La Hsinbyume Pagoda y el puente U-Bein | Día 6

Hoy ya sí. Hoy tocaba, por fin, un poquito de ajetreo. Después del bus larguísimo de anteayer, y la jornada transitoria de ayer, en el tercer día salimos a ver Mandalay. Bueno, Mandalay la hemos visto en realidad a vuelapluma desde el tuk-tuk. Porque sí, aquí hay tuk-tuks y nos hemos vuelto a sentir como en la India, tan pegados al tráfico, tan al borde del colapso. En realidad hemos madrugado para conocer los alrededores de Mandalay, primero la Hsinbyume Pagoda y luego el puente U-Bein. Ha tocado madrugar para llegar a tiempo, a las 09.00 h de la mañana, a tomar el ferri que nos iba a transportar a Mingun, una ciudad cercana a la que se llega cruzando el río Irawady. Porque como decíamos ayer, a Mandalay se viene para ver lo que no está en Mandalay. En ferri hasta Mingun, donde está la Hsinbyume Pagoda El ferri público, el único barato (5.000 kyats por persona por ir y volver, el equivalente a unos 3 €), parte una vez al día y vuelve una vez al día. “Si no llegáis a las 12.30 h para tomar el barco de vuelta a Mandalay no os vamos a esperar. Y luego tendréis que negociar un bote privado por muchísimo dinero”, nos avisaba el jefe, que parecía curtido en mil batallas. Éramos una veintena de turistas. Se escuchaba español, portugués, hebreo, alemán, inglés y francés. En la azotea del bote había acomodadas una treintena de sillas de plástico y cuatro o cinco de madera. Sillas de quita y pon, que uno podía mover a su antojo para alejarse del sol o acercarse a la barandilla y sentir un poco más el viento. Un viento que a esa hora era un placebo aceptable contra el calor sofocante pero que más tarde, ya de vuelta, era puro fuego. Mingun es un pueblito sin más chiste que un conjunto de pagodas y edificios religiosos. Pero aquí se respira aire aldeano. La gente te sonríe al pasar por tu lado, sin quererte molestar. Y eso que en la calle principal larguísima, la que tienes que seguir para conocer los tres monumentos de Mingun, está abarrotada de puestitos de recuerdos, regalos, refrescos y refrigerios. Todo montado para una avalancha de turistas que no es tal. ¿Cuánta gente puede llegar aquí al día? ¿Cien? ¿Doscientas? El objetivo: la foto en el templo blanco, en la Hsinbyume Pagoda La mayoría de los turistas, como los que íbamos en el barco, vamos a tiro fijo: foto en la Hsinbyume Pagoda, foto en la pagoda que nunca se construyó, foto a la campana que se reivindica como la segunda más grande del mundo y listos. Ni venimos a comer ni mucho menos a hacer noche. Pese a todo, el chiste de Mingun tiene su gracia. Sobre todo esa pagoda blanca, la Hsinbyume Pagoda, que es como la famosa de turno: mucho más guapa en las fotos que en la vida real. Y pese a todo, sin duda guapa en la vida real. Hemos llegado a tiempo a nuestro barco de vuelta y nos hemos asegurado uno de los sitios VIP en las sillas de madera. “¿Son más cómodas que las de plástico?”, nos ha preguntado una chica de Israel, echándole el ojo a otra de las sillas de madera que todavía había libres. Le hemos dicho que sí y ha corrido a acomodarse para la siesta. Ver esta publicación en Instagram Una publicación compartida por Cultura Nómada (@cultura.nomada) El almuerzo más recomendable de Mandalay Ya de vuelta en Mandalay hemos tomado un tuk tuk para ir a comer al sitio más recomendado de la ciudad. Todos coinciden: Alan, la Lonely Planet, Google Maps y Maps.me. Y no se equivocaban. El sitio, que se llama Shan Ma Ma, sirve unas porciones muy generosas de comida local riquísima. Y muy barata. Hemos comido hasta reventar por menos de 8 €. Eran las 15.00 h y el sol abrasaba. Tocaba ir al hotel para evitar que las horas más calientes nos pillaran en la calle. La siesta ha sido intermitente por culpa del enésimo corte de luz. Es algo habitual en Myanmar. Tanto que la mayoría de hoteles tienen generadores de electricidad que saltan al medio minuto exacto del corte. El puente U-Bein, última visita en Mandalay Hemos despedido Mandalay fuera de Mandalay, como no podía ser de otra manera. En otro de sus pueblitos cercanos, en Amarapura, se encuentra el puente de madera de teca más largo del mundo: el puente U-Bein. Más de un kilómetro de puente en el que para cada atardecer se congregan turistas y locales. El lugar, pese a lo abarrotado, tiene su encanto. Aunque molesta lo extremadamente sucio que está. Es, en cualquier caso, divertido de fotografiar. En especial por la enorme cantidad de monjes que lo pasean de un lado a otro. De vuelta a Mandalay, donde no existen los semáforos, la avenida principal se ilumina de noche con luces de neón. Te crees que estás en Tokyo. Entonces el conductor del tuk-tuk gira hacia la calle del hotel: fundido a negro. Toca encender la linterna del móvil. Estás en Mandalay.