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Nusa Penida, la vecina salvaje de Bali | Día 13

Kelingking Beach en la isla de Nusa Penida, cerca de Bali

Hacía tiempo que uno de nosotros tenía marcada con una chincheta enorme Nusa Penida. La culpa era de una foto, la de una playa que dibujaba caprichosa una silueta de dinosaurio en su contorno. La imagen, tan surrealista, tan imposible, era de verdad. Sin saber en qué punto del mundo estaba ese lugar, él se propuso que tenía que conocerlo. Más tarde se enteró que esa playa, con forma de sátira a nuestros primeros antepasados, estaba en una isla al lado de Bali, en Nusa Penida. Y cuando Bali entró en el itinerario de viaje de Cultura Nómada por Asia, la playa con forma de dinosaurio se convirtió en el punto a visitar. Bueno, en uno de ellos. No ha sido hasta el penúltimo día de nuestras dos semanas de vida balinesa que por fin pudimos —pudo— certificar que esa foto increíble está tomada en un lugar de verdad, en uno de los espacios naturales más caprichosamente tallados por la naturaleza. Nusa Penida, en el mapa gracias a la viralidad Llegar a Nusa Penida no es sencillo. Hoy lo es más que ayer, pero menos que mañana. La mencionada foto se ha convertido en un fenómeno viral: se ha compartido, se ha difundido, se ha comentado, se ha anhelado. Lo que hace tres años no entraba en la Lonely Planet de Bali —porque no menciona la playa, siquiera— es ahora uno de los spots preferidos de Bali, sin estar en Bali, de la generación de Instagram. Somos producto de nuestras aspiraciones fotográficas. Seguro que la nueva edición de la Lonely Planet de Bali no solo menciona la playa, sino que la sitúa como uno de sus sitios destacados. Las preferencias y las prioridades, en lo que a viajes se refiere, ya no las marcan las guías, sino Instagram. Porque de no ser por la aplicación nadie se hubiera enterado que Kelingking Beach, que es como se llama la playa, existe. Y Nusa Penida seguiría siendo un lugar remoto al que solo se aventurarían los aventureros de verdad, los que no necesitan de imágenes virales para saber qué lugares explorar. Cómo visitar Nusa Penida sin perderse en el intento Para facilitarnos las cosas contratamos una excursión con una agencia. Y como nosotros, otras doscientas personas. La agencia ha llenado a las 08.00 h de la mañana dos barcos de casi un centenar de personas cada uno. Y otra decena de barcos salían igual de llenos a esa misma hora con destino Nusa Penida desde el puerto de Sanur, en Bali. A la isla la agitan cada mañana los 2.000 o 3.000 curiosos que vienen a conocerla. De normal, ya por la tarde-noche, Nusa Penida tiene unos 50.000 habitantes dispersos en su enorme diámetro. Apenas hay dos o tres concentraciones de población con un par de calles que podrían aspirar a la denominación de pueblo. Para subirse al barco hay que mojarse las piernas. Atraca a diez metros de distancia de tierra firme. Hay que remangarse los pantalones, subirse bien la mochila, quitarse los zapatos y dejar que los operarios de la empresa te ayuden a sortear las piedras que hay hasta la playa. Una vez arriba, hay que esperar a que la embarcación se llene. El oleaje es leve pero molesto, la nave se mece sin encanto, provocando un pequeño mareo. El trayecto entre Sanur, en Bali, y el puerto de Nusa Penida es de una media hora en un barco rápido. Según el día la travesía puede resultar una pesadilla. No queremos imaginarnos cómo será con mal tiempo, porque con buen tiempo, hoy, ha sido incómoda. Al salir de Bali y acelerar, el barco ha empezado a dar unos saltos enormes. Saltaba y acuatizaba, y así todo el rato. Nos hemos equivocado sentándonos delante, porque sentíamos cada uno de los botes con una intensidad mayor que en la parte trasera. Llegada a la isla A la media hora, por fin hemos llegado a Nusa Penida. El aspecto a lo lejos es el de un islote enorme abandonado, devorado por la vegetación. En el muelle nos esperaban no menos de cincuenta coches a todos los que veníamos en los dos barcos. Eran todos del mismo modelo de una marca japonesa, la mitad blancos y la mitad negros. Nada de todoterrenos, que sería el coche adecuado para circular las impracticables carreteras, caminos y sendas de la isla; eran coches familiares, hechos para que en cada uno de ellos entráramos cinco además del conductor. Un indonesio con aspecto despreocupado y risueño, con sus tres frases en inglés bien entrenadas, nos esperaba con un cartelito en la mano donde se leían nuestros nombres. Durante todo el día no se ha quitado sus gafas de antiguo aspirante a matón y sus auriculares, en los que debía escuchar la misma pésima selección musical con la que nos ha amargado toda la excursión. En su playlist cabía todo: un remix muy hortera de Despacito, música tradicional balinesa o los últimos éxitos poperos y chumba chumba. Aparte de eso era un chaval simpático, que ha querido saber de dónde éramos y que conducía como si conociera todas las curvas de la isla al milímetro. La primera parada, Kelingking Beach La experiencia con el tour ha sido como con todos los tours: insatisfactoria. Porque no es nuestro estilo de viaje. Porque te resta libertad y te obliga a ajustarte a lo establecido y a tus compañeros de excursión. Dos chicas y un chico de origen chino nos acompañaban. Hablaban entre ellos a ratos en mandarín y a ratos en inglés con acento australiano. Eran seguramente aussies, aunque no sabríamos adivinarles el parentesco que les unía. La primera parada ha sido Kelingking Beach, la playa del dinosaurio. Esto después de media hora de conducción agresiva por unas carreteras lamentables, a ratos asfaltadas a ratos de tierra. No queremos imaginarnos cómo debían ser esos caminos cuando la playa todavía no era viral; quizás no era viral justamente porque no había camino por el que acceder a ella. El caso es