Hola, Malasia: el destino que no teníamos previsto visitar | Días 1 y 2

Visitar Malasia no estaba en nuestros planes iniciales. Pero en Cultura Nómada somos muy poco de hacer planes y mucho de dejarnos llevar. Por eso nos dejamos llevar ayer al mediodía en avión desde Katmandú hasta Kuala Lumpur, la capital de nuestro nuevo destino después de dos semanas conociendo Nepal, el país de los Himalayas. Fue un vuelo largo de más de cinco horas, retrasado 45 minutos, y que nos aterrizó en Malasia cuando eran casi las 23.00 h y casi nos habíamos quedado sin margen de maniobra para llegar al centro de la ciudad. El último medio día en Nepal fue un poco desabrido, como si al último pedazo de pastel se le hubiera evaporado todo el azúcar. Sí, recuerdas lo rico que estaba el pastel, pero te da mucha rabia que ese último trozo tuviera un sabor tan poco agradable. Las últimas horas en Nepal antes de visitar Malasia Para empezar, nos íbamos del hotel de Katmandú mosqueados. Habíamos aguantado casi seis días con un puñado de rupias en cash porque queríamos evitarnos sacar dinero, y de paso ahorrarnos la exagerada comisión que nos cobraban todos los cajeros por hacerlo. Haciendo malabares, tirando solo de tarjeta, cambiando unos pocos dólares, conseguimos llegar a las cuatro horas finales del país con 350 rupias. Lo justo y necesario para tratar de regatear un taxi hasta el aeropuerto o irnos en bus hasta allí. Cuando queremos pagar las tres noches, enseñamos la tarjeta. “Vaya, no, con tarjeta no”, nos dijo el recepcionista y dueño del hotel, un tipo muy rarito de sonrisa falsa exagerada que aparecía por todas partes. “Me cago en ****”, le dijimos en castellano. Se lo tradujimos al inglés: “Pero si ahí—le señalamos la pared— hay una pegatina que dice bien claro que aceptas tarjetas”. Se hizo un poco el loco: “Ah, eso… Tenéis razón, debería quitarlo. Hace tiempo que no me funciona el datáfono”. Tuvimos que sacar 3.000 rupias para que nos cobraran 500 más de tasas. Maldita la gracia de la pegatina mal colocada. Al darle el dinero, el rarito se equivoca con el cambio. “Ehm, disculpa, faltan 200 rupias de cambio”, le explicamos. Nos contesta: “Tenéis razón, cuántos errores. Perdón, perdón”. Al despedirse nos suplica que le pongamos un comentario positivo en castellano en Booking. Le prometemos que escribiremos, como siempre, un comentario en Booking. La derrota primera fue victoria posterior: conseguimos que un taxista nos llevara al aeropuerto por 350 rupias. La tarifa habitual —para turistas— no baja de 500. Supimos jugar bien nuestras cartas: “Lo tomas o lo dejas, es todo el dinero nepalí que nos queda”. Lo tomó, claro. Pese a bien regateado por nuestra parte sigue siendo mucho más que lo que le sacaría a un nepalí en esa misma carrera. El aeropuerto de Katmandú no está hecho para amantes de los aeropuertos Nos fuimos con tiempo al aeropuerto porque nos gustan los aeropuertos. Mirar las pantallas con todas esas ciudades y aerolíneas, jugar a adivinar a qué lugar —y por qué motivo— viajará cada persona. Además, el aeropuerto, aunque caros, siempre ofrece buenos cafés donde sentarse a trabajar un rato mientras esperas la salida. El aeropuerto de Katmandú parece un aeródromo de tercera de una ciudad desconocida, y no la puerta de entrada y salida de la capital de un país con gran flujo de turistas, con vuelos internacionales a ciudades de todo el mundo. No existen restaurantes ni cafeterías en los que sentarse a tomar algo. Apenas un par de tienditas ridículas. Y pasado el control, donde los grandes aeropuertos disponen de un repertorio comercial y de ocio que ya quisiera El Corte Inglés, en el aeropuerto de Katmandú no había ni una mísera máquina expendedora de bebidas. Solo un montón de asientos incomodísimos, con aspecto de sala de espera de hospital, y un par de baños malolientes. Además, en el control del equipaje de mano nos quitaron uno de nuestros bienes más preciados: nuestra novísima navaja suiza multiusos. Esto, reconocemos, fue más culpa nuestra, que deberíamos haber recordado colocarla en el equipaje facturado. Ahora será mucho más difícil abrir las bolsas de patatas sin abrefácil o las botellas de cerveza. Lectores de Cultura Nómada, si queréis hacernos felices, regaladnos una navaja suiza. Llegada nocturna a Kuala Lumpur pasada por agua El avión nos dio algunas de cal y otras de arena. Tenía muchas películas y juegos con los que entretenernos y era espacioso, nuevo y cómodo. En cambio, los de Malindo Air eran unos cutres a la hora de alimentarnos. Nos sirvieron un plato de arroz con pollo ridículo especiado a la india. Y lo maridaron con un vaso de agua. No había más comida, y si querías otra bebida tenías que pagarla. Llegamos a Kuala Lumpur deshidratados. Tras recoger las mochilas en el aeropuerto de Kuala Lumpur —qué aeropuerto, por poco nos quedamos a dormir— tratamos de resolver el rompecabezas de cómo desplazarnos hasta el centro. Era tarde y necesitábamos hacer un transbordo en metro, con lo que había que correr. El aeropuerto de Kuala Lumpur está muy lejos del centro de la ciudad, a casi setenta kilómetros. Los buses, la opción más barata, no nos aseguraban llegar antes de medianoche. Por lo tanto, los descartamos. El taxi era muy caro a priori. El tren era la opción más rápida y la que en principio nos aseguraba llegar a tiempo a uno de los últimos metros. Así que nos decidimos por él, pensando que sería aproximadamente igual de caro que el taxi. Error: nos costó bastante más. Es verdad que el tren era ultramoderno y ultrarápido, pero nos obligó a hacer un intercambio que con el taxi nos hubiéramos ahorrado. Llegamos a tiempo para tomar el último metro a las 23.45 h y cuando salimos a la calle, diez minutos después, estaba diluviando. Perfecto para redondear la caminata final hasta el hostal. Derrotados, vencidos por la lluvia, llegamos al hostal. Nos metimos pronto en la cama, soñando con el desayuno del día siguiente… Y el desayuno