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El templo Kek Lo si de Penang, o cómo convertirse en budista | Día 7

Uno de los jardines del templo Kek Lo Si de Penang, en Malasia

Un mantra plácido, ligero, pacífico: “Om mani padme hum, om mani padme hum”. Desprovisto de tormento, purificador, meditabundo: “Om mani padme hum, om mani padme hum”. No lo sabíamos, pero resulta que es el mantra más famoso del budismo. Un patrón hexasilábico que no tiene nada de inconexo a oídos ajenos: es música que arrebata, alienta y sublima a los sentidos. Lo escuchábamos en uno de los muchísimos salones del Templo Kek Lok Si de Penang, a las afueras de George Town, uno de los centros budistas más grandes de todo el continente, un chorro incontenible de energía que consigue que te cuestiones tus firmes principios agnósticos. Desde muy lejos, antes de llegar, se eleva en lo alto de una colina por encima de toda la isla de Penang. Llegada hasta el templo Hay que tomar un bus en el centro y dar muchas vueltas, recorrer suburbios que no han hecho de George Town el enorme reclamo para los turistas que es: edificios desgastados, condominios en las antípodas del encanto, calles que no te animan a transitarlas. Los locales de verdad, los que sí son de aquí, toman el bus desde donde trabajan hasta donde viven; viajan del George Town de las postales al de su reverso. Algunos turistas, los que contamos hasta el último céntimo de ringgit, tomamos el bus con ellos. Curiosamente, son dos españoles los otros dos que han decidido no tomar un taxi y ahorrarse un dinero que gastar en cervezas. Muy español, y muy mexicano. El bus nos da un respiro con su aire acondicionado. El calor de fuera es insufrible, agobiante, mareante. El calor y sobre todo la humedad. A la casi hora de dar muchas vueltas llegamos al Templo Kek Lok Si y empezamos a hincharnos de energía: compramos una Coca Cola y unos cacahuetes en un 7 Eleven. El recinto no está inundado por turistas —por suerte— y lo encontramos semivacío. Algunos extranjeros curiosos, que se han aventurado a alejarse del centro de la ciudad, algunos locales que vienen a rezar, algunos empleados del lugar —vendedores de recuerdos, jardineros, cuidadores— y, el resto, monjes budistas. Son fáciles de identificar, con sus túnicas y su pelo rapado. El mantra del Templo Kek Lo Si Sorprende la transparencia del templo Kek Lo Si: se puede hacer fotos a todo, se puede caminar por todas partes. Solo hay que pagar por entrar a la zona de la hermosa pagoda, que se erige blanca por encima de todo el complejo, y para subir con una especie de mini teleférico a la imponente estatua de más de treinta metros de Kuan Yin, la Diosa de la Misericordia. El Templo de la Felicidad Suprema, que es como también se le conoce, es un encuentro de las varias ramas budistas. Hay elementos Mahayana y Theravada, las dos tendencias principales, y también detalles chinos, tailandeses y birmanos. Su armonía, por tanto, es holística y polisémica. Recorremos el templo de arriba abajo, por todas sus esquinas. La entrada es gratuita, pero uno puede donar unos pocos ringgits —para la conservación del edificio, explican— o comprar unos souvenirs. Porque sí, mucho mantra, mucho budismo y mucha paz, pero en el Templo Kek Lo Si hay al menos cuatro espacios enormes con recuerdos de los más variados y variopintos. No es momento de indignarse, en cualquier caso. Volvemos al jardín rodeado de figuras de Buda, nos sentamos y escuchamos muy atentos con los ojos cerrados: “Om mani padme hum, om mani padme hum”.