De Calcuta a Siliguri, primera etapa hasta Darjeeling | Día 34

Esta mañana hemos dejado atrás Calcuta y nuestro hotel chistoso en el que no sabías dónde estabas ni cuándo estabas. El alojamiento se salvó porque tenía una ducha con agua muy caliente y el aire acondicionado muy frío. Pero era un lugar húmedo, en el que hicimos de nuestros pañuelos unas sábanas sustitutorias de las que venían de serie y donde acabamos encontrando —y matando— cuatro cucarachas. Encima, ha sido el hospedaje por el que hemos pagado más del viaje; de largo. Y pese a todo, ya tan acostumbrados a los estándares indios, hemos estado bastante cómodos. Dejamos Calcuta para viajar a Siliguri, paso previo necesario de nuestro asalto a las montañas. Otra indigestión superada Ayer, de nuevo, el que tiene el estómago más delicado de Cultura Nómada probó las mieles de la indigestión india. Por tercera vez en lo que va de viaje. Mal día el que ha escogido el estómago para protestar, contando que teníamos un trayecto de ocho horas en tren. Después de una mañana pasada por el baño, los medicamentos han funcionado y solo hemos visitado el baño del tren de Calcuta a Siliguri —que uno quisiera no tener que visitar nunca— para aguas menores. Después de que Uber nos fallara por primera vez, nos hemos visto obligados a tener que acudir a un taxi de esos tan molones de Calcuta. Tan viejos por dentro y tan calurosos. “Hasta la estación de Howrah”, le hemos indicado al taxista, esperanzados que pondría el taxímetro y no nos engañaría. Porque los taxis de Calcuta sí tienen taxímetro, y sí están obligados a utilizarlo. “Son 200 rupias”, nos ha dicho, obligándonos a regatear porque no iba a ponerle el taxímetro a dos extranjeros. Alam, el indio con el que hablar en español El tren era del estilo del que nos llevó a Varanasi, pero mucho más viejo y con mucha más comida. Hemos comido arroz, pollo, dal (legumbres), pan y un yogurt. Luego un helado de postre. A las dos horas, unos snacks: un sándwich, frutos secos, una samosa y un té. A las tres horas la precena: una sopita y bastoncitos de pan con mantequilla. Y luego ya la cena: más arroz, más pan, más legumbres, un revoltijo con paneer (una especie de queso fresco), un dulce y un plátano. Es el día que más hemos comido, y teniéndolo todo incluido por el precio del billete. En el tren hemos coincidido con un indio que hablaba español. Nos ha escuchado y se ha girado: “¿Habláis español?”. “Bueno, a veces también lo maltratamos”, le podríamos haber contestado. Nos ha estado contando que trabaja en español todos los días para renovar los anticuados sistemas tecnológicos de cadenas hoteleras de Latinoamérica. Y que antes había trabajado para varias empresas americanas, entre ellas IBM. Un coco en toda regla. Alam, que así se llamaba, nos ha preguntado por nuestro viaje. Y nos ha contado sobre dónde le gustaría ir a él: “Yo quiero viajar a Dubái y a España”. Llegada a Siliguri para hacer noche También en el tren hemos conocido a uno de los trabajadores que servían la comida, que trataba de simpatizarnos exageradamente desde el principio. “Anda, qué majo”, nos decíamos. Cuando ha acabado su servicio, ya llegando a Siliguri desde Calcuta, la ciudad en la que hacemos noche antes de seguir mañana hasta Darjeeling, nos ha venido a pedir propina. “Pero si en tu uniforme pone ‘no propinas, por favor’”, le hemos advertido. “Bueno, es política de la compañía”, nos ha explicado, esperando que nos reveláramos contra las políticas de su compañía. A nadie más le ha pedido propina. Le hemos dado 20 rupias y se ha ido cambiando su sonrisa de todo el día por una cara de decepción. Igual que la nuestra, cuando hemos descubierto que su simpatía era una impostura. Llegados a Siliguri, donde el Uber no funciona, nos ha tocado pelearnos por no ser engañados —en exceso— para que un tuk tuk nos llevara hasta el hotel pasajero en el que hoy hacemos noche. Nuestras expectativas regateadoras estaban muy bajas: no queríamos pagar más de ochenta rupias. Nos han pedido 400, más tarde 200 —y el chico se ha corregido para decir 300— y al final hemos conseguido sacarlo por 150. Una derrota menor. El tuk tuk lo conducía un chaval muy callado y tranquilo y a su lado se ha subido un colega suyo, su antítesis perfecta: preguntón, curioso, charlatán. Nos ha preguntado de dónde éramos, si íbamos a Darjeeling y si Cristiano Ronaldo era español. «No, no, portugués», le hemos corregido. Y entonces nos ha vuelto a hablar de Tik Tok, la aplicación del baile de ayer. Le hemos dicho que la conocíamos —desde ayer— pero que no la utilizábamos. Al llegar le ha pedido a la parte masculina de Cultura Nómada un baile, y nos ha perdonado 10 rupias que no teníamos. Todo sea por ayudar al chaval a conseguir likes en su Tik tok, y por ahorrar dinero.