Segunda visita a Katmandú para cerrar la etapa en Nepal | Día 12

Estamos de vuelta donde empezamos Nepal, en su capital. Donde empezamos Nepal va a ser donde la acabemos, con una segunda visita a Katmandú. En tres días tomaremos un vuelo para saltar un par de husos horarios y emprender una nueva etapa del viaje. Hasta entonces, nos quedan algunos días para acabar de sacarle a Nepal las últimas lecturas. Después de la India, el país de las montañas más altas del mundo ha supuesto un descenso de las revoluciones. Aunque, como buenos vecinos, también saben compartir cosas. Aquí, por ejemplo, también hemos tenido sobresaltos —algunos menos— y trayectos en transporte público difíciles de digerir. Despedida de Bandipur para tomar el bus en Dumre Desde Bandipur, donde habíamos pasado las dos últimas noches, teníamos un doble trayecto en bus para encarar la segunda visita a Katmandú. Teníamos que deshacer el mismo camino que habíamos hecho para llegar: primero descender hasta la polvorienta Dumre y ahí tomar un bus hasta Katmandú. En el primero de los buses hemos coincidido con un holandés que estaba en su sexto mes de viaje por el continente asiático. En un par de días se dirige a Irán para luego volver a su Róterdam natal. También hemos coincidido con él en siguiente bus y luego, en el taxi hasta la zona turística de Katmandú. Éramos los tres turistas estrella del día, a los que todos los nepalíes han tratado de engañar. En el bus de bajada de Bandipur a Dumre no había engaño posible: la tarifa es de cincuenta rupias por persona. Corrección: de cincuenta rupias por extranjero. A los locales les cobran diez rupias menos. Privilegios de ser local. Una vez en Dumre, lo que hay que hacer es esperar a que lleguen los buses que hacen el trayecto Pokhara-Katmandú para subirse a uno de ellos. Con tal de ahorrarnos unas pocas rupias decidimos no reservar en Bandipur un bus turístico, porque nos hubieran cobrado el billete entero haciendo solo la mitad del recorrido. Esperábamos que los buses locales fueran más benignos y nos recogieran por una tarifa más justa. Regateando la tarifa del bus a Katmandú Una vez en Dumre, dos hombres han corrido a ayudarnos con las mochilas, indicándonos dónde esperar el bus. Mala señal. A los dos minutos ha llegado un bus. “Ese, ese, rápido”, nos han dicho los dos hombres. Del bus se han bajado otros dos a recogernos las mochilas y las han metido rápidamente en el maletero. “¿Cuánto?”, se nos ha ocurrido preguntar. “650 rupias”, se les ha ocurrido exagerar. Hemos cogido una de las mochilas indignados por la tarifa y hemos pedido que nos dieran la otra. Y el conductor ha arrancado, pese a que su compañero daba golpes para indicarle que parara. Teníamos que haber interpretado mejor la señal. Por detrás llegaba otro bus, mucho más moderno, del que se ha bajado otro chico rápidamente. “Venid, venid, 500 rupias”, nos ha dicho. Y los del bus primero han empezado a ponerse nerviosos: “No, no, 500 nosotros, venid con nosotros”. Otro se ha pasado de honesto: “350 rupias, vamos”. El jefe casi llega y le da un azote por rebajar tanto la oferta. Por otro lado al holandés ya le habían convencido con las 500 rupias, y viendo que no había manera de bajar la segunda de las mochilas hemos decidido aceptar la oferta del bus más destartalado que, de hecho, nos podría haber salido 150 rupias más barato. Bravo por nosotros, expertos viajeros. Al subirnos, hemos visto un par de asientos al fondo y hemos corrido a ellos. En una de las filas delanteras un hombre llevaba atada una cabra a una cuerda, como si fuera su animal de compañía. El autobús podía haber sido más cómodo, pero los hemos conocido peores. El conductor demente nepalí A quien hemos conocido gracias a este trayecto, encarando nuestra segunda visita a Katmandú, ha sido al conductor de autobús más enajenado de toda Asia. Y mira que es difícil, porque parece que todos los conductores de bus de Asia pasen controles de suficiencia en enajenación. En esas carreteras de paisajes tan bonitos pero asfalto tan mal asfaltado, el tipo se ponía a conducir como si estuviera escapando de su propia boda. Adelantaba a camiones, buses, coches, motos y todo lo que se le pusiera por delante. En recta o en curva, daba lo mismo. También le daba igual si de frente venía otro bus o un camión. Él se tiraba y luego, si acaso, frenaba. Y pitaba como un descosido, para hacer notar que él era el que marcaba el orden de los vehículos en esa carretera que tiene la desvergüenza de llamarse a ella misma autopista. Era mejor cerrar los ojos y rezarle a Buda para que tuviera compasión de nosotros. Porque tener los ojos abiertos implicaba empezar a sudar frío, temiendo en cada curva lo peor, anticipando cómo el bus se caía por cualquiera de los precipicios sin fondo del camino. Como siempre, la lógica tan ilógica que rige estos países se acaba imponiendo, y hemos sobrevivido, ya estamos a punto para la nueva visita a Katmandú sin mayores percances que haber temido por no seguir conociendo el mundo.