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Nueva visita a Ubud, nuestro centro de operaciones en Bali | Día 8

Los arrozales de Tegallalang, los más visitados de Bali, muy cerca de la ciudad de Ubud

Los días de transición formarían más de una semana de lo que llevamos de viaje. Son jornadas solo necesarias. Caducas por su irrelevancia pero importantes por enlazar ciudades —o países— y momentos. Son días en los que el paisaje es pasajero, y eso es también divertido. Subidos en trenes, buses o, como hoy, en coches, descubrimos cotidianidades que se esconden mientras repetimos visita a Ubud. Esos lugares transitorios están lejos de los lugares donde nos hospedamos, y por eso se distancian de la imagen turística y se acercan a su reverso. Para el caso, la Bali de los balineses. “The real Bali”, como decía esta mañana Agus, uno de los camareros del hotel, mientras nos servía el desayuno más increíble de lo que llevamos de viaje. Hemos acabado nuestros dos días de vino y rosas con unos huevos benedictinos y dándonos el último baño en la súper piscina del De Moksha Eco Friendly Boutique Resort. El dilema de volver al resort después de la nueva visita a Ubud Agus nos invitaba a volver al resort después de nuestros planes para los próximos días en Ubud y en Sanur, asegurándonos que a través de él conseguiríamos un precio más económico. Le hemos seguido la corriente: “Vaya, qué bien, lo pensaremos”. Pero no, no hay nada que pensar: el exceso de gasto ha quedado cubierto. Agus seguía tratando de convencernos: “Si volvéis os llevaré de excursión con bici por los alrededores, para que podáis conocer la Bali de verdad”. ¿Y qué será la Bali de verdad? Bali la componen todas sus realidades, ¿no? Como a todos los sitios. Que se haya desnaturalizado, que haya deformado su identidad, es causa del turismo. Pero es la pescadilla que se muerde la cola: si Bali no fuera tan bella e interesante no sería turística. Y si no fuera turística, Agus no trabajaría en un resort ni podría organizar excursiones. La Bali de verdad y la de Instagram Nos alejábamos de la zona de Tanah Lot y del resort, al oeste de la isla, para volver al centro, a Ubud, donde está la Bali que, siguiendo con la lógica de Agus, sería la de mentira. En Ubud la proporción de extranjero por indonesio es de 5 a 1. En la Bali de mentira hay mucho de impostura. Es la Bali de los vestiditos, las camisetas de tirantes que enseñan músculo, los supermercados healthy, los restaurantes veganos, los cafés de diseño y los coworking. El paraíso para los millennial del mundo con el paladar entrenado que huyen de las frustraciones domésticas. En Bali —en Ubud— la promesa es buena vibra, diversión y una vida mejor. ¿Quién no se apunta a Bali —Ubud—? El caso es que la vuelta, la nueva visita a Ubud, no responde a cuestiones inmobiliarias. No, no estamos buscando casa en la zona. Todavía. Hemos vuelto porque desde aquí saldremos mañana a hacer la segunda excursión larga. El chico que ya nos acompañara el otro día, Kadek, volverá a llevarnos a algunas de las visitas imperdibles de la isla. Ahora, a la zona del noreste, donde las carreteras lo son menos y el postureo se eleva a niveles estratosféricos. Los templos de mañana figuran entre los más instagrameados de Bali. No se trata de seguir la corriente, pero a veces es ilógico desviarse del circuito lógico. Es un poco como lo de la ‘Bali de verdad’. Si el lugar está entre los favoritos de Instagram será porque es bonito. Demonizar a Instagram es como demonizar al turismo. Y, sin embargo, los practicamos en la misma medida que los criticamos.