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De Delhi a Amritsar, que bien vale otro tren | Día 20

El Templo Dorado de Amritsar, el gran santuario de los sij en India

Viajar en transporte público en la India es una aventura siempre. Da igual lo que dure el trayecto o cuál sea el destino, como hemos comprobado de nuevo en nuestro viaje de Delhi a Amritsar. El comprarse un billete en una clase mejor solo asegura un poco más de orden: la gente ocupa su asiento, coloca su equipaje en los espacios habilitados para ello y permanece sentada la mayor parte del tiempo. Después de nuestro reciente trayecto Jaisalmer-Delhi, decidimos evitar trenes nocturnos. Por eso, el de hoy, el que nos ha viajado de Delhi a Amritsar, era diurno; muy diurno. Tanto como que salía a las 06.40 h. No era momento, a las 05.00 h de la mañana, de comprobar si el metro de Delhi es diligente a primera hora. Así que hemos confiado en Uber, que es de uso frecuente en la India. Nuestro efectivo conductor de Uber ha llegado a la hora, nos ha llevado hasta la estación en veinte minutos y si ha pecado de algo ha sido de prudente. Qué bien coincidir con gente prudente y discreta. En la India, no abundan. Lo íbamos a (re)comprobar en el tren de Delhi a Amritsar. El inicio del trayecto hasta Amritsar Algunos trenes, los que operan trayectos moderadamente cortos y durante el día, tienen asientos en lugar de camas. Después de la experiencia de las literas ir sentados nos parecía una idea fantástica. La cosa empezaba bien. Hemos llegado con tiempo a la estación, hemos comprobado que los asientos eran cómodos y espaciosos y hemos visto que nuestros compañeros de viaje eran normales. Nos sentábamos en el centro de uno de los vagones, donde hay una mesa grande y tres asientos confrontados. Hubiéramos preferido ir un poco más resguardados, pero no nos íbamos a quejar. La gente estaba todavía dormida, afortunadamente, y el sueño ha vencido a la mayoría. También a nosotros. Pero conforme avanzaba el tren y las horas, el barullo ha ido en un crescendo continuo. Nuestros compañeros viaje, una miscelánea de personajes Al lado se ha sentado una niña que tenía a sus padres al otro lado del pasillo. Nos ha tocado hacer de intermediarios en los dos sentidos: toma el móvil, devuélveme el móvil, pásame el cargador, y los auriculares, tengo hambre, quieres un poco de yogurt, mejor dame unas palomitas. Nuestros vecinos de delante eran muy tranquilos: un empresario, un chaval que escuchaba música y una chica que se la pasaba durmiendo. Pero a las dos horas ha llegado una mujer a echarlos a los tres, aduciendo que necesitaba tres asientos para su madre, su tía y ella. A los tres, tan prudentes, no les ha quedado otra que asumir la orden. Detrás iba un hombre y una mujer mayor con su hijo cincuentón. No paraban de moverse, de tirar de los asientos, de molestar. De repente, el hombre mayor ha empezado a cantar a pleno pulmón. Durante mucho tiempo. A ratos se unía la mujer. Eran canciones con un tempo muy religioso. El hijo, animado, se arrancaba a utilizar uno de nuestros asientos de tambor. Al otro lado, detrás de donde estaban los padres de nuestra vecina, una jovencita veinteañera se ha pasado el viaje hablando por teléfono. De entender hindi nos sabríamos toda su vida. Dos filas por delante estaba la mujer más escandalosa de la India. Cada vez que hablaba lo hacía voceando, riéndose exageradamente, haciendo videollamadas para presumirle a alguien del viaje. Algunas filas por detrás iban un puñado de niños, que corrían, iban y venían, saltaban. En estas, constantemente pasaban vendedores ambulantes con comida: desayunos, patatas, agua, frutos secos, té, refrescos, sándwiches, comidas, más té, café, sopa, helados. Todo lo anunciaban con cantinelas exageradas y molestas. Hay que meterlo todo en una batidora para sacarle el concentrado: la niña de al lado, los padres, la mujer mandona, la mujer escandalosa, la niñata del teléfono, el hombre mayor cantando, su hijo con el tambor, los niños corriendo, los vendedores, gente subiendo y bajando, veinte móviles a todo volumen. Uno cree que está al borde de la locura. Ni los auriculares a todo volumen mitigan la escandalera. Entonces pensamos en las cucarachas y respiramos: no estamos tan mal. El Templo Dorado de Amritsar, qué lugar El viaje ha valido la pena un rato más tarde. Amritsar es más India: más suciedad, más caos, más tuk tuks, más gritos. Y más belleza, y más vida, y más religión, y más espiritualidad. La ciudad es feota, pero tiene uno de los edificios más espectaculares que existen en el mundo: el Templo Dorado. A eso hemos venido hasta aquí, tan fuera de la ruta natural por la India, tan a desmano de casi todo. Pero queríamos comprobar en directo si la belleza del templo más sagrado de los sijs era tal. Y lo es: es bellísimo. Uno se puede quedar embobado horas admirándolo, absorto en su color dorado. Es un poco más pequeño de lo que lo imaginas, pero mucho más emocionante. No se trata solo del edificio, la atmósfera es sobrecogedora. Los rezos con soniquete del interior del templo resuenan en todo el recinto y en todo el centro de la ciudad. La música te envuelve y te eleva. Te sientas y presencias la emoción de los devotos y te emocionas tú también. Hemos venido a Amritsar para ver el Templo Dorado. Mañana volveremos a verlo.