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Happy (crazy) Holi | Día 26

El templo de Mathura durante el Holi

La llegada de la primavera trae consigo la desinhibición más absoluta, y alocada. El (happy) Holi es la manera que tiene la India de desacomplejarse, lanzando al aire polvos de colores, mostrándole al mundo que por encima de todo está la alegría. La fiesta es la expresión de la felicidad en su sentido más pleno, expresado a través de esa lluvia de colores infinitos que llegan de todos lados y colorean las calles y las caras de los que las pisan. Estar en Holi en la India es una experiencia sin comparación con ninguna otra. Hoy era Holi, y hemos tenido la oportunidad de que esa experiencia sin parangón ya haya sido vivida. Todo ha sido tan intenso, tan excesivo, tan desmesurado, que no tenemos previsto volver a la India por Holi. O, al menos, volver a la ciudad de Mathura por Holi. La diversión se malentiende; y puede que lo que resulta divertido para unos, no lo sea en absoluto para otros. Holi es una expresión absoluta de alegría, pero también de egoísmo: si yo estoy alegre, me importa poco si tú lo estás. Así ha sido nuestro no tan happy Holi. Lo contamos con más detalle también en este post. En tren de Agra a Mathura Como no teníamos cómo ir a Mathura, nos hemos tenido que despertar muy pronto —de nuevo— para llegar a la estación de Agra y ver si podíamos comprar billetes para cualquiera de los muchos trenes que hacen a diario el trayecto entre las dos ciudades. El trámite ha sido mucho más sencillo de lo esperado. Ha bastado con comprar el ticket, esperar cinco minutos a que llegara el tren, subirse, sentarse y esperar. Bueno, entre medio hemos padecido la mordida india. Nuestro baratísimo ticket de 50 rupias (unos 0,60 €) nos validaba el viaje en segunda clase, donde la gente se sube encima de otra gente para viajar. Nosotros que somos muy finos, y no nos veíamos encima de nadie, hemos decidido ir a un vagón dos clases superior a la que nos tocaba. Hemos pensado —mal— que no habría revisor y que de haberlo no nos diría nada; total, éramos dos extranjeros extraviados. ¡Y era Holi! Craso error, el revisor ha aparecido, ha tratado de hacernos pagar casi 1.000 rupias por no ir en la clase que nos tocaba y ha acabado insinuando que dándole la mitad (500 rupias) se arreglaba el asunto. El Holi de Mathura, la fiesta de los excesos Una vez en el destino, uno se da cuenta que el Holi tiene poco de festividad religiosa y mucho de fiesta de excesos. “Happy Holi, Happy Holi”, era el soniquete constante de hoy. Se lo decían entre ellos, pero sobre todo se lo decían al que veían extranjero. Al principio la cosa tiene gracia, porque a uno le saludan efusivamente, como tratando de integrarle, y le pintan la cara de color. “Happy Holi, Happy Holi”, siguen. Conforme se llega al centro de la ciudad los niños empiezan a importunar: unos se encargan de tirarte los polvos y los otros de mojarte. Todavía resulta gracioso. Pero ya empiezas a entender que hay gente que malentiende, tergiversa y confunde el sentido de la fiesta. Una perversión alevosa, motivada por el alcohol —que llevan tomando desde la noche anterior— y de la incapacidad por respetar. Por suerte siempre conoces a gente buena. Dos amigos veinteañeros nos han pedido la enésima selfi del día, pero se han acabado convirtiendo en nuestros cicerones: explicándonos, guiándonos, protegiéndonos. Hasta que los hemos perdido entre la multitud. Una fiesta para el objetivo El Holi de Mathura es el más famoso de cuantos se celebran en la India. Por eso llegan indios de todas partes del país, pero sobre todo extranjeros de todas partes del mundo. Vienen cargados de sus cámaras, porque Holi es un festival para el objetivo. Eso sí, hay que asegurarse de cubrir bien la cámara, para que no acabe multicolor. En medio del jolgorio de los gritos, las danzas, los rezos, los bocinazos, enfocar es una tarea hercúlea. Las fotos salen movidas y apenas tienes tiempo de corregir el error, porque tienes que volver a disparar. Holi es el paraíso para la fotografía callejera. Tanto color, tanta gente, tantos gestos, tantas situaciones. En Mathura la celebración principal se lleva a cabo a partir de las 10.00 h de la mañana en un templo. La gente se quita los zapatos, que quedan amontonados en enormes pilas. Dentro la locura llega desde todos los costados: rezos, ofrendas, bailes, colores, polvos, agua, familias, niños, hombres, grupos de amigos. Y siguen: “Happy Holi, Happy Holi”. Y ya no te ponen polvos, te los tiran. Los extranjeros somos el blanco al que apuntar. Todos vamos con la ropa, la cara, los brazos, los pantalones tiznados de un arcoíris improbable, de un mejunje exagerado. “Happy Holi, Happy Holi”, respondíamos por cortesía, pidiendo al final que ya, por favor, no nos tiraran más polvos de colores. “Ya hemos tenido bastante Holi”, nos excusábamos. De hecho, vamos a tener Holi por días: el color todavía permanece después de una larguísima ducha en la que hemos frotado con entusiasmo. Ver esta publicación en Instagram Una publicación compartida por Cultura Nómada (@cultura.nomada)