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El día más largo hasta Yangón | Día 1

Las calles de la ciudad de Yangón, en Myanmar, con carteles en birmano

Pues resulta que estamos en Yangón, la antigua capital de Myanmar. En el país de la región con el presente inmediato más revuelto socialmente. El que se recupera de una dictadura militar que lo mantuvo descolocado, apartado del resto del mundo, hasta hace menos de una década. Donde ahora gobierna una Nobel de la paz que no comulga con el honor: su partido persigue a una minoría musulmana, los rohingya, que se está viendo obligada a emigrar a la vecina Bangladesh. Conflictos y problemas al margen, Myanmar es el destino menos popular del Sudeste Asiático. En el que los viajeros menos reparaban. Pero la tendencia empezó a cambiar recientemente y se ha convertido en un destino de moda, por su enorme abanico de cosas que conocer y visitar, y por estar menos explotado —y por lo tanto resultar más auténtico— que sus vecinos Tailandia, Vietnam, Camboya o Indonesia. Parada obligatoria en nuestra ruta por el Sudeste Asiático Myanmar era unas de las paradas seguras de nuestro viaje. No sabíamos en qué momento ni por cuánto tiempo, pero iba a acabar formando parte de nuestra ruta. Nos llamaba la atención su carácter más desconocido, su personalidad particular, su historia controvertida. Cuando últimamente empezábamos a hacer cuentas de los días que nos quedan de viaje y los sitios que nos faltan por visitar en la región nos tocó empezar a priorizar. Myanmar estaba en lo alto de la lista, así que decidimos aterrizar en él cuanto antes. Desde Bali el vuelo no era el más barato. Nos habría salido mejor acabar Indonesia en Yakarta, como era en principio el plan. Pero el plan lo torció Bali obligándonos a disfrutarla tanto tiempo, teniendo que obviar el resto de Indonesia. Nuestro cuadro indonesio quedó tan incompleto como, esperemos, completo quedará el de Myanmar. Porque aquí queremos recorrer cuanto más mejor. Pero sin prisa. Quizás tres semanas, quizás más, quizás menos. Yangón, la puerta de entrada a Myanmar El país es muy largo y las infraestructuras todavía pobres. Por eso moverse no va a ser sencillo. Tampoco fue sencilla la noche de ayer ni el día de hoy. Salimos de Bali de madrugada, a las 01.00 h, llegamos a Kuala Lumpur a eso de las 04.00 h. Antes, cenamos un pollo con arroz y nos aguantamos el pis para no molestar a nuestra compañera de fila, tan dormida a esas horas. En el aeropuerto de Kuala Lumpur, que ya habíamos transitado en el viaje dos veces, buscamos un lugar en el que dormitar un rato. El vuelo hasta Yangón, la antigua capital de Myanmar —pero todavía ciudad más importante—, no ha salido hasta las 09.00 h. Hemos encontrado unos bancos en los que nos hemos estirado un rato hasta que en esa puerta se ha anunciado un vuelo a Bangalore, una ciudad del sur de la India. Los alrededores se han llenado de indios, tan invasivos como los recordábamos, que nos han impedido dormir más. Hemos encontrado un sitio apartado de los indios, de la luz y del frío aire acondicionado. Allí hemos cerrado los ojos hasta dormirnos una horita más. No podíamos estirar la siesta más: había que buscar nuestra puerta y abordar. El vuelo hasta Yangón, medio vacío, ya era indicativo de que Myanmar no iba a estar tan atestado de turistas como Bali. Vuelo plácido con desayuno para olvidar: arroz con huevo y gambas con una salsa pesadísima. ¿A quién se le habrá ocurrido ese menú? ¿Cómo nos hemos atrevido a comerlo? Hemos llegado, hemos retrasado una hora y media el reloj, nos hemos duchado, hemos salido a empaparnos un poco de realidad birmana y hemos hibernado en el hostal. Yangón, de primeras, es una ciudad llena de tráfico, poco sugerente en su contorno pero con un extraño interés. Está viva, se siente agitada y movida. Mañana la seguiremos descubriendo.