Primera etapa del trekking a Inle | Día 12

Como vamos alternando el ahorro con pequeñas licencias de confort, decidimos darnos un poquito de cal y otro poquito de arena en esta parte del viaje por Myanmar. Después de Yangón, su ciudad más importante, Mandalay y sus alrededores y la majestuosa Bagan, era momento de encaminarnos hacia el lago Inle. Y nunca mejor dicho. Para llegar, la mayoría de los que visitamos el país decidimos contratar un trekking a Inle con guía desde la más o menos cercana ciudad de Kalaw. Desde ahí, en dos o tres días —según tu ánimo por hacer camino al andar— se llega a Inle. Nosotros escogimos hacerlo en dos días, que es la versión light del trekking a Inle, la menos acostumbrada pero la más indicada para dos especímenes como nosotros, a los que el ejercicio que mejor se les da es empinar el codo para beber cerveza. Compartiendo trekking a Inle con Tan y un grupo de mochileros Para que la cosa salga económica hay que compartir el paseo con más gente. Con unos perfectos desconocidos. La tesitura era compleja, pues el grupo con el que íbamos a llegar hasta el lago había partido un día antes, porque ellos sí se habían atrevido con el trekking a Inle tradicional de tres días. Eso implicaba que estaban ya rodados, y tendríamos que adecuarnos a su ritmo, y que estarían amistados. Lo que no sabíamos es que el grupo, muy heterogéneo en procedencias, se había juntado a propósito unos días antes para que la cosa les saliera también económica. La mayoría viajaban solos, pero se habían juntado para la ocasión y les unía, incluso, un grupo de WhatsApp. Que son palabras mayores. En este contexto hemos aterrizado nosotros. A las 08.30 h salíamos de Kalaw en moto hasta el punto de encuentro, un pueblito en el que hemos esperado un rato a nuestros compañeros de aventura. Ha llegado Tan, nuestro guía, un tipo entusiasta y risueño, buen conversador y perfecto explicador de la realidad birmana. Tan tiene gafas y es menudo, como la mayoría de sus compatriotas. A ratos se pone a cantar y le gusta hacer infinidad de paradas. “Cada semana hago un tour”, nos cuenta. Se debe saber ya todos los misterios de la caminata, y cómo hacérnoslo más sencillo a los que la hacemos. Detrás de él venían los ocho compañeros de trekking a Inle. Cuatro chicas, cuatro chicos. Una alemana, dos holandesas, una británica, un neozelandés, un australiano y dos británicos. En esa amalgama tan anglosajona, y también un poco europea, aparecíamos nosotros como elementos distorsionadores con nuestro inglés con acento latino. Todos han sido muy majos y nos han tratado de integrar rápido. Entonces no sabíamos todavía que su historia venía de lejos y creíamos que solo llevaban un día de accidental relación amistosa. Su compadreo y las bromas, sin embargo, nos han puesto sobre la pista que luego hemos confirmado. Vida rural en el campo birmano El primer tramo del paseo ha sido cómodo. Un poco subida y bajada, pero básicamente cómodo. Nos cuentan los chicos que lo de ayer fue hasta aburrido, porque solo atravesaron bosques y las vistas eran poco interesantes. Parece que hemos acertado: el escenario de hoy mejora un mucho al de ayer. Caminamos por senderos dibujados en medio de enormes campos. A ratos pasamos entre valles y rodeamos montañas. Empezamos a divisar vida rural. Los birmanos de la zona se protegen del sol con sombreros y nos saludan con el ‘hola’ de aquí: “Mingalaba”. Se sorprenden solo a medias de vernos. Saben que el trekking a Inle es una actividad que hacen muchos turistas a diario, y se les nota acostumbrados a la presencia de extranjeros. Eso no resta ni un poquito de sinceridad a su sonrisa ni de entusiasmo a su saludo. Les devolvemos el gesto esforzando el acento: “Mingalaba”. Paramos para hacer un descanso y tomar un té en un pueblito en el que nos recibe una mujer de fácil ochenta años que se gana la vida tejiendo. Historias birmanas en el trekking a Inle Tan, nuestro guía, nos explica que por cada prenda que hace gana unos 3.000 kyats (unos 2 €) y que tarda aproximadamente tres días en hacer cada una de las prendas. O vivir en el campo en Myanmar es muy barato o los números no salen. Lo cierto es que las casas son muy básicas, pero están bien acondicionadas. Algunas incluso tienen luz y la señal de teléfono llega con bastante intensidad. Todavía podemos consultar nuestro Instagram. Nos despedimos de la mujer y la dejamos tejiendo. Tan nos ha contado que pertenece a la etnia Pa-O, como otras 600.000 personas. Tienen su propia lengua y una historia revuelta. Myanmar es un país multiétnico, en el que habitan más de cien grupos de población distintos. En estas, nos aventuramos a preguntarle a Tan por el problema que hay en el país con una minoría musulmana, los rohingya. “El problema no tiene nada que ver con la religión”, nos explica. Básicamente, cuenta que son gente a la que incluso rechazan muchos musulmanes del país, que solo tratan de buscar la confrontación. Lo cierto es que desde fuera se percibe casi como una limpieza étnica. Tan nos cuenta que la realidad es mucho más compleja. Puede que su punto de vista sea sesgado, pero desde luego habla con mucha más propiedad y conocimiento de la situación. La falta de perspectiva, en cualquier caso, no ayuda para que su dictamen sea lo suficientemente justo. Ron Mandalay para despedir el día Cuando es la hora de comer, ya hambrientos, comemos. En otro pueblito estándar en el que se nota que están acostumbrados a servir el almuerzo a diario a grupos de mochileros. Con el paquete contratado en la agencia se incluyen las comidas, el guía, los traslados y el alojamiento, pero no las bebidas. En las casas nos cocinan, pero a cambio les pagamos las bebidas consumidas. Parece un trato justo. Con más ganas de siesta que de caminata, reemprendemos el