La Kumari, la diosa viviente de los hinduistas de Nepal | Día 14

Nepal seguirá transcurriendo mañana, pero ya sin nosotros. Dejará de ser el presente de nuestro viaje para quedar, como la India, en un pasado para recordar. Hoy es la última noche que pasamos aquí, en Katmandú, la capital del país de los Himalayas. Hoy es el día de conocer a la Kumari, la diosa con vida de los hinduistas de Nepal. Los momos, nuestro alimento preferido de Nepal Haciendo un primer balance, han sido dos semanas de muchas caminatas, las peores carreteras que hemos conocido, sonrisas constantes acompañadas de Namastes y nuestros queridos momos, esos exquisitos dumplings a la nepalí rellenos de todo tipo de ingredientes. No queríamos marcharnos del país sin pasar por uno de los restaurantes que mejores momos prepara de la ciudad, según todo tipo de ránkings, guías y comentarios. En el Newa Momo nos hemos puesto originales y hemos pedido dos rellenos que no habíamos probado aún: patata con queso y champiñones con queso. Además, por fin, hemos podido degustar el plato estrella del país, del que se alimentan una o dos veces al día todos los nepalís: el dal bhat. Que consiste en un montoncito de arroz, un cuenquito de lentejas, un poco de salsa picante y algún tipo de verdura de temporada. Para que el día, el último día en Nepal, cundiera, hemos decidido levantarnos pronto. Hoy hemos tenido doble ración de infracciones piadosas, que se suman a las otras anteriores. A primera hora hemos caminado hasta la Plaza Durbar de Katmandú, donde se sitúan varios de los edificios más relevantes de la ciudad: templos, museos y la casa de la Kumari, la diosa ninña de Nepal. Para entrar y pasearse por la plaza hay que pagar 1.000 rupias (el equivalente a unos 8 €). En las calles de acceso principales hay un puesto de control con un par de guardias vigilantes. Hemos rodeado la plaza hasta que hemos encontrado la calle que no tiene puesto de control. Y por ahí, sin mirar atrás, muy convencidos de la justicia de nuestra infracción, hemos entrado a la Plaza Durbar. Conociendo a la Kumari, la diosa de Nepal que es una niña En la Plaza Durbar, llena de devotos hinduistas haciendo ofrendas en los templos y a las figuras de dioses, hay un edificio en el que vive la única diosa con vida que existe: la Kumari. En Nepal adoran y rinden culto a una niña preadolescente, que según la tradición hinduista nepalí es la manifestación de la energía divina femenina. La Kumari es una niña que pasa un enorme cásting para ser escogida como diosa. Es como el Got talent de las divinidades. Tiene que ser perfecta, tener el pelo y los ojos negros, cumplir con unas características muy específicas. Cuando es escogida Kumari, la niña —ahora ya diosa— se separa de su familia, a la que apenas puede ver, para vivir en su casita en la Plaza Durbar de Katmandú rodeada de sirvientas que están pendientes de que no toque el suelo. Ser Kumari no es para siempre. Las niñas escogidas pasan de diosas a exdiosas cuando tienen la primera regla. Y entonces, tienen que aprender a ser mujeres normales, estudiar, buscar un trabajo, sobrevivir; vaya, lo típico de los que no tienen el estatus de dios. El extraño encuentro con una divinidad Cada día la Kumari, la diosa de Nepal, se deja ver por la mañana para saludar a los que vienen a conocerla. Hemos llegado justo en el momento en el que iba a pasar. Tres minutos antes de las diez un hombre nos ha avisado: “La Kumari está a punto de aparecer. No se pueden tomar fotografías”. Estábamos en el patio interior de su pequeño palacio y en lo alto, a través de una ventana, una mujer mayor ha inspeccionado que todo estuviera en orden. Entonces ha ido a buscar a la Kumari y nos la ha enseñado. La niña, con la cara pintada, con gesto de no haberse despertado de muy buen humor, se ha apoyado en la barandilla y ha mirado hacia abajo. Uno de los turistas ha sacado el móvil y la mujer mayor ha corrido a agarrar a la niña y ha recriminado al irrespetuoso extranjero. Con el móvil del hombre guardado, la Kumari ha vuelto a asomarse a su balcón de diosa, con la misma cara de amargura, como si le hubieran dado para desayunar huevos en lugar de cereales de chocolate. Y entonces, se ha vuelto a esconder. El hombre que nos había avisado de su presencia al principio nos pedía ahora una donación que no hemos donado. A la salida del palacio, dos mujeres vendían calendarios y fotografías de la Kumari a la que no nos habían dejado fotografiar. Todo ha sido muy raro. La estupa de Boudhanath Una vez conocida a la Kumari y la Plaza Durbar de Katmandú, era momento de tachar de la lista la última de las cosas que nos quedaban por conocer en la ciudad: la estupa más grande de todo el país. La estupa Boudhanath se encuentra a cinco kilómetros del centro. Nos ha tocado volver a padecer el lentísimo, poco eficiente y extraordinariamente barato transporte público nepalí. Hemos tardado 45 minutos en llegar. Y haciendo cuentas, a paso ligero puede que hubiésemos llegado antes caminando. Para entrar al recinto en el que se encuentra el monumento hay una entrada principal, la más grande, donde los extranjeros —solo los extranjeros— tienen que pagar 400 rupias (unos 3 € al cambio). Veinte metros más allá de la entrada principal había un callejón por el que entraba todo el mundo, y en el que no se requería ningún pago. La estupa de Boudhanath es enorme, inabarcable con la vista. Como dictan los cánones budistas, la hemos rodeado en el sentido de las agujas del reloj. Encuentros en las últimas horas en Katmandú Además de ser la estupa más grande de Nepal, Boudhanath es un espacio hecho por y para el turismo. Alrededor del enorme monumento se sitúan un sinfín