En bus de Yangón a Mandalay | Día 4

Si se traza una línea recta desde Yangón en dirección norte, uno encuentra primero Naipyidó, la nueva capital ministerial del país, a unas cinco horas de bus; y luego, cuatro horas más tarde, Mandalay. La línea recta dibujada tiene forma de autopista, a la birmana. Dos carriles por sentido y un asfalto moderadamente irregular. Casi no pasan coches. Si acaso, autobuses, que parecen el medio de transporte preferido por todos, locales y extranjeros. Son autobuses amplios, con aspecto nuevo, con asientos muy reclinables. Y como nuestro bus de Yangón a Mandalay, son relativamente económicos: unos 11 €. Un país rural y budista Myanmar parece que está en modo prueba y error, sobre todo en lo que al turismo se refiere. Se está modernizando en todo, pero sin perder el carácter que la define: apegada al budismo y a la ruralidad. Quitando Yangón, tan ajetreada, intentando resultar mundana, el resto del país vive en el campo. Eso es Myanmar en su enorme autopista principal, la que cruza las tres principales ciudades: solo campo. A un lado y al otro, extensiones inacabables de verde y marrón, a ratos con más vegetación y casi siempre con menos. Y salpicadas, retiradas de todo lo demás, casitas. Que no forman siquiera un pueblo porque a duras penas juntas tres edificios. No hay manera de desviarse en la autopista, no hay salidas ni retornos, ni siquiera curvas, todo norte. El bus de Yangón a Mandalay es una aburrida sucesión de kilómetros. Mandalay no es lo que su nombre evoca De repente el monzón se pone a lanzar piedra de manera violenta. La granizada dura diez minutos en los que parece que el mundo no vaya a seguir. Y luego, la calma. El cielo se despeja e intuyes que fuera el calor sigue siendo abrasador. Le subimos un punto al aire acondicionado porque nos da bochorno de pensarlo. El bus de Yangón a Mandalay para dos veces. Las estaciones de servicio son una rara mezcla de puestecitos de comida y restaurantes bien. Compramos unas palomitas con sabor a caramelo. Ya tenemos alimento favorito en Myanmar. Un niño nos persigue intentando vendernos huevos de codorniz. “No, thank you. No, thank you”, nos imita, burlándose de nuestras negaciones. Nos dice hola en birmano —“Mingalabar”—, y le contestamos en español: “Hola, hola”. Se le dan bien los idiomas, también nos imita hablando en castellano: “Hola, hola”. Las nueve horas se pasan rápido después de las dos paradas y las muchas siestas. Mandalay, ya de cerca, es una ciudad fea. Y eso que su nombre, tan evocador, tan sugerente, invita a fantasear con maravillas por conocer y lugares por descubrir. Está, en cambio, diseñada con escuadra y cartabón. Todas las calles son iguales, avenidas larguísimas sin el menor encanto. La estación de autobuses de Mandalay es polvorienta y arenosa, casi te invita a subirte en el bus de nuevo y pedirle al conductor que siga manejando hasta la Mandalay que su nombre evoca. Nada es como uno espera. Ni tampoco las primeras impresiones son las acertadas. A Mandalay habrá que darle chance de día, aunque no sabemos. La previsión avisa de cuarenta grados. Y el aire de la habitación lanza fuego. Llegó la hora de sudar.