro que hemos encontrado en el menú de un restaurante cercano: un sándwich de pollo y queso. En bus de Ajmer a Udaipur De vuelta a la estación, tras sortear una decena de conductores de tuk tuks ávidos de trabajo —“¿Dónde vais? ¿A dónde os llevo?”— y a algún taxista que ha visto la chance de su vida de hacerse rico —“¿Os llevo a Pushkar? ¿Jaipur? ¿Bundi?”— nos ha tocado apostar por cuál de los buses sería el nuestro. “Ninguno, todavía no ha llegado. Tenéis que ir a la plataforma uno”, nos ha explicado uno de los billeteros. Ya plantados en la plataforma uno han aparcado tres buses, a cual peor, que han amagado con amargarnos la existencia. Por suerte, ninguno era el nuestro. A la hora exacta en que debíamos partir ha aparecido el bus más lujoso que había transitado la estación en todo el día. Nos hemos mirado: “¿Será ese?”. Hemos caminado hasta la puerta del bus y le hemos preguntado al conductor, le hemos suplicado: “¿Udaipur?”. Y se nos abre el cielo: “Yes, Udaipur”. El viaje de 230 kilómetros y siete horas ha sido plácido —todo lo plácido que puede ser un viaje de bus en las carreteras de la India— y hasta nos ha dado margen para un par de siestas. Udaipur de noche impone, es hermosa, distinta. Udaipur promete.