Pokhara, la puerta del Annapurna | Día 7

Sin que nos hayamos dado cuenta, llevamos hoy una semana en Nepal. Como esperábamos, el país está siendo el contrapunto a la India: calma, sosiego y tranquilidad. Quizás aterrizar aquí directamente desde los continentes del otro lado del planeta implique un esfuerzo por adaptarse al desorden. Pero este es un desorden tan ordenado, tan poco apremiante, con respecto al desorden indio. Como siempre, es la comparación la que barema, la que escala el grado de las cosas. Y por su vecindad, y porque muchas veces se las conoce juntas, Nepal es —o deja de ser— en función de lo que es —o deja de ser— la India. Para seguirlo corroborando es momento de conocer Pokhara, la entrada del Annapurna. Adiós a nuestro alojamiento en Chitwan Esta mañana temprano, aunque mucho menos temprano que otras tantas mañanas, partíamos rumbo al tercer destino en nuestra travesía por las perturbadoras carreteras nepalíes. Los chicos del hotel de Chitwan, conscientes de lo importante del servicio en las valoraciones de Booking, han vuelto a portarse. Primero, permitiéndonos desayunar a las 07.00 h de la mañana antes de que nos tuviéramos que marchar. Los huevos, las tostadas y el café saben mejor cuando pensabas que no te los ibas a comer. Media hora más tarde, tras indicarle al recepcionista que se equivocaba en la cuenta —a nuestro favor—, otro de los chicos se ha ofrecido a llevarnos en el jeep hasta la estación de bus. Ni los bichitos con los que convivíamos en el hotel —todos inofensivos, cohabitantes de nuestra remota ubicación— iban a impedir que puntuáramos al hotel Tree Tops de Chitwan con un notable altísimo. De Chitwan a Pokhara En Nepal existe el apelativo turístico para identificar a los buses que sirven rutas entre los principales puntos del país (básicamente Katmandú, Chitwan y Pokhara) y que, contra los buses regulares, tienen aire acondicionado y, teóricamente, conectan con el destino sin paradas intermedias. Por lo demás, el autobús no se lo desearías como medio de transporte ni a tu más íntimo enemigo; y las carreteras de Nepal, menos. Viajar en India en autobús era una tortura, pero en Nepal no se queda corto. Para muestra un dato: hemos cubierto los ochenta kilómetros que separan Chitwan de Pokhara en siete horas. Esto quiere decir que la velocidad media en nuestro bus turístico ha sido de poco más de diez kilómetros por hora. Es como imaginarse que para ir a Girona desde Barcelona vas a tardar siete horas. Inconcebible. Pero a uno lo que le extraña, tras experimentar las carreteras nepalíes, es que los buses lleguen y los automóviles circulen. Las carreteras del país son trampas de las que saben salir airosos con mucho arte los conductores locales. El carnet nepalí debería convalidar para poder conducir un Ferrari o un Red Bull en la Fórmula 1. La carretera hasta Pokhara y el Annapurna Hoy hemos vuelto a transitar la principal carretera del país, pero un tramo que lleva hasta una parte más occidental del país. La ruta conecta Katmandú y Pokhara, las dos ciudades más importantes de Nepal, entre las que el tráfico de todo tipo de productos, y también el de personas, se supone constante. Debe ser la carretera en peores condiciones que una las dos ciudades más importantes de cualquier país del mundo. O seguramente no. Pero Nepal tiene el agravante del turismo como fuente de ingresos. Pese a todo, a Nepal le perdonas que vayas dando botes siete horas para llegar a Pokhara, la puerta del Annapurna, porque todo lo que te enseña por la ventana roñosa del autobús te deja boquiabierto. Hemos transitado enormes plantaciones de arroz anegadas de agua, que hacían horas extra como espejos perfectos de las montañas de sus alrededores. A ratos las plantaciones se nivelaban en terrazas y los hombres y mujeres de los pueblitos que circulábamos cargaban enormes cestos a sus espaldas, paseándolas de arriba abajo. Hemos visto ríos con agua limpísima que pareciera recién salida del deshielo de cualquiera de los ochomiles y que a cada rato cruzaban puentes larguísimos en los que estabilidad no vendría a ser el principal de sus atributos. Y por fin, Pokhara. La segunda ciudad de Nepal tiene una parte cochambrosa de ciudad arbitraria y otra parte, a orillas del lago Phewa, que apunta hacia los Annapurnas, llena de turistas que vienen o van a las montañas. Nosotros ni vamos ni venimos de las montañas, pero esperamos que Pokhara nos sirva de mirador de la cordillera más mítica del planeta.