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Semilla para el Cambio, una ONG española en Varanasi | Día 30

Una de las clases de refuerzo de la ONG Semilla del Cambio

La miseria de Varanasi es endémica. Está en cada esquina, en cada barrio, en cada ghat del Ganges. Está a la vista de los turistas, en cada lugar que visita, en cada calle que pasea. Pero está, sobre todo, en los que no visita: en las zonas más retiradas de las fotografías, en los slums, las villas miseria de las ciudades indias. Ahí es donde la pobreza adquiere su estado más indigente, el del analfabetismo absoluto, la malnutrición y la falta de acceso a unos mínimos sanitarios. Es ahí, en esos slums, donde hace falta acción contra la inacción. Los organismos públicos y gubernamentales no llegan a todo, ni a todos. Son, al final, políticos. Como en todos sitios. En Varanasi hay una ONG española, Semilla para el Cambio, que lleva diez años accionando la palanca del cambio. Un cambio muy lento, pero muy estimulante. Las muchas razones de Semilla para el Cambio Semilla para el Cambio tiene sede en A Coruña, de donde es María, una gallega enérgica y entusiasta. Cuenta que llegó a Varanasi de viaje y lo que vio le marcó tanto que se convenció de que había encontrado su misión en el mundo: emprender un proyecto solidario que minimizara, en lo posible, la explotación infantil. Con el tiempo, Semilla para el Cambio se ha marcado nuevos horizontes, empoderando a las mujeres, enseñando la importancia de una dieta equilibrada y preocupándose por las condiciones sanitarias. Según explican, lo que buscan es “romper el círculo de pobreza en el que están inmersos los niños y niñas”. Esto pasa primero por una enorme y complejísima campaña de concienciación a las familias de los barrios pobres en los que trabajan: Sigra, en las afueras de la ciudad, y Dashashwamedh, donde se encuentra uno de los principales ghats de Varanasi. María dice que al principio iba detrás de los niños que veía por la calle, preguntaba por sus familias y los invitaba a unirse a las actividades que organizaba la ONG. El trabajo de María, y el de la ONG, ha sido de hormiguita: captando fondos, consiguiendo padrinos, convenciendo a instituciones públicas españolas y, especialmente, llegando a las comunidades locales. Ahora la tendencia se ha invertido, ahora son las familias las que llegan a Semilla. Buenos hábitos y un poco de español En nuestro afán —imposible— por no sobrevolar los sitios que visitamos, queríamos conocer de primera mano la labor que la ONG lleva a cabo. Por eso hoy hemos pasado unas horas en una de sus dos sedes, en la de Sigra, donde la mayoría de los niños son musulmanes y sus familias proceden de Bengala Occidental, una de las regiones más pobres de la India. Los niños van a la sede de Semilla cuando no están en la escuela. Ahí hacen clases de refuerzo, comen, aprenden hábitos saludables como lavarse las manos antes de comer y los dientes una vez han acabado e incluso hacen sus pinitos en español. Los niños nos sonríen a los seis visitantes. Son sumamente educados, no gritan, están sentados, se levantan para decirnos “hello” y se vuelven a sentar para seguir escuchando a la maestra. Semilla para el Cambio tiene varios trabajadores locales, que ayudan en todas las tareas, desde impartir las clases a cocinar. Son una familia a la que cada vez llegan más familias. Los más grandes, en pleno pavo de los quince años, se hacen los gallitos. Emilio, un voluntario, nos explica que ya hablan un poco de español, y llama a una de ellas. “Hola, ¿cómo estás?”, le pregunta a uno de nosotros con un acento perfecto. Es capaz de mantener una conversación básica de varias preguntas y respuestas, y se sonroja por su logro. Además de con niños, la ONG trabajo con mujeres La ONG incide en la vida de más de trescientos niños de Varanasi. Son tan pocos, pero a la vez son tantos. De no estar ahí estarían recogiendo basura, o pululando por los slums sin nada que hacer. En Semilla para el Cambio reciben una educación global, que les permite conocer y tener aspiraciones. La labor de la organización se ha ido expandiendo y uno de sus nuevos ejes de acción es el empoderamiento de la mujer. La mujer, tan maltratada, tan degradada en la sociedad india, tiene aquí la oportunidad de alfabetizarse —“ahora puedo leer y escribir”, cuenta una feliz— y de sentirse creativas. Una vez alfabetizadas se convierten, si quieren, en artesanas. Elaboran pañuelos, monederos, llaveros, coleteros, pulseras, collares. Todos preciosos, llenos de colores. Es imposible no querer comprarlo todo. Nos despedimos de las mujeres, que nos agradecen la visita y nos emplazan a volver. Con esto, y un hermoso paseo por el Ganges al amanecer, hemos pasado un último día en Varanasi emocionante. Las emociones seguirán fluyendo mañana con rumbo nuevo. Puedes visitar la web de Semilla para el Cambio y apoyar algunos de sus programas: apadrinar un niño, aportar una donación o hacerte voluntario.