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La vida contemplativa (en Bali) es la vida mejor | Día 10

Las vistas desde un hotel de las afueras de Ubud, en Bali

Nos tocó ser drásticos: ya tenemos fecha de salida de Bali. Será el próximo jueves. De no estar en nuestros planes iniciales, Bali ha pasado a atraparnos hasta consumir dos semanas enteras de nuestro viaje. Y cuando quieres ver tanto y el tiempo es definido, cada día cuenta. Por eso, sabiendo que volveremos, era el momento de ponerle fecha de caducidad a nuestra primera experiencia aquí. Ningún día es en balde aquí, incluso la vida contemplativa en Bali adquiere una nueva dimensión. Ni los días transitorios, ni los poco turísticos, ni los de llegada o salida, ni los de traslados son en balde. Todos han sido disfrutados. Todos serán añorados. Por ejemplo, el de hoy: relajado, observador y de planificación para lo que ha de venir. Arrozales y paz a dos pasos de Ubud Seguimos en Ubud pero nos hemos cambiado de casa. La de los dos últimos días, la Jiwa’s House, no nos gustó —por desaseada— y queríamos retirarnos del centro de la ciudad para pasar un par de días rodeados de naturaleza y arrozales. La culpa la tuvo Kadek ayer. Nuestro conductor y guía, ya de vuelta de la excursión al templo de Lempuyang, nos trajo por un camino remoto. Era la parte final del trayecto y Google Maps aseguraba que estábamos muy cerca del centro de Ubud. Nos miramos sabiendo que estábamos de acuerdo sin haber hablado siquiera del qué, como de costumbre. Nos encantó la paz del lugar, la belleza del paisaje, lo idílico del retiro —sin estar tan retirado—. Son solo dos kilómetros desde el centro de Ubud. Tan pocos, pero en realidad iban a ser tantos. Entre los arrozales veíamos nombres de hoteles, villas y homestays. Los apuntamos a vuelapluma, sin valorar lo asequibles que pudieran ser para nuestro maltrecho presupuesto viajero. Un nuevo alojamiento para recordar Buscando disponibilidad y precios por la zona, encontramos varios que se ajustaban a lo que buscábamos. Eran buenos, muy bonitos y bastante baratos. Nos quedamos con el hotel DLobong Suite, el que parecía más nuevo y cuidado, que coincidía con el que tenía mejores vistas — según las siempre arbitrarias fotografías de Booking—. Conscientes de lo complejo de volver a la ciudad una vez allí, decidimos que no volveríamos, que nos quedaríamos en nuestro retiro. Al menos hoy. Por eso nos hemos aprovisionado bien de buena mañana: pan, galletas, aguacates, tomates, queso y mucha cerveza. Nos hemos montado un banquete con los arrozales como telón de fondo. El vino salía muy caro, así que escogimos la oferta en cerveza de nuestro establecimiento favorito de la isla: compra tres birras y llévate una gratis. Es el único sitio de Bali en el que hemos visto chollos así. Por eso el dependiente ya nos conoce las caras y sonríe cuando, otro día más, volvemos a reincidir. Deberíamos pedirle tarjeta de fidelización. Buscando taxi, decidimos caminar El único problema —como siempre en Bali— ha sido desplazarnos. Hacer dos kilómetros andando no es una utopía. Ha habido días durante el viaje en que hemos caminado casi una veintena. Pero sí lo era andarlos con las dos mochilas grandes, las dos pequeñas y las bolsas de la compra. No hemos conseguido un Grab ni un Gojek (las Uber de Bali), porque ningún conductor ha querido arriesgarse a entrar en la zona conflictiva —el centro de Ubud es coto vedado para los taxistas locales— para una carrera tan corta. Así que nos ha tocado salir a la carretera. Tratábamos de buscar uno de los taxis azules de la compañía Bluebird, la única aparentemente honrada y con taxímetro. Pero no hemos encontrado ninguno. Le hemos preguntado entonces a uno de los muchísimos taxistas que ofrecen sus servicios cartelito en mano en medio de la calle. Le hemos enseñado el hotel en el mapa, remarcándole que eran menos de dos kilómetros. “Uy, muy lejos, hay que ir recto un rato y luego a la izquierda”, ha empezado. Y entonces, el disparate: “Muy barato, os llevo por 150.000 rupias”. Lo que equivale a unos 10 €. Nos hemos girado y hemos seguido caminando, mientras, entre risas, rebajaba un poco la oferta: “De acuerdo, 100.000”. Seguía siendo un disparate. El precio justo, el que nunca habríamos podido conseguir, era de 30.000 rupias a lo sumo. Una estampa ridícula Visto lo visto, hemos decidido aventurarnos a caminar. El calor no es tan intenso todavía en Bali, y quizás por eso nos hemos animado. Para llegar al hotel teníamos que caminar una calle de las principales, con aceras, y luego pasar a una carretera de dos carriles muy estrecha en la que los peatones no son bienvenidos. Nos ha dado igual, nosotros, con nuestras cuatro mochilas y nuestras bolsas de la compra, preferíamos el sacrificio de cuarenta minutos andando que la estafa de un estafador que se cree capaz de estafarnos. La estampa era ridícula. Nos cruzaban constantemente coches y motos, a los que era fácil adivinar una media sonrisa de asombro al vernos. Hemos hecho un par de paradas, hemos seguido caminando, hemos encarado una cuesta enorme que ha acabado de empaparnos las camisetas de sudor. Entonces encarábamos el último kilómetro de trayecto, cuando solo habíamos recorrido uno. La mitad del recorrido por delante y nosotros al borde de arrastrarnos y claudicar. Dos ángeles montados en moto En estas, han aparecido una chica y un chico en moto. A ella la había visto mirarnos con cara de compasión, como solidarizándose con nosotros. Le había adivinado la expresión, porque resulta que le había dicho a su compañero de viaje que dieran la vuelta para llegar hasta nosotros. Se ha parado al lado nuestro y nos ha preguntado que dónde íbamos. Le hemos dicho que nuestro alojamiento estaba un kilómetro por delante. “¡Un kilómetro! ¿Cómo pretendéis ir así, con todo eso?”, se ha exaltado. Se ha visto un poco reflejada en nosotros: “Nosotros también viajamos así”. ¿Qué será así? ¿Dando pena? Creemos que se refería a las mochilas y a buscar el ahorro todo lo posible. “Os llevamos”, ha