El show de la frontera entre India y Pakistán | Día 22

Nuestro último día en Amritsar lo hemos pasado a unos treinta kilómetros de Amritsar. Además de por el Templo Dorado —como si hiciera falta un además— los turistas venimos hasta este punto tan remoto del país, tan alejado de todo lo demás, para ver cómo la India y Pakistán se miran cada tarde a la cara para ver quién la tiene más grande. La bandera, nos referimos. Aquí se encuentra uno de los principales pasos fronterizos entre estos dos vecinos irreconciliables, tan parecidos en tantas cosas —¿a alguien más le gustará el cricket?— y sin embargo tan incapaces de llevarse bien. El show de la frontera entre India y Pakistán es una muestra de su enemistad (¿impostada?). La relación entre India y Pakistán Lo de India y Pakistán viene de lejos. Y no es el momento de ponerse en plan historiador, ni indagar en los motivos, pero abreviando: los dos países no se aguantan. La discordia es constante. De hecho, hace menos de un mes India bombardeó territorio vecino en respuesta a un ataque de un grupo terrorista paquistaní que acabó con la vida de más de cuarenta de sus soldados en la región de Cachemira. Desde que eso pasara, a finales de febrero, la hostilidad se ha elevado un par de grados. Cuentan los analistas internacionales que el momento presente es el más convulso desde hace casi cuatro décadas. En este contexto de inestabilidad diplomática nosotros nos hemos acercado hasta la frontera de Wagah. Tan oportunos siempre. No se trataba de hacerse el reportero de guerra. Tampoco evangelizar la tendencia dark tourist, por mucho que seamos un poco seguidores de ella. Palomitas para ver cómo se cierra la frontera El caso es que cada tarde se lleva a cabo una enorme pantomima que simboliza el cierre de fronteras diario entre los dos países en este paso concreto. Uno se imagina un acto solemne, al estilo del cambio de guardia en el Buckingham Palace. Nada que ver. Lo que se realiza aquí es un espectáculo en toda regla. A la llegada a la frontera te ofrecen gorras, paraguas y banderas con los colores de India. “Es una competición: India contra Pakistán”, tratan de convencerte. O vas con ellos o contra ellos. Y le enseñas la camiseta que llevas: “Yo soy más de México”. Una vez dentro puedes comprar patatas, refrescos y palomitas. Ojalá tuvieran nachos. La gente se pinta la cara de verde, blanco y naranja, los colores de la enseña nacional. Llegan familias enteras, grupos de amigos, personas mayores, jóvenes, niños. También turistas. El show de la frontera entre India y Pakistán es el acontecimiento de la semana, del mes, del año. Hay que confirmarse indio en oposición a los pakistaníes. Porque uno es algo en oposición a lo que es el otro. Es un juego de exaltación nacionalista que es ridículo. Pero a los dos, a Pakistán y a la India, la representación les va bien: reafirman a los suyos y, a la vez, los enemistan a los otros. Un teatrillo nacionalista La ceremonia dura una hora y es puro teatro. Los guardias de uno y otro lado hacen como que se retan, marcando los pasos con precisión estudiada. Hacen ademanes exagerados con los brazos, con las piernas, zapatean. Caminan hasta encontrarse frente a frente. Hacen una especie de baile. Se dan la espalda. La gente grita, corea “India, India”, se emociona. Del otro lado de la verja los pakistaníes hacen lo mismo. Su parte del estadio —sí, la ceremonia se realiza en un estadio— es más pequeña. Pero son igual de fervorosos. Antes de todo esto uno de los miembros de la BFS (las fuerzas de seguridad fronteriza) se ha erigido en improvisado speaker y animador. Alienta a la grada a gritar, a gritarle a Pakistán. A cantar, a demostrar que son más grandes y más fuertes. Entonces llama a las mujeres para que se acerquen hasta la parte central del estadio. Reparte unas enormes banderas y las mujeres empiezan a correr con ellas, pasándoselas entre ellas, sonrientes, felices de estar portando ese trozo de tela. Al rato se amontonan todas y empieza a sonar música que exalta al público. Bailan, cantan, saltan, sonríen, se divierten. Es como venir a pasar el domingo por la tarde al fútbol, pero en la frontera; con militares en lugar de futbolistas y banderas en lugar de pelotas. Ya quisieran el Madrid y el Barça aficiones así de entregadas. Ha sido un espectáculo tan incomprensible como divertido. En el minuto 89, como en el fútbol, los que ya saben el final se han ido para evitar las colas.