Adiós a las islas Kapas y hasta la próxima | Día 12

Mientras nos subíamos en la lancha y nos alejábamos de ellas, viendo su hermosa silueta en el mar, sabíamos que las islas Kapas iban a permanecer como uno de nuestros mejores recuerdos de Malasia. En realidad, no solo de Malasia. Sin duda va a ser uno de los momentos de este viaje larguísimo de varios meses. Aunque no va a ser sencillo ordenar lugares, y mucho menos momentos, las Kapas se han ganado un lugar privilegiado en nuestro top nómada. Las despedíamos con nostalgia y el sentimiento parecía mutuo: ellas se encapotaban y amenazaban con llenar de nubes el día. Así, cambiándole la cara, pintándose de gris, su aspecto idílico puede que lo sea menos. En cualquier caso, no nos hubiera importado compartir con las islas Kapas un día desapacible, con la marea alta, el oleaje intenso, la lluvia sonando en el mar y nosotros, desde nuestra cabaña, admirándolo todo. No suena mal el plan. Lástima que nos faltara un buen libro y un par de botellas de vino para redondear la escena. Dos buses para alcanzar Malaca Para continuar descubriendo Malasia —¿hay Malasia después de las Kapas?— teníamos que hacer encaje de buses y horarios. Porque desde Marang, la ciudad de la península más cercana a las islas, en la que desembarcábamos esta mañana, hay buses hasta Kuala Lumpur directos cada hora. Pero, en cambio, no los hay hasta Malaca, donde teníamos que llegar. Así que la odisea ha sido de dos buses y casi doce horas. El primero, el de Marang a Kuala Lumpur, ha durado casi ocho horas. El segundo, el de Kuala Lumpur a Malaca, otras dos. Entre medio hemos comido fast food, patatas fritas y bebida Coca Cola. Si el alimento estrella en la India fueron las pizzas, en Malasia son las patatas fritas. El día ha dado para poco más que para ver muchos kilómetros de autopistas malasias. Y para confirmar que los baños y los rezos se dan aquí la mano. En todas las estaciones de servicio la flecha indica, en la misma dirección, las dos cosas. Allá donde encuentres los baños encontrarás las salas de rezo. En Malaca pasaremos los próximos dos días. Estamos al sur de Kuala Lumpur, a medio camino de Singapur. Malaca es, como George Town, Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO y fue territorio portugués y luego holandés. Hoy sábado se la veía animada, luminosa y un poco hortera. La luz del día puede que realce sus virtudes.
Sobre dilemas isleños y la tranquilidad en las Kapas | Día 11

Apartadas de todo lo demás, moldeadas por las olas del mar, las islas son los espacios terrestres más insolentes. Por su forma de ser tan particular, por sentirse orgullosamente alejadas de lo demás. Kapas rezuma tranquilidad a cinco kilómetros de la península. Es una Malasia relajada y traviesa, en la que los malasios se bañan en el mar vestidos mientras observan, con disimulada curiosidad, cómo los extranjeros se pasean en bañador y bikini. Nadie te va a advertir que no lo hagas, las Kapas son para todos: para los locales que acostumbran a bañarse con ropa y para los turistas que enseñan un poco de carne. Pero no hay que perder el recato, el topless mejor dejarlo para la intimidad. ¿Es paraíso cuando vives en él? Entre semana las Kapas están desiertas —o lo están todavía en abril: justo empieza ahora la temporada— pero la cosa cambia cuando llega el viernes. Los botes en los que ayer íbamos seis hoy traen a veinte. Son, casi todos, malasios. Vienen a pasar el día o el fin de semana. Van cargados con todo: toallas, maletas, manteles para hacer pícnic, neveras portátiles —sin alcohol, suponemos— y muchos tuppers. Se montan el puestito en la arena y se pasan el día nad(e)ando. No deben saber que tienen el paraíso al lado de casa. ¿Cómo de lejos tiene que estar el paraíso para que aspire a serlo? Las Kapas para ellos deben ser como la playa de Badalona, o la de San Blas, para nosotros. Van a ella porque les queda a tiro de veinte minutos de lancha. ¿Si fueran tan bonitas las playas de Badalona y San Blas las llamaríamos paraíso? Quién sabe, el caso es que no hay lugar al dilema: ambas le envidian cada grano de tierra a las playas de las Kapas. Nuestro dilema diario, en estos dos días que han pasado tan rápido, ha sido otro: en qué parte de la isla instalarnos a ver pasar las horas —y las olas—. Nivel de estrés alto, el nuestro. Podríamos quedarnos un poco más, pero esto no podría ser para siempre. Somos urbanitas de paladar agitado, la calma debe anteceder a la tormenta. Hasta el clima respeta nuestra tranquilidad de las Kapas Ah, hablando de tormentas: hemos tenido tanta suerte con el clima. Ayer por la mañana tomábamos el bus hasta el muelle, para tomar luego la lancha hasta la isla, con una lluvia que amenazaba con arruinarnos la experiencia paradisíaca. Fueron veinte minutos de lluvia intensa y cielo negrísimo. El trayecto hasta la isla nos daba motivos para la esperanza. A lo lejos, el sol luchaba por ganarle terreno a las nubes. Una vez en la isla la batalla tuvo un claro vencedor: el sol rotundo. Solo unas pocas nubes han salpicado el cielo desde ayer, apareciendo discretas para darle un poco más de encanto al encuadre. Las fotos lo han agradecido. La previsión empeora para mañana y toda la semana que viene. Lluvia y tormentas sin tregua. De haberse adelantado un par de días la tormenta, las Kapas hubieran perdido dos prescriptores. El clima incide tanto en la experiencia viajera. Incide tanto en la experiencia vital. La familia holandesa que ha escogido las Kapas Las islas Kapas, y su tranquilidad, sí que han sido para siempre para los dueños del fantástico lugar en el que nos hemos alojado, el Kapas Turtle Valley: un matrimonio de holandeses de cuarenta y largos con un hijo y una hija de unos diez años. Ellos, los cuatro, lo hacen todo. Con la ayuda de un chico local que es al único al que emplean. Se han montado el retiro perfecto: seis bungalows bien arreglados a unos 60 € el día. Además, hacen comidas y cenas para paladares exigentes y bolsillos holgados. Nuestro bolsillo ha hecho por holgarse para la ocasión, casi a la fuerza. El paladar exigente, en cambio, viene de serie. En las Kapas no vive nadie. Bueno, viven los dueños y trabajadores de la docena de alojamientos que existen. Pero no hay casas ni calles ni supermercados ni hospitales ni colegios. Para todo eso hay que subirse al bote y cruzar hasta la península. Pero los niños de los dueños viven aquí. Ayudan por la mañana a servir el desayuno, luego se traen los libros y la madre se convierte en maestra, por la tarde se bañan y hacen snorkel y por la noche uno hace de pinche en la cocina y la otra, súper profesional, ejerce de maitre en la sala: apunta las comandas, sugiere los principales y pregunta por los postres. ¿Tendrán amigos? ¿Podrán ver dibujos? ¿Añorarán la vida que no conocen? Nosotros nos vamos de las Kapas, ellos las seguirán disfrutando —¿a su pesar?— unos cuantos años más.