El Monkey Forest de Ubud | Día 5

Si nuestro viaje tuviera animal oficial, ese sería el mono. Nos los hemos encontrado en todos los países por los que hemos pasado hasta ahora. En la India los vimos al aterrizar en Delhi, en la misma ciudad, corriendo detrás de algunos policías. También en Nepal nos cruzamos con ellos. Más tarde, en Malasia, en las Batu Caves, eran casi tan llamativos como las escaleras multicolor. Y como no podía ser de otra manera, en Indonesia también hay monos, de hecho los hemos ido a buscar a su hogar: al Monkey Forest de Ubud, aquí en Bali. Nos hemos de confesar desconfiados de ellos. Bueno, sin medias tintas: los monos nos dan pánico. Su comportamiento, sus gestos y sus actitudes son tan humanas. Y eso no es tanto lo que nos da miedo —que también, conociendo a nuestros congéneres—, sino sobre todo lo imprevisibles que resultan. Desde que aterrizamos en Bali y apuntamos en una lista extensísima todo lo que queríamos ver en la isla, teníamos subrayado en amarillo, tono ámbar de duda, el Monkey Forest de Ubud. La visita al Monkey Forest de Ubud El bosque es un enorme parque selvático que se encuentra en medio de la ciudad. Su belleza natural, sus árboles, lianas, plantas y cascadas son su reclamo accesorio. El principal es que está habitado por unos setecientos monos, de varias especies y muchas edades. Los monos viven en semilibertad en el parque, haciendo una vida importunada por los humanos que van a visitarlos. Habíamos leído que los monos se ponen a veces agresivos con los visitantes, especialmente si tienen comida u otros objetos que les puedan llamar la atención. De hecho, incluso si uno no lleva nada corre el riesgo de que algún mono decida subirse a él y treparlo como a un árbol más. Eso en el mejor de los casos; en el peor, puede que acaben mordiendo al invasor. Con este panorama, y dado nuestro pavor por los animales de marras, estábamos decididos a saltarnos la visita. Además, la entrada al parque no es barata. Todo eran pegas. Pero los comentarios de los visitantes y las reseñas del sitio eran muy buenas. No haber estado habría sido un error: el Monkey Forest de Ubud ha sido divertidísimo. Además, los animales están cuidados y el parque trata de favorecer en la medida de lo posible que no sean molestados, que se les vea en su rutinaria normalidad. Un par de sustos que no han pasado a mayores Para empezar, es cierto que el entorno natural es hermoso. Cantidad de árboles, algunos enormes, plantas por todos lados, ríos y cascadas, templos hinduistas. Pero lo accesorio sabíamos que nos iba a gustar, el problema eran los monos, la gran atracción del parque. Hemos tenido un par de sustos. Algún mono nos ha pasado muy cerca encolerizado, persiguiendo a uno de su especie o de la nuestra. La gente, que es muy valiente y también irrespetuosa, les daba comida, se hacía fotos con ellos y los miraban a los ojos con descaro. Esa era una de las principales normas de comportamiento a seguir: evitar el contacto visual con los animales. Además, explican que no hay que entrar en pánico si un mono se acerca, que no hay que darles de comer una serie de alimentos prohibidos y que hay que guardar con celo cualquier cosa en los bolsos. Y ni así. Los monos son inteligentísimos, saben cómo abrir las mochilas. Para practicar un turismo responsable, en cualquier caso, se debe seguir la normativa del lugar. Ha sido divertido ver la manera en que las dos especies interactuamos. Los monos, tan salvajes, y nosotros, tan civilizados. Y, sin embargo, tan parecidos. La mayoría solo querían comida, y muchos perseguían a la fémina de turno para insinuarse. Lo dicho, tan parecidos. Solo nos acercábamos a ellos cuando había muchos otros turistas alrededor. Al final, ya confiados, nos parecía que habíamos comprendido el comportamiento de los monos. Visita a las terrazas de arroz de Tegallalang En los alrededores, ya fuera del Monkey Forest de Ubud, había varios monos que habían salido del parque buscando un poco de aventura. Ha vuelto el olor intenso a incienso, el de las ofrendas y el de muchas de las tiendas y establecimientos. Bali huele tan bien. Para redondear el día, por la tarde hemos ido a visitar unas preciosas terrazas de arroz que están a veinte minutos del centro de Ubud. Los arrozales de Tegallalang, los más famosos y visitados de la isla, se encadenan en capas de un verde intenso. Algunas de las terrazas están anegadas. Las demás, se ponen al servicio del disfrute del visitante. Y sobre todo, de Instagram. Bali es la meca de Instagram. Todo resulta interesante en la medida de lo instagrameable que sea. De hecho, hay varias rutas y tours por la isla para encontrar los lugares en los que hacerse fotos con las que presumir ante el mundo de una ficticia vida idílica. Si algo no nos gusta de Bali es su tendencia a la impostura de muchos de los que la visitan. No se paran a ver lo que están visitando, directamente lo fotografían. O lo que es peor: posan para la cámara. La dictadura del like es su versión más extrema. Ver esta publicación en Instagram Una publicación compartida por Cultura Nómada (@cultura.nomada)