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El azul de Jodhpur es el color más cálido | Día 13

El mercado de Jodhpur y sus frutas

Jodhpur es la segunda ciudad en importancia, y en habitantes, de Rajastán. Si se la conoce por algo es por el azul con el que están pintadas las paredes de la mayoría de sus casas. Uno llega esperando deslumbrarse por el azul de Jodhpur. Pero no es tanto así. Es en su parte vieja de la ciudad donde el azul salta constantemente a la vista. Esta zona, sin embargo, es tranquila, discreta, poco transitada. Uno supone que el movimiento y los turistas deben estar aquí, y se sorprende cuando es el único —entre los turistas— que se ha aventurado hasta aquí. Se suceden entonces los “hello, hello” de sorpresa de los locales, como inhabituados a ver a alguien con una cámara en la mano y unas gafas de sol. Alguien, como nosotros, tan irremediablemente turista. Practicando el inglés de los indios Los niños son los más curiosos, porque saben un poco más de inglés y lo quieren practicar. Así, un chaval de unos doce años se ha acercado a nosotros con su padre al lado. “Es mi padre”, nos decía, para que entendiéramos por qué le iba traduciendo todo lo que hablábamos. Cuando uno piensa en la India da por hecho que el inglés, siendo como es idioma oficial, será de dominio público, de uso habitual. No es así, sin embargo. El hindi es la lengua de la calle, de los bazares, de las familias, de las parejas, de los tratos, de los desencuentros, de los gritos, de los susurros. El inglés queda aparcado para el turista. Un inglés casi siempre errático, roto, muy básico. Un inglés, además, complejo de entender, muy british en su vocabulario, con un acento intrincado, resbaladizo. El niño, con su padre al lado, nos ha pedido un selfi para cerrar la animada conversación que hemos mantenido. El suyo era un inglés de nota, debe ser de los empollones de la clase. El azul de nuestro alojamiento de Jodhpur, hasta en el nombre Aquí en Jodhpur ha llegado ya por fin el calor a nuestros días de aventura india. Por suerte, un calor todavía soportable que, eso sí, nos ha invitado a encender el aire acondicionado de la habitación. Porque nuestra habitación de la ciudad azul de Jodhpur, además de aire, tiene un colgador muy práctico y lucido tipo Ikea y dos sillones coloridos que le dan al cuarto un aspecto muy resultón. Con qué poco —y un mínimo de limpieza— se consigue un alojamiento decente. El guesthouse en el que nos alojamos es azul hasta en el nombre: Blue Stay. Está en el centro de verdad, a dos pasos de un enorme mercado que vende de todo: sandalias, frutas, hortalizas, especias, ropa, juguetes. Todo muy bien ordenado, todo medidamente caótico. “¿De dónde eres?”, te preguntan a cada paso, solo por curiosidad, quizás tratando de ganarse tu atención. En esta parte de la ciudad, alrededor de Gantar Ghar, se concentra todo el movimiento, toda la gente. Los que compran, los que venden, los que curiosean, los que mendigan, los que descubren: todos. También las moscas y las vacas. También la basura, el polvo y la mierda. Con una mano hay que apartarse las moscas, con la otra sostener la cámara. Y mientras, hay que ir dando saltitos, para no llevarte hasta la habitación un recuerdo que no quieres. Por la tarde visitamos un baori, el Toorji Ka Jhalra. Son pozos rodeados de escaleras que tienen forma de grada. Es una construcción habitual en todo el país, que habiendo perdido su sentido práctico de antaño, se han rehabilitado ahora como efectistas construcciones para disfrute de los turistas, encantados por lo fotogénico del espacio, y de los locales, que vienen simplemente a pasear, a juntarse o a citarse. De existir en España, estaría atestado de jovencitos haciendo botellón. En el baori de Jodhpur hemos pasado un muy buen rato inventando encuadres. Ver esta publicación en Instagram Una publicación compartida por Cultura Nómada (@cultura.nomada)