Pedaleando hasta el templo de Tanah Lot | Día 7

Hace ya una semana que llegamos a Bali. Se nos ha pasado tan rápido. Cuando decidimos desviarnos del plan establecido —qué divertida la contracorriente— pensamos en hacer una incursión rápida en la isla, para testear su validez como foto de portada de todas las revistas de viajes. Pero la incursión rápida ha pasado a la fase de ‘bueno, recortamos días de otros países’. Y en esas estamos, alargando no sabemos hasta qué día nuestra estancia en Bali, conociendo hoy el templo de Tanah Lot. Sabemos que mañana y pasado volvemos a Ubud, para seguir turisteando el norte de la isla, y que los dos días siguientes queremos pasarlos en Sanur, una zona playera del este. Desde ahí la intención es ir a Nusa Penida, una isla más pequeña a pocos kilómetros de lancha que, según se comenta, todavía vive virgen de turistas y es, salvando las distancias, lo que quizás era Bali antes de que se convirtiera en el viaje preferido de todo los que quieren viajar. Día de disfrute y descanso en nuestra villa Mientras tanto, hemos agotado hoy nuestro segundo día en nuestra villa (más o menos económica) del De Moksha Eco Friendly Boutique Resort. Hemos tratado de rentabilizar nuestra estancia de todas las maneras posibles. Para empezar, hemos desayunado como unos campeones. Pan, del dulce y del salado, con mantequilla y mermelada, varios tipos de fruta —qué buena está la fruta de esta parte del mundo—, un zumo en el que tú decides los ingredientes, café y un plato a escoger entre varias opciones. El desayuno de hoy equivalía, por ejemplo, a varios días completos de comida en la India (en cantidad y sobre todo en calidad). Hemos disfrutado de la piscina comunitaria del hotel para nosotros solos durante toda la mañana. El resto de hospedados debían estar turisteando, o durmiendo, y así hemos podido posterizar nuestra imagen en una piscina espectacular, sin horizonte ni final aparente. Después nos hemos bañado también en nuestra piscina, que pese a más pequeña, más fría y menos nadable no dejaba de ser la nuestra. Ducha al aire libre para quitarnos el cloro y siesta, en una cama con un colchón comodísimo, unas almohadas que se acoplan a la perfección a la forma de nuestras cabezas y las sábanas más delicadamente finas en las que hemos dormido nunca. El templo de Tanah Lot al atardecer Ya descansados hemos tomado prestadas las bicicletas y hemos pedaleado hasta el templo de Tanah Lot. Por el camino, como ayer, los balineses nos saludaban. A nosotros tienen tiempo de dirigirse, porque pasamos a poca velocidad por delante de ellos. Al resto de los turistas los ven fugazmente en sus motos. Son incapaces de distinguirse las caras los unos a los otros. Nos encanta precisamente por eso la bici, te acerca a los lugares de manera amable. Te ayuda a recorrerlos sin prisa, fijándote en los detalles, distinguiendo las facciones, respondiendo a las sonrisas cómplices de los lugareños. Con nuestra bici hemos llegado a uno de los lugares más visitados de Bali: el templo de Tanah Lot. Lo teníamos a una media hora de distancia a pedales, en un paseo tranquilo que solo nos alteraba el tráfico de las muchísimas motos. Todas se dirigían al templo, donde la promesa es tener la oportunidad de observar un atardecer para no olvidar. El día estaba seminublado y nos ha estropeado un poco la fotografía. Pero, pese a las nubes, el templo lucía hermoso. Su particularidad es el emplazamiento que tiene, en lo alto de una roca dentro del mar, elevado lo suficiente para evitar la marea alta. Hoy se podía pasear por los alrededores, tomarle fotos del frente y desde los lados. Pero cuando la marea crece, la roca coronada por el templo queda encharcada en todo su perímetro, haciendo la imagen todavía más sobrecogedora. Con lo idílico del momento se nos ha tirado encima la hora y cuando nos hemos querido dar cuenta teníamos que apresurarnos para que la oscuridad no nos incomodara en exceso la vuelta al hotel. El problema ha sido que nos hemos demorado —más— buscando las cervezas de rigor del día. La estancia había que cerrarla bañándola en cerveza. Ver esta publicación en Instagram Una publicación compartida por Cultura Nómada (@cultura.nomada)