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El encuentro con Helen en Malaca, la ciudad mestiza de Malasia | Día 14

Una habitante de Malaca en la puerta de su casa

No lo vamos a negar, Malaca nos daba un poco de pereza esta mañana. No era tanto Malaca, que es un destino imperdible en Malasia, como su calor. Encima, ayer no nos dormimos hasta tarde —por culpa de las elecciones de España, que seguimos puntualmente en duermevela hasta nuestras 05.00 h— y esta mañana, después del desayuno, hemos pensado que nos merecíamos una siesta. La típica siesta es aquella que transcurre después del almuerzo. Eso es para el común de los mortales. Para nosotros, la típica siesta puede transcurrir en cualquier momento: después de desayunar, a media mañana, antes del almuerzo, después del almuerzo, por la tarde. Es una manera de compensar nuestra nocturnidad, a veces; los madrugones, otras; o simplemente el cansancio acumulado. La siesta postdesayuno de hoy aunaba lo primero y lo tercero. Como era de prever, el descanso se nos ha ido de las manos y han sido las 13.00 h cuando hemos despertado. Malaca esperaba afuera con todo el calor. Planificación futura hasta que el calor sea menos inclemente Ante la perspectiva, hemos hecho cálculos. Nos quedaban un par de monumentos por fotografiar, un par de calles por recorrer y un par de restaurantes entre los que decidir. Todo eso podía esperar un poco más, hasta que el sol dejara un poco de lado su inclemencia. Así que hemos aprovechado el entretiempo para planificar semanas futuras. Se vienen tres días en Kuala Lumpur y después un vuelo para alcanzar el cuarto país del viaje, tras la India, Nepal y la propia Malasia. En este tipo de viajes largos, en los que encadenas países y ciudades, uno pierde la perspectiva del propio viaje. A veces se trata solo de seguir avanzando. Pero todo se complica. Porque quieres conocer en el hoy pero tienes que cerrar el mañana y anticiparte al pasado mañana. Es como que estás en muchos sitios a la vez y en ninguno en realidad. De cuerpo presente en Malasia, leyendo las noticias de España, planeando el siguiente país y tratando de cerrar los que vendrán después, para cuadrar bien el calendario. Porque el viaje, al menos este, no es para siempre. La Malasia colonial en Malaca Finalmente nos hemos obligado a combatir el calor, cuando ya no molestaba tanto. Hemos paseado por la zona histórica de la ciudad, donde se conservan restos coloniales de los portugueses y los holandeses, que hace mucho tiempo hicieron de Malaca un feudo clave en su expansión por la región. La placita principal tiene una torre con un reloj y una bonita iglesia anglicana, todo pintado de un rosa oscuro muy agradecido para la fotografía. Al lado queda un río que cruza parte de la ciudad. En una de sus orillas hay un pasillo muy angosto por el que se puede caminar. Cada cuatro pasos hay un restaurante o un barecito que invitan a sentarse mientras se ven los barcos turísticos pasar. La zona es tranquila pese a concurrida. Aquí el turismo es escaso y ordenado. A pocos metros está la Jonker Street, que tiene nombre holandés pero aspecto chino. Es la que transitábamos ayer por la noche. Hoy, en cambio, ya no había mercado callejero. Era igualmente agradable. Aquí están los mejores cafés y restaurantes de la ciudad y aquí, claro, hemos cenado. Helen, nuestra nueva amiga De vuelta hemos coincidido con Helen, la primera malasia con ganas de confraternizar que hemos conocido en las dos semanas que llevamos aquí. Los malasios son gente discreta, poco dada a los aspavientos y a los incordios. Así como era normal que en la India y Nepal la gente nos parara, nos preguntara, nos explicara, nos pidiera fotos, en Malasia todo lo contrario. No es que sean antipáticos, porque te ayudan si se lo pides y te indican si les preguntas. Pero guardan siempre una prudencial distancia, con el turista y con el que no lo es. Helen no es así. Helen es de origen chino, como tantísimos malasios. “Pero he nacido aquí, en Malaca”, nos cuenta. La hemos cruzado en una calle y nos ha empezado a hablar de trivialidades. Como estaba al lado de su casa, nos ha invitado a pasar. Debe tener setenta años y se le notaba sola. Nos contaba que recientemente falleció su marido, con el que había vivido en Singapur y en Londres. Nos enseñaba fotos de él y diplomas. Y como si nos conociera de toda la vida, nos ha empezado a contar cómo su marido había ayudado a un hermano que estaba en bancarrota o cómo su hijo corría mucho con el coche y lo regañaba por ello: “Mi nieto tiene dos años, y hay que tener cuidado”. Nosotros, los nuevos amigos de Helen A Helen le hacía falta hablar y a nosotros se nos da muy bien escuchar, y asentir. Ha llegado un punto en el que sabíamos que nos teníamos que ir, pero ella empezaba con una nueva historia de su pasado: “Le compré un regalo para su boda, pero me pidió algo más caro”. Tan pronto hablaba de sobrinas desagradecidas como de amigas lisiadas. “¿No lleváis paraguas? ¿Cómo podéis ir por la ciudad con este calor sin paraguas?”, nos ha preguntado. Nos hemos ahorrado contarle lo de quedarnos en el hostal hasta las tantas para evitar el calor y hemos zanjado la pregunta con un “sí, hace mucho calor”. Entonces nos ha traído un paraguas, que ha abierto para comprobar que funcionaba. Se lo hemos aceptado después de intentar, fallidamente, denegar el ofrecimiento. “Tomad, y os dejo unas cuantas bolsas de plástico, para que guardéis las cámaras, que uno nunca sabe con el clima de Malaca”, ha dicho. Helen nos contaba que sabía que en España se tocaban las castañuelas, y que le gustaba nuestra comida, que la había probado alguna vez. También le gusta la comida italiana, aunque ahora solo come una vez al día: “Quizás un poco de arroz y ya”. Nos ha invitado a cenar con ella, pero ya habíamos comido hacía un rato. Salíamos nosotros