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El templo de Lempuyang, cuando la foto es el trofeo | Día 9

Las puertas del cielo en el templo de Lempuyang, en Bali

Kadek nos esperaba puntual a las ocho de la mañana en la calle contigua al hotel, como se nos había prometido ayer. De impuntuales han pecado, sin embargo, en nuestro alojamiento, el Jiwa’s House. Pedimos que nos sirvieran el desayuno a las 07.00 h porque teníamos que salir corriendo a hacer la larguísima excursión del día, en la que íbamos a visitar el templo de Lempuyang. Pero nuestra tortilla y nuestro waffle de queso y plátano —una combinación de lo más arriesgada— no han llegado hasta las 07.45 h. Con lo que nos ha tocado desayunar apresurados. Como fanáticos del desayuno nos declaramos indignados. Porque lo que nos han traído estaba rico, pero no hemos podido degustarlo con calma. Nosotros somos de los que filtramos los hospedajes por ‘desayuno incluido’. Y ante la duda entre dos o más alojamientos, siempre optamos por el que tiene mejor puntuación en el apartado desayuno. Y pensar que en la India sobrevivíamos a nuestra comida favorita con dos galletas. De camino al templo de Lempuyang El día iba a ser largo y de ahí la hora de comienzo de la excursión. Desde Ubud, en el centro de Bali, había que ir primero hasta el noreste de la isla, en una zona mal comunicada. Dos horas de coche, que han servido para sumarle horas de sueño al madrugón, era el primero de los peajes para poder conseguir la foto entre las fotos en Bali. En el templo de Lempuyang están las puertas del cielo, una imagen de lo más épica en la que parece que uno se eleva por encima de todo, que flote enfrente de la silueta de un volcán. En los días tapados, como hoy, el lugar del volcán lo ocupan las nubes. La imagen no pierde ni un punto de legendaria. Pero para poder conseguirla antes habrá que pasar por muchos obstáculos. Pagar un donativo y por el préstamo de un sarong —una prenda que es una especie de pareo, que hay que ponerse para cubrirse las piernas— es lo de menos. Una vez en lo alto del templo un gentío enorme se interpone con la puerta del cielo, la fotografía que todos han venido a tomarse. La foto más buscada, la mentira mejor conseguida La foto es una mentira más alimentada por Instagram. Una experiencia que de ridícula resulta hasta divertida. La imagen icónica refleja a la persona con las puertas, por delante del fondo de nubes y volcanes. Uno, antes de llegar, se imagina que Lempuyang es un templo bañado en agua, y de ahí el reflejo. Mentira podrida. Nada que ver. Al llegar nos hemos lamentado: “Vaya, hoy no hay agua, la foto saldrá sin reflejo”. Nos ha llevado cinco minutos enterarnos. Ha sido una sensación de frustrada decepción, como cuando te enteras que Papá Noel no entra por la chimenea, sino por la puerta de la habitación de tus padres. El reflejo es una deformación de la realidad, una ilusión que se vende al mundo: es un espejo colocado debajo de la cámara del móvil. Así, cuando uno se hace la foto aparece doble, del derecho y del revés, igual que las puertas, las nubes y el volcán. Es la mentira más bonita jamás inventada, una transgresión muy acertada de la realidad. La odisea para conseguir la foto en las puertas del cielo Para obtener la preciada fotografía hay que hacer una cola larguísima de más de dos horas. A pleno sol, es muy divertido ver las poses de los que te preceden. Uno empieza a imaginarse ahí de pie y entrena sus propias posiciones: con los brazos en alto, en uno de los lados, sentado, saltando… La espera se hace eterna y uno se siente cómplice de una broma pesada, de una falacia que después correrá a contarle al mundo. Cuando nos ha tocado el turno, ya cansados de la espera, decepcionados con nosotros mismos por participar de esa farsa, hemos ensayado rápido nuestras posturas y nos hemos sentido el centro de la escena. Del otro lado, varios chicos —que trabajan en el templo, se entiende— se encargan de hacerte la foto. Son profesionales del enredo. Están acostumbradísimos a la operación y manufacturan cientos de fotografías por hora. Se lo pasan genial: “Otra pose, siguiente, ahora salta”. Dan órdenes y sacan unas fotografías impecables, de bazar chino: todas son iguales. Pero todos quedamos increíblemente satisfechos con el resultado. Nos vamos del templo de Lempuyang felices con nuestro trofeo, que guardamos como oro en paño en el móvil. Ver esta publicación en Instagram Una publicación compartida por Cultura Nómada (@cultura.nomada) Tirta Gangga y Besakih Después de pasar casi tres horas en el templo, que es el escenario de la ficción balinesa más grotesca, Kadek nos ha conducido a las otras dos visitas del día. En Tirta Gangga hemos conocido la antigua residencia del rey. Nuestro conductor se esforzaba en hacernos también de guía, y se disculpaba por no saberse explicar mejor. Es un tipo honesto y simpático, ha sido un placer compartir la excursión con él. Explicaba que ahora vienen muchos turistas chinos, pero que no se ve aprendiendo mandarín: “El español me gusta más”. Después del palacio hemos ido a Besakih, un complejo enorme de templos donde se celebran algunas de las ceremonias religiosas más importantes de la isla. El lugar es muy grande, y muy bonito. Lo hemos disfrutado especialmente porque había pocos turistas. Nada que ver con las muchas horas de cola de Lempuyang. Paciente, Kadek no ha rechistado cuando le hemos hecho mil fotos a ese espléndido lugar. De vuelta nos ha invitado a echarnos una siesta. Pero el paisaje era mejor que la mejor de las siestas. Bali te obliga a prestarle atención constantemente. Seguiremos unos cuantos días más en ello.