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La India de los ojos rasgados | Día 35

Indios del norte del país, con sus rasgos tan característicos y los ojos rasgados

Un día más el despertador ha sonado temprano, porque hoy tocaba encarar la segunda etapa del viaje hasta nuestro nuevo destino, hacia las montañas, donde la India se transforma y tiene los ojos rasgados. Pero estábamos tan cansados que nos hemos permitido apagarlo, hasta tres veces. Un lujo del que luego nos hemos arrepentido un poco. Nos lo hemos podido conceder, el lujo, porque no teníamos un bus a una hora determinada; se trataba de salir a la carretera y buscar un jeep que nos llevara de Siliguri a Darjeeling. Habíamos leído mucho sobre cómo hacerlo pero hasta no estar ahí, ya subidos en el jeep, estábamos aturdidos por las incertidumbres. ¿En qué punto de la ciudad están los jeeps? ¿Cuánto nos costará? ¿Con cuánta gente iremos? ¿Cuánto tardaremos? El jeep de Siliguri a Darjeeling Todo ha sido sencillo. Si por sencillo entendemos, primero, tener que caminar media hora a pleno sol con dos mochilones por cabeza hasta la estación de autobuses. Segundo, hacernos entender, y que nos entiendan, que queríamos ir hasta nuestro nuevo destino. Tercero, y ya una vez encontrado el jeep, esperar a encontrar compañeros de viaje: éramos los dos primeros de diez asientos. Cuarto, tener que aceptar pagar dos asientos extra —que nuestro espacio vital ha agradecido— porque llevábamos más de una hora esperando y no había nadie que se apuntara al viaje. Ahí es cuando hemos visto que teníamos que haber hecho caso al despertador y salir del hotel a las ocho de la mañana, que es cuando la gente se junta para llenar los primeros jeeps. A los más rezagados, como nosotros, solo nos queda confiar en los de nuestra misma especie: los remolones. La carretera hasta Darjeeling El trayecto hacia el norte de la India enseña cómo el país es infinito en rasgos; aquí, los indios tienen los ojos rasgados. El jeep encara una subida eterna de sesenta kilómetros en casi tres horas, en el que los paisajes son hermosos, con montañas enormes y un verde que resplandece. Conforme se sube, mirar hacia abajo es vertiginoso. La carretera es estrechísima, de dos carriles, y apenas cabe un coche. Hay que frenar, acelerar, pegarse a un costado, dejar que pase el camión del otro lado, guardar el retrovisor y seguir avanzando. El terreno está lleno de curvas y de tanto en tanto aparecen poblados. Las casas, pintadas de colores, se incrustan en las colinas como si estuvieran a punto de precipitarse. La calle principal de esos pueblos es la misma carretera, con lo que avanzar resulta ahora todavía más difícil. Uno se da cuenta de cómo se matiza la India. Esos rasgos duros, el pelo negrísimo, la piel morena, ya no se ven tanto. Ahora los indios de esta parte de la India son menudos, delgados, con los ojos rasgados. Pasarían antes por nepalíes o por tibetanos. Sin embargo, son tan indios como lo son los de Nueva Delhi y los de Calcuta. El talante también es distinto: todo más relajado, menos bullicioso, más amable para el turista. Salir en dirección a las montañas ha sido tomarse un respiro de la India que tanto nos ha impactado (y agotado). Veremos si esta nueva India nos gusta tanto como la que nos agotaba.