Naipyidó, la capital de Myanmar | Día 17

En la ruta turística habitual por cualquier país aparece siempre, en un momento o en otro, aunque sea solo de pasada, aunque sirva solo de puerta de acceso o salida, la capital. Eso no aplica a Myanmar, en realidad. Su reciente capital es desconocida por la mayoría, y visitada por casi nadie. Para los entendidos en geografía, los que saben decirte de carrerilla las capitales de todos los países, Myanmar representa un reto. Porque Yangón ya no ejerce la capitalidad como la hacía hasta 2005, por mucho que siga siendo la ciudad más importante y poblada. Naipyidó, la capital de Myanmar, es una ciudad nacida de la nada, parida de manera premeditada, bizarra e incomprensible como pocas. ¿Nadie la visita? Cultura Nómada sí, claro Y pese a todo, por mucho que nadie pase por ella —de hecho, ni la Lonely Planet la menciona en el apartado de Myanmar de su guía del Sudeste Asiático—, nosotros la íbamos a visitar. Lo sabíamos desde antes de llegar al país. Era, de hecho, parada prioritaria. Casi tanto como Bagan o Inle, a los que sí van todos los demás viajeros, los que presumen de juicio. Nosotros, a cambio, presumimos de querencia por lo singular. Naipyidó, la capital de Myanmar, es una ciudad muy rara, como hemos podido comprobar cuando hemos llegado. Tiene un halo extraño de ciudad misteriosa, que algún secreto esconde. Es complicado distinguir los bulos de las certezas cuando a ella se refieren. En especial en internet, donde se la ha elevado a lo más alto de las capitales sin sentido, por encima de Brasilia o Canberra, como otras muchas edificadas de cero para fortalecer el poder gubernamental —casi siempre autoritario—. Mañana será el día de explorar a fondo Naipyidó, la capital de Myanmar. Y también sus avenidas inmensas de veinte carriles —diez por dirección— sin coches. Las dimensiones vastísimas, la ausencia de casas, los hoteles de lujo, la enorme magnitud de los edificios parlamentarios. Naipyidó da para un reportaje a fondo. Nosotros solo podremos apuntar pinceladas de impresiones y confirmar, o refutar, lo leído sobre ella. La mini van de Inle a Naipyidó De momento sabemos que recordaremos a Naipyidó, la capital de Myanmar, como la responsable del peor trayecto de lo que llevamos en el país. De no haber sido por quererla conocer, en nuestra memoria viajera tendríamos almacenados esos comodísimos buses de la compañía JJ Express. Pero la compañía de marras, que sí opera buses desde y hasta Naipyidó, no tiene sin embargo la conexión que nosotros necesitábamos: Inle hasta aquí. Por eso tuvimos que explorar alternativas. La una, el bus de otra compañía, no nos acababa de convenir porque partía tarde, a las 11.00 h, y encima había que encontrar la manera de conectar con la ciudad de salida, a más de media hora de distancia de Inle. Así que optamos por la opción mini van. Era económico y directo. No esperábamos que la experiencia fuera tan desagradable. En una furgoneta más o menos grande hemos entrado dieciséis personas. Delante el conductor con una pareja de viejitos birmanos. Detrás, en una fila de tres asientos seguidos, justo al lado de la puerta, un chico israelí y dos birmanos. Sus lugares eran espaciosos y tenían ventanas a los dos lados. Detrás, tres australianos. A un lado dos, un pasillo al medio, y al otro lado otro. El que iba solo tenía espacio extra para las piernas. En la siguiente fila, con la misma disposición, una chica sola y otros dos chicos del otro lado, todos birmanos. Y en la fila trasera, la más estrecha, la más incómoda, la menos ventilada, cuatro asientos. Nosotros dos y dos chicos birmanos. Un trayecto para olvidar Al principio no nos sentíamos tan mal. El viaje se suponía más o menos corto, de unas seis horas, y el calor no resultaba agobiante. Parecía que sobreviviríamos sin aire acondicionado. Pero la cosa ha empezado a torcerse. La carretera nos ha empezado a recordar a las de Nepal: mal asfaltada, llena de baches, trozeada, irregular. Hemos empezado a dar saltos y el estómago nos ha recordado que acabábamos de desayunar —mucho—. Entonces se ha puesto a llover, a diluviar, y se han cerrado todas las vías de ventilación. El calor era asfixiante, el agobio era enorme. Hemos parado por suerte a descansar en un área de servicio y hemos podido respirar. La vuelta a la furgoneta ha sido como volver al infierno. Conforme avanzábamos dejábamos atrás el fresco de las montañas que rodean a Inle. Las dos últimas horas de trayecto han sido insufribles, estábamos deseando llegar y dejar atrás ese viaje insoportable. Una vez en Naipyidó, el sainete final Pero el viaje nos guardaba lo mejor para el final. En Naipyidó todo está alejadísimo de todo lo demás. No hay un centro como tal, ni una calle principal. Son sectores dispersos, ni siquiera barrios. El conductor, un birmano chulo, de peinado y pose hollywoodiense, tiene controlado el negocio de los extranjeros. Primero hemos dejado en las afueras, en lo que parecía una residencia universitaria, a dos de los birmanos. Han recogido sus maletas y se han ido. No era fácil imaginar fiestas universitarias en esas cuatro chabolas destartaladas. Luego, un cuarto de hora más tarde, hemos llegado a la primera de las estaciones de bus. Se han bajado dos chicos más, de los birmanos. Los demás no sabíamos qué seguía. Una horda de taxistas se ha acercado a la furgoneta tratando de repartirse la carroña de los extranjeros. Traemos el signo del dólar pintado en la frente. El conductor se ha bajado, ha entrado en unas oficinas, se ha fumado cuatro cigarros, le ha preguntado a la pareja de abuelitos y a la chica de delante dónde querían que los llevara. Entonces, nuestros compañeros viajeros le han enseñado la ubicación de su hotel, y nosotros la del nuestro. El conductor hablaba con los taxistas, discutía con ellos. Nosotros no sabíamos si seguíamos o nos quedábamos, si había más paradas o no. Estábamos a