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Visitar Kanpur, la India que te agota | Día 27

Un tuk tuk para visitar Kanpur, en la India

—¿Sabéis por lo que es famoso Kanpur? ¿Sabéis qué visitar en Kanpur? —No, dinos. —Por nada. No hay nada que visitar en Kanpur. Moses, uno de los dueños del hostel en el que nos hospedamos en Agra, no entendía qué veníamos a hacer hoy a Kanpur. “Es que nos resultaba la opción más sencilla de llegar a Varanasi, haciendo ahí una noche”, nos justificamos. Después de estar muy bien hospedados en el Zigzag Homestay de Agra, en un hostal cuidado y lleno de buen rollo, se pagaba a muy poco que hoy el día nos saliera cruz. “Ni siquiera yo he estado nunca en Kanpur”, seguía Moses, con ánimo de hacernos ver de lo ilógico de nuestra decisión. “¿Preferís que os ayude a buscar un bus directo hasta Varanasi?”, se ofreció. “No, es que ya tenemos el billete de tren desde Kanpur hasta Varanasi”, le explicamos. Moses —católico en un país en el que nadie lo es, hijo de un padre que vivió en México cocinando y una madre que colaboró con la Madre Teresa de Calcuta, veinteañero, viajero y contador de historias de la historia de la India— se despedía esta mañana de nosotros con sorna: “Disfrutad de Kanpur”. Visitar Kanpur no es una opción ni para los indios Kanpur es una ciudad de casi tres millones de habitantes que no tiene ningún aliciente, que ni siquiera a los indios interesa. Es un lugar anclado en el medio de la nada, entre Agra y Varanasi, al que solo se viene de paso a hacer negocios o a convencerse de que la cara B de la India es un lugar bastante desolado. No es tierra de aventureros intrépidos ni viajeros alternativos, es un lugar al que se llega por error y del que se quiere partir pronto. Kanpur es una ciudad polvorienta, sucia, incapaz y fea. Es una ciudad a la que nadie parece quererle poner un poco de cariño ni empeño. Es, además, un lugar en el que nadie habla inglés y donde las lógicas aplastantes no lo son: los selfis sin sentido alguno —una constante en el país— alcanzan otro nivel y los cajeros de supermercado necesitan que le repitan veintiuna veces el número de teléfono porque las veinte anteriores lo ha apuntado mal. Los baños de Etawah en el bus de Agra a Kanpur Estas solo han sido las gotas que han seguido rebosando de un vaso que ya estaba colmado. Para empezar, el trayecto en bus desde Agra, de casi seis horas, ha sido horrible. El concepto autopista ha adquirido hoy un nuevo sentido, el del sinsentido. La autopista —“autopista”— estaba llena de badenes —sí, sí, de los mismos que en España ponemos para aminorar la velocidad en la entrada de los pueblos— que hacían que a cada doscientos metros el bus diera un bote exagerado que lo dejara al borde del desguace. En estas, nosotros mirándonos aterrados mientras el resto del pasaje dormía inmutable. El bus ha hecho una parada en medio de la nada, más en medio de la nada todavía. En Etawah, que así se llamaba el pueblo, la gente todavía llevaba el Holi de ayer en las caras y un grupo de hombres había montado un partido de cricket en medio de la estación de autobús. El McDonald’s que se nos ocurrió comer ayer había hecho estragos en uno de nuestros estómagos, con lo que hemos tenido que probar cómo era eso de visitar los baños de la estación de Etawah. No ha sido una experiencia bonita. El primer hotel de Kanpur Lo peor, sin embargo, aún estaba por llegar. Ayer reservamos un hotel del que no nos fiábamos, pero era la opción más aceptable ante la ausencia de opciones. Era un hotel de la cadena OYO, una especie de franquicia hotelera que tiene al menos una decena de hospedajes en cada ciudad de la India. Pero son hoteles muy desiguales entre ellos, que tan pronto rozan el lujo como están sin limpiar desde que se abrieron. ¿Cuál nos ha tocado? Uno de los segundos, claro. Hemos llegado al hotel, donde había cuatro personas en la recepción sentadas en unos sofás conversando. Al vernos llegar con las mochilas se han sobresaltado. Se han levantado todos y han hecho un check-in a ocho manos. Miraban el pasaporte como sin entender. Uno, que era el más espabilado, se las ha dado de geógrafo con el resto: “España está en Europa”. El resto ha soltado un “Oooooh” de admiración. Otro nos ha cogido las mochilas y nos ha acompañado al ascensor para subir a la habitación, que estaba un piso más arriba. El hotel estaba desierto, como de no haber recibido un huésped en meses. Hemos llegado a la habitación 203 y hemos inspeccionado por encima. “Bueno, no está tan mal”, nos hemos autoconvencido. Las típicas manchas en las sábanas, los típicos pelos en el baño, los típicos agujeros en la pared, la típica pastilla de jabón en la pica sin recoger desde hace varias semanas. Pero aparte de eso, bastante bien. Una compañera de cama inesperada Cuando ya estábamos preparándonos para salir a visitar Kanpur e ir a comer algo hemos movido una de las almohadas. Y todo ha dejado de estar bien. Hemos importunado el sueño de una rata que había hecho de esa almohada, en la que iba a ser nuestra cama, su hogar. Ha dado un brinco y se ha escondido detrás del mueble. La rata ha empezado a moverse y a hacer ruidos, escondida, avergonzada por haber sido descubierta. Debajo de la almohada había una mancha enorme de suciedad que coincidía con el tamaño de su cuerpo. Nos ha resultado tan repugnante todo que, evidentemente, hemos salido corriendo del hotel. “Hay una rata viviendo en esa habitación”, y les hemos devuelto las llaves. Ha parecido no importarles, les ha sorprendido que nos haya molestado la presencia de una rata. Después de esperar más de media hora a un conductor de Uber incapaz de entender cómo va la aplicación, y