Visitar Mandalay, qué sofoco | Día 5

Hay días en que es mejor tomarse un respiro y no tentar al desmayo. La mínima en Mandalay estos días es de veintinueve grados —a las 04.00 h de la mañana—. Es difícil escoger cuándo salir a la calle. Muy de mañana el sol ya caliente con fuerza. Los 32 grados de las 08.00 h son solo un aviso de lo que ha de venir. A esa hora, en cualquier caso, todavía roncamos. Bueno, el que ronca de los dos. La otra respira fuerte. Hay que planificar bien cómo y a qué hora visitar Mandalay. El desayuno en nuestro alojamiento de Mandalay —un hostal con un pub irlandés en la azotea— tiene una horquilla horaria tan amplia como escasa es la variedad alimentaria que ofrece. Uno puede desayunar entre las 06.00 h y las 11.00 h. Abarca un espectro viajero enorme: desde el madrugador aficionado de los amaneceres hasta el fiestero que todavía anda resacoso a las tantas. El hostal de Mandalay en el que tomar cerveza y ver fútbol No somos ni de un equipo ni del otro. Lo de madrugar (tanto) lo llevamos regular. La ocasión tiene que ser muy especial o el motivo de fuerza mayor. En la India nos acostumbramos a levantarnos muy pronto de manera habitual por obligación de los incómodos horarios de los trenes. Pero desde entonces nos lo tomamos con calma: nunca antes de las 08.00 h. Hoy hemos bajado a desayunar a las 10.00 h y éramos los únicos. El hotel es un alojamiento lleno de pretensiones. Tiene unas instalaciones fantásticas, un montón de trabajadores, un pub con unas pantallas enormes para tomar cerveza y ver el fútbol y unas habitaciones muy cómodas. El único problema es que está en Mandalay. A duras penas nos cruzamos con más huéspedes en el hotel, ni con otros turistas por la calle. Será por la temporada baja que pocos se animan a visitar Mandalay. Lo que hay que visitar en Mandalay está fuera de la ciudad En realidad, Mandalay tiene poco que ofrecer. Otrora capital del país, ahora es la segunda ciudad en importancia de Myanmar. Es enorme en extensión. Inabarcable caminando. El mapa de Google es engañoso: lo que parece que está a dos calles está en realidad a media hora andando. Y nos gusta andar las ciudades, pero con la mitad de grados de los que hay en Mandalay. A partir de la hora habitual de salir a turistear, pongamos las 11.00 h, la cosa se pone imposible: 36, 37, 39 y hasta 40 grados a eso de las 15.00 h. Quizás si contáramos los días que nos quedan para acabar el viaje la cosa sería distinta, correríamos a callejear. O no. Porque hay poco que callejear y visitar en Mandalay. Cuadrículas imperfectas se concatenan en una copia destartalada del Eixample barcelonés. Su único interés son tres pagodas, entre las que hay muchos kilómetros de distancia. Y como de pagodas y templos nos vamos a aburrir en Myanmar, los de Mandalay nos los hemos saltado. La pizza y la cerveza de la ciudad, más que correctas Se comenta que la ciudad tiene una bonita vista al atardecer desde una colina a la que hay que llegar caminando descalzo cuarenta minutos. Tendremos que creerlo, porque no hemos podido comprobarlo. La idea de los cuarenta minutos descalzos a pleno sol era un no-no absoluto. En lugar de eso hemos decidido practicar una actividad mucho más placentera: comer. Bueno, y beber cerveza. La pizza del restaurante Central Park’s Pizza de Mandalay está más que correcta. Y su cerveza, baratísima. Mañana ya sí será momento de probar la comida local, y seguir con la cerveza autóctona. Lo bonito de Mandalay no está en Mandalay, está en sus afueras. Y eso es lo que queremos ver mañana. Si no nos sofocamos de camino. Ahora nos arrepentimos de no haber comprado en China uno de esos ventiladores portables minúsculos. Con inventos así se entiende que vayan a controlar el mundo a su antojo.