De Ubud a Sanur | Día 12

Bali, tan rodeada de costa, no presume sin embargo de las mejores playas del mundo. Ni siquiera de las mejores playas del país. La imagen de la playa paradisíaca de agua cristalina, de arena blanca finísima, es una asociación incorrecta. Las playas de Bali son salvajes, rocosas, con un oleaje perfecto para los surfistas pero desaconsejable para los bañistas. El objetivo del cambio de Ubud a Sanur, pues, no iba a ser buscarle a Bali sus mejores playas. Porque no hay que venir a Bali con la pretensión de encontrar la mejor playa. Para eso hay que darse un respiro de Bali —¿darse un respiro de Bali?— y visitar alguna de sus islas vecinas. Especialmente las Gili, tres pequeños islotes a los que se llega en un par de horas de barco. Son lugares solo aptos para los entusiastas de la playa, porque es todo lo que hay que hacer. Como de nosotros dos solo una entra en esa categoría, y el otro es del equipo contrario, lo de las Gili lo dejaremos para otra ocasión. Ya disfrutamos de dos días geniales en la arena de las Kapas, cubriendo el expediente playero. La conveniencia de Sanur para el final de Bali Por eso en Bali hemos evitado las ciudades costeras. Solo al principio nos quedamos en Kuta, por céntrica y cercana al aeropuerto, donde los australianos han convertido la ciudad en su gueto para surfear. Desde esos dos días hemos transitado el interior de la isla, donde están todos los templos, los arrozales, las cascadas, los lagos, los palacios y Ubud. Nuestro único contacto con el agua fue en la piscina de nuestro alojamiento de Tanah Lot, en el De Moksha Eco Friendly Boutique Resort. Pero los dos últimos días en Bali los vamos a dormir —que no pasar— en Sanur, otra ciudad playera, muy cercana a Denpasar, capital de la isla y donde está el aeropuerto. De nuevo, la elección costera es pura conveniencia. Nos va bien para tomar mañana el barco de nuestra excursión a Nusa Penida, porque desde el puerto de aquí salen los botes, y está a muy poca distancia del aeropuerto, al que tendremos que trasladarnos dentro de dos días para despegar rumbo a nuestro nuevo destino. Nuevo dolor de cabeza para moverse de Ubud a Sanur Por poco no seguimos alojados en Ubud, de hecho. Nos gusta tanto Ubud que estábamos dispuestos a sacrificar unos cuantos euros por ella. El alojamiento nos habría costado más y también la excursión de mañana, porque debíamos incluir un transfer carísimo hasta el puerto. Al final venció la razón sobre el corazón. Nos hemos despedido con pena del hermoso retiro de nuestros dos últimos días, del DLobong Suite, donde hemos sido los únicos ocupantes del hotel durante las dos noches. Nos ha tocado volver a batallar el transporte para llegar de Ubud a Sanur. Será lo único que no echemos de menos de Bali: lo complejo de moverse de un sitio a otro. Aquí en Sanur hemos vuelto a las homestay balinesas, en el alojamiento Buyan Homestay. Dejando de lado los súper resorts y complejos hoteleros que no nos podemos permitir —cada día—, nos parece que las homestay son los alojamientos perfectos en Bali. Porque te mantienen en contacto con la cultura local. Encima, son baratos, están siempre limpios e incluyen unos desayunos riquísimos. La cena callejera en Sanur Desde nuestro homestay hemos ultimado detalles de lo que está en curso y de lo que ha de venir y luego, ya por la tarde, hemos salido a pasear un poco Sanur. Mañana no nos dará tiempo a ver nada y habría sido feo no verle la cara, aunque fuera de perfil, a la ciudad que nos va a alojar estas dos noches. Además, teníamos que comer algo. Así que nos hemos encaminado en dirección al mar, que no hemos visto. Era una calle antes donde estaban todos los restaurantes, así que el mar tendrá que esperar a mañana. En el warung Little Bird hemos vuelto a insistir con el nasi goreng, nuestro plato preferido indonesio. Tan simple pero tan rico: arroz, huevo, algunas verduritas y pollo. La comida, como siempre en Bali, maridada con buen zumo de frutas. Después hemos buscado el postre en un pequeño mercado de comida callejero de quita y pon que cada tarde abre a eso de las 17.00 h, el Sindhu Night Market. En uno de los puestos nos hemos decidido a probar algo que ya habíamos visto antes: una suerte de panes de molde rellenos de dulce. Un cruce aproximado entre un waffle y un pancake, pero con pan de molde, que hemos rellenado de vainilla y arándanos. Una delicia llena de azúcar que ha servido para cerrar el día de la manera más edulcorada.