George Town, para sibaritas callejeros | Día 4

Dejar atrás Kuala Lumpur ha sido sencillo, porque sabemos que volveremos en unos días. No será tan sencillo decirle adiós cuando volvamos. El pesar es menor cuando abandonas algo que te gusta por algo que intuyes que te va a gustar, al menos, lo mismo. La pena ha sido pasajera y el nuevo encuentro, nuestra nueva parada, un aliciente estimulante. En nuestra ruta por Malasia —que no iba a pasar de los diez días y amenaza con alargarse indefinidamente— a Kuala Lumpur le sigue George Town, la segunda ciudad en población y uno de los lugares del país que se inscriben en esa selecta lista de la UNESCO que patrimonializa la humanidad bajo unos criterios a veces inciertos, pero casi siempre fiables. Descubriendo el kaya antes de partir hacia George Town George Town es la capital del estado de Penang, un islote en el norte del país muy cercano a la frontera con Tailandia. La importancia portuaria de la ciudad se remonta a su fundación como primer asentamiento británico en el Sudeste Asiático a finales del siglo XVIII. Húmeda y pegajosa, George Town suena un poco a isla caribeña, donde la calma impera y las calles se llenan de gente. Si conociéramos Cuba diríamos que se le parece, pero con rasgos variopintos: chinos, indios y malayos. Hemos paseado dos segundos la zona del centro de la ciudad, sin prestar suficiente atención ni reparar en sus particularidades. Por lo tanto, y sin ánimo de resultar concluyentes, esto han sido solo impactos sin cicatrices; puras sensaciones aparentes. Hemos llegado a George Town por la tarde, sobre las 18.00 h. La pretensión era hacerlo mucho antes. Pero anoche se nos olvidó poner el despertador. Se nos olvidó es un eufemismo intencionado. Con suerte nos hemos despertado con tiempo para recoger las sobras del desayuno, casi a las 10.00 h: un huevo duro y cinco tostadas con mantequilla, un poco de mermelada de frutos rojos y otro poco de una masa verde viscosa tan indescifrable como sabrosa, el kaya, nuestro nuevo alimento preferido malasio. Luego hemos hecho las mochilas con calma y hemos salido en dirección a la estación de buses para buscar alguno que nos trasladara. Hay muchísimas compañías de autobuses y al menos una docena de trayectos entre Kuala Lumpur y George Town cada hora, durante todo el día. Así que ayer tampoco nos estresamos en exceso cuando no conseguimos comprar los billetes por internet. En la estación —tan cuidada, limpia, moderna y bien equipada que cualquiera de las estaciones de bus de Europa quisiera parecerse a ella— hemos encontrado un bus bueno, bonito y barato. Malasia es bueno, bonito y barato Malasia es el primer mundo, pero en barato. Por 7 € escasos hemos viajado entre las dos ciudades principales del país, en un trayecto de unas cinco horas. Lo mejor era el bus: modernísimo, amplísimo, con aire acondicionado y wifi. Mentira, lo mejor eran las carreteras: unas autopistas impecables de muchos carriles y el asfalto perfectamente asfaltado. Atrás quedan esos viajes que eran montañas rusas de muchas horas en Nepal. Y pensar que esos buses costaban más o menos lo mismo. Después de cinco comodísimas horas de bus hemos llegado a la estación de Butterworth, que queda en la península, sin entrar en la isla de Penang, justo enfrente de George Town. Para llegar cruzando el estrecho estrechísimo que separa la isla de la parte continental de Malasia, hay que tomar un ferri de un cuarto de hora. Primeras impresiones de George Town Llegábamos con el sol cayendo y con George Town silueteado. Unos pocos edificios altos intentan falsear la identidad de la ciudad, que es más de casitas bajas, avenidas anchas y aire colonial. Hemos dejado las mochilas en nuestro hostal minimalista, The Frame Guesthouse. En Malasia se llevan las habitaciones compartidas con camas dobles, una rareza muy bien pensada. Es extraño compartir habitación con parejas en lugar de con personas. Ya sin mochilas que nos anclaran al suelo, más sueltos para afrontar el sofoco continuo, hemos salido a callejear comida. Ya lo hicimos ayer en Kuala Lumpur y amenazamos con hacerlo el resto de días que pasemos en Malasia. Precisamente George Town es algo así como la meca de la comida callejera en el continente. Lo hemos comprobado saliendo cien metros del hostal. En medio de una avenida principal muy transitada había un par de docenas de puestitos de comida baratísimos y muy ricos. Mañana, esperemos que sin lluvia, saldremos a callejear más George Town y más comida.