Visitar Naipyidó, una experiencia viajera única | Día 18

Reconocemos que servidores, que ya somos un rato viajados, tendemos involuntariamente a comparar lugares. Tal sitio se parece a tal otro, y este tiene un aire a aquel. Es un reflejo inconsciente, una manera de procesar mejor lo desconocido, eso que tenemos ante nuestros ojos por primera vez. Buscando esas semejanzas empezamos a distinguir sus particularidades, las cosas que hacen a ese lugar único —pese a que nos pueda evocar a tantos otros—. Todo, siempre, desde la superficialidad forzada de las pocas horas que pasamos ahí. Con la capital de Myanmar, a la que llegamos ayer, la reminiscencia era clara. Visitar Naipyidó es como estar en Corea del Norte. Lo pensó una, que no ha estado, pero también el otro, que sí ha estado. Por su atmósfera misteriosa, por su silencio enigmático, por parecer todo una pantomima. Naipyidó no es una ciudad fantasma, pero casi Reminiscencias al margen, ya comprobadas ayer, Naipyidó no ha sido tanto lo que habíamos leído. Aunque más o menos. No es una ciudad fantasma, porque sí hay cosas, coches y personas. Muy esparcidas todas, por el diseño extensísimo de la ciudad. No hay epicentros ni núcleos ni corazón. Naipyidó fue diseñada a la fuerza con el propósito de ser dispersa. Nada en esta ciudad te indica que lo sea, a excepción de esas avenidas enormes de ocho carriles por dirección. Son megaconstrucciones incomprensibles, quizás atisbando un futuro en el que la ciudad tenga diez veces la población actual. Pero ni así se justifican esas calles inmensas, en las que a duras penas se juntan tres coches. Lo que más sorprende de visitar Naipyidó, entre la sorpresa continua, es la ausencia de edificios. ¿Dónde están las casas? ¿Dónde vive la gente? Porque gente, aunque no mucha, hay. Anoche vimos varios comensales en el restaurante Tai Kitchen en el que cenamos. Hoy hemos visto gente por la ciudad. Una moto (de verdad) para visitar Naipyidó Para poder desplazarse de un punto a otro hace falta un vehículo. Porque no sabemos si existe transporte público y la opción de caminar no es viable. Tampoco la de pedalear. Es gracioso ver que en la recepción del hotel hay aparcadas tres bicicletas que están a disposición de los clientes. Se pueden alquilar por 1.500 kyats la hora (un euro aproximadamente). Ni el más rápido de los ciclistas podría visitar la ciudad en un día. Antes desistiría abrasado por el calor y extenuado por las distancias. Contratar un conductor, ya sea de moto o coche, es otra opción. Carísima, claro. Y, por lo tanto, desestimada por nosotros. Así pues, solo quedaba una opción para visitar Naipyidó: alquilar una moto, en el mismo hotel, por 3.000 kyats la hora (2 €). Una moto de las de verdad, nada que ver con las motos eléctricas de juguete con las que recorrimos Bagan. Después de tres días de aquel entrenamiento, y pese a no haber conducido una moto en nuestras vidas, nos hemos visto con ánimos; en realidad nos hemos visto casi obligados: no nos quedaba otra. No era siquiera una moto automática, sino manual, a la que había que cambiarle las marchas. Siempre hay una primera vez para todo, y la primera vez para conducir una moto ha llegado a los 31 años en Naipyidó. Todo muy normal y muy correcto. Parada en la Uppasanti Pagoda El titular es que seguimos vivos y lo de la moto se nos ha dado mejor de lo esperado. Es verdad que la ausencia de tráfico ha ayudado. También que pudiéramos escoger entre diez carriles desiertos para conducir. Gracias a nuestra moto hemos podido pisar y recorrer la capital de Myanmar, y sobre todo divertirnos en ella. Es entretenidísimo encarar esas avenidas enormes sin coches, sin horizonte, sin final. Bueno, muy al final encuentras la salida o el desvío. Así hemos encontrado, después de casi media hora —treinta minutos sin tráfico ni un semáforo a casi cincuenta por hora—, la primera de las tres paradas de nuestra ruta por Naipyidó: la Uppasanti Pagoda. Es imperdible, en realidad, porque se ve desde cualquier punto de la ciudad. Su color dorado y sus dimensiones hacen de ella el elemento más reconocible de la capital birmana. Es una suerte de réplica a la moderna de la Shwedagon Pagoda de Yangón, el principal edificio religioso del país. Pero más allá del dorado no tiene nada que ver con ella. La una tiene cientos de años de antigüedad y esta, apenas un par de lustros. La de Yangón está tan llena de gente como esta vacía. Aquella parece tan mística y espiritual, tan auténtica, como esta impostada y forzada. Pese a todo, es realmente hermosa. Ver esta publicación en Instagram Una publicación compartida por Cultura Nómada (@cultura.nomada) Desoyendo a la autoridad por un par de buenas fotos Desde la Uppasanti Pagoda se ve toda la ciudad y se puede confirmar que no hay casas, solo carreteras y bosque. Es la formulación cosmopolita más extraña que hayamos visto. Y aquí vive un millón de personas, se comenta. Hemos seguido hasta la zona del Parlamento. Los edificios gubernamentales ocupan un área de terreno inmensa, pero están escondidos a ojos curiosos. No es posible acceder hasta ellos y se rodean de bosques. La carretera de enfrente es el motivo que nos trajo hasta aquí: veinte carriles, uno detrás de otro, dispuestos para ser ocupados por cientos de miles de coches —que no existen—. Por esta avenida de Naipyidó, teóricamente la principal, hay menos tráfico todavía que en el resto de la ciudad. El aspecto es desolador, postapocalíptico, impresionante. La hemos transitado hasta donde hemos podido. Una valla impedía el acceso a vehículos que no estuvieran autorizados. Detrás de esa valla, donde esa avenida loquísima continuaba, estaba el edificio principal del Parlamento. Hemos tratado de pararnos en medio y hacer un par de fotos, pero los policías, apostados a los dos extremos de la carretera, han empezado a pitar con su silbato, indicándonos que no podíamos hacer eso. Nos hemos saltado las indicaciones de la