Bali, evocando el paraíso de Indonesia | Días 1 y 2

Cuando empezábamos el viaje, allá por el mes de febrero, la planificación ensayada marcaba una ruta que ha quedado caduca. En ella siempre estuvo Bali, el paraíso prometido de Indonesia. Aquella primera ruta es verdad que era solo un boceto, un marcapasos al que agarrarnos para darle sentido de continuidad a la travesía. Las dos primeras paradas las cumplimos: India y después Nepal. Desde ahí teníamos que saltar a algún sitio, de alguna manera. Pero Malasia no aparecía como el horizonte de esa tercera pata de las muchas que van a componer el viaje. De hecho, nunca apareció en el mapa de chinchetas que dibujamos. Pero las circunstancias, y lo oportuno del aeropuerto de Kuala Lumpur como lugar de aterrizaje, nos hicieron darle una oportunidad. No nos equivocamos. Malasia fue —ya en pasado, porque ya es pasado— una agradable, y necesaria, sorpresa. Nos liberó del desasosiego continuo, de la incertidumbre, los nervios, los enfados y los problemas —y también un poco de la diversión que todo eso implica—. Siempre en nuestros planes Una vez en Malasia, la idea era regresar, después, al esbozo de la ruta, subiendo hacia el norte, llegando a Tailandia. Para, desde ahí, visitar todos los países de su alrededor: Myanmar, al oeste, y Laos, Camboya y Vietnam, al este. Pero no sabemos exactamente en qué momento, ni por qué, volvimos a desviarnos; de nuevo hacia el sur. El sur siempre nos arrastra, en todos los sitios. Siempre es sinónimo de buen rollo y calorcito, de gente alegre y buena comida. Así que decidimos alejarnos de casa todavía más. Esta, contada rápidamente, es la historia de por qué acabamos ayer aterrizando en Indonesia. En realidad, sería más adecuado y correcto decir que aterrizamos en Bali. Porque era aquí, a Bali, a donde queríamos venir. En el imaginario colectivo viajero, Bali equivale a la imagen del paraíso de Indonesia. Uno evoca playas, surferos, atardeceres, cervezas, templos, dioses, esculturas, terrazas de arroz, naturaleza, cultura, historia, religión. Bali es la tierra prometida del viajero, el lugar a conocer, el horizonte a alcanzar. Teniéndolo tan cerca, era imposible decirle que no. Teníamos que corroborar que esas narraciones fabulosas explicadas sobre Bali no son un mito. Pero para hacerlo teníamos que venir; y vinimos. Lo hicimos con un vuelo desde Kuala Lumpur, nuestra estimada Kuala Lumpur, una de las ciudades que mejor ha sabido entender nuestra inclinación cosmopolita. Que se despedía de nosotros lloviendo. De Kuala Lumpur disfrutamos hasta su aeropuerto, que en su terminal internacional se dilata en forma de estrella de cuatro puntas y en el centro, en su corazón, tiene una especie de jungla por la que pasear. El aeropuerto como el país: tan desarrollado y tan selvático a la vez. Organizando qué visitar y conocer de Bali Llegamos a Bali con Malindo Air, una compañía low cost con la que repetimos experiencia después del vuelo entre Katmandú y Kuala Lumpur. Nos encanta el ancho entre asientos y las pantallas con películas de sus aviones. Pero son tan cutres para alimentarnos: un vasito de agua y un recipiente dudoso que contiene un poco de arroz y un poco de pollo. Superado el trauma alimenticio, aterrizamos en Bali y nos rodeamos de australianos en la cola para obtener el visado. Nos estampan el sello de Indonesia en nuestro pasaporte, descubrimos que el conflicto entre Grab (el Uber local) y los taxistas es aquí mucho más espinoso que el que tenemos en España, nos trasladamos hasta el hostal y acabamos el día tardísimo, cuando ya habíamos cambiado al día siguiente, a las 05.00 h de la mañana, tratando de cuadrar fechas, visitas, alojamientos y traslados. Y en esas seguíamos después del desayuno. Como Bali sea tan bonita como complicada de organizar, no habrá lugar que puede compararse a ella. Las dos primeras noches, y solo el primer día, lo hemos pasado en Kuta, en el H-Ostel Kuta. Bali es una isla pequeña, pero compleja logísticamente de visitar. O de visitar de manera económica. El transporte público local es solo para locales. No es que los de fuera tengamos vetada la entrada, pero en la práctica las furgonetas que ejercen el servicio recorren rutas poco útiles para el viajero. Hay algunas compañías de buses que conectan los principales puntos de interés, pero a deshoras, con una frecuencia escasa y por un precio en absoluto asequible. Por eso, Bali es solo sencilla de recorrer en moto —para lo que hay que ser un experto en la materia, y nosotros no lo somos— o con conductor. Esa, pese a bastante cara, va a ser nuestra manera de conocer la isla. Tan poco mochilero, tan poco nosotros. El atardecer en la playa de Kuta Hoy hemos acabado el día con dos cervezas sentados en unas sillas de plástico que nos ha traído Dolpin, una indonesia que se monta un chiringuito playero cada tarde en la playa de Kuta. «¿Cómo os llamáis?», nos ha preguntado. Le hemos contestado primero, y repreguntado después: «¿Y tú?». Nos ha respondido señalándose el sombrero, donde tenía escrito su nombre. La costa de Bali, el paraíso de Indonesia, parece infinita. En la playa de Kuta la gente se concentra en la arena pero de manera esparcida, hay espacio para todos: los balineses, los surferos, los borrachos, los que pasean al perro, las familias con niños, los turistas de barriga cervecera y los jovencitos que calientan motores para la fiesta nocturna. La Bali ruidosa, fiestera y menos idílica ya nos ha regalado una postal impecable, un atardecer de ensueño. Bali promete.