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Si Bali no existiera, habría que inventarla | Día 4

Un warung de Bali que te invita a aparcar el móvil y hablar

Es imposible no caer rendido ante ella. Bali es un lugar especial. Es la isla escogida, en la que todo está, en la que todo puede pasar, en la que es imposible no disfrutar. Llevamos un par de días descubriéndola y ya entendemos el porqué de su merecida reputación. A Bali todo la hace especial. Da lo mismo que esté saturada de extranjeros y turistas, sigue siendo especial. O que todo resulte tan turístico, que todos se hagan pasar por taxistas y que las masajistas importunen tu paseo ofreciendo sus baratísimos servicios. Da lo mismo, Bali es especial, es única. Es el lugar en el que uno sueña con pasar la jubilación, y todos los años que la preceden; en una casita al lado de los arrozales escuchando a los Creedence y leyendo a Bolaño. Quimeras al margen, Bali nos encanta. Debe ser una sensación recurrente en el viajero, pero puede que hayamos encontrado aquí nuestro lugar en el mundo. Bali no es Indonesia, es del mundo. Ubud, el corazón cosmopolita de Bali Es tan cosmopolita, internacional y políglota como Nueva York. Lo es en Ubud, el corazón cultural y artístico de la isla, a donde los expatriados inmigran y a donde los indonesios, que viven en pueblos de alrededor, solo vienen para trabajar. Ubud es, a la vez, la Bali más y menos auténtica. Porque está atestada de viajeros y turistas extranjeros, y por expatriados y nómadas digitales que han encontrado el mejor hogar posible. Idiomas escuchados hoy, muchos: español (con todos los acentos), inglés (british, americano y australiano), neerlandés, francés, italiano, portugués, chino, ruso, japonés, coreano, alemán y algún otro que no hemos sabido identificar. Y sin embargo, a la vez, es la que guarda con más celo, con mayor mimo, las tradiciones más balinesas: los templos, las danzas, los warung (restaurantes familiares) y las casas. Los hogares balineses son estructuras de una complejidad alegórica sin igual, que merecen capítulo aparte. Investigaremos más para escribir el capítulo. Nuestra primera casa balinesa Mientras tanto, vivimos en una de ellas, en la Nengah House. Bueno, qué más quisiéramos, en realidad solo nos alojamos. Además de los resorts y las villas, en Ubud se llevan mucho los homestay y las guesthouses, en los que en el hogar familiar, que está dividido en varias unidades, reservan dos o tres habitaciones para turistas. Por un precio muy asequible (15 € la noche) duermes en el seno de una casa balinesa, con un jardín enorme, con una suerte de templo en medio, en una habitación impecable, con una cama comodísima y con un desayuno a la carta que escoges cada día. Consentirse en Bali es económico —si quieres—. También es todo lo lujoso que uno pueda permitirse: los mejores hoteles del mundo, restaurantes con estrella Michelin y las tiendas más exclusivas. Y pese a todo, Bali consigue que ese enorme conglomerado de perfiles que la transitan y la habitan —los mochileros, los viajeros pudientes, los honeymooners, los borrachos, los surferos, los mayores, los jóvenes, los hippies, los pobres, los ricos, los balineses de siempre, los de nuevo cuño— tengan cabida y se relacionen con naturalidad. El carácter inclusivo y cosmopolita balinés es solo un añadido a todo lo demás, a lo que de verdad importa: a su riqueza natural, cultural, histórica y religiosa. Hoy hemos pasado el día en Ubud, comiendo en el Warung Garasi, refrescándonos con un helado de coco, bebiendo cerveza barata y caminando entre arrozales. No hace falta alejarse de las ciudades para encontrarlos. La ciudad y el campo se dan en Ubud la mano como en ningún otro sitio. ¿Cuánto más nos puede gustar Bali? Vamos a darle unos cuantos días más, a ver con qué más nos seduce.