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Good morning, Vietnam | Días 1 y 2

Las motos tomando Hanói, la capital de Vietnam

Cumplíamos cien días de viaje comprando el billete para nuestro nuevo destino, el sexto país de lo que va de ruta por Asia. Habíamos estado esperando a que nos confirmaran el visado y hasta el día anterior a partir no compramos el vuelo Yangón-Hanói. Como repetía Robin Williams en la peli homónima, había llegado el momento de gritar «Good morning, Vietnam!» Es el vuelo que hemos comprado con menos antelación en toda nuestra extensa historia viajera. En cualquier caso, nos salió muy bien de precio: 55 €. Las compañías low cost asiáticas son una imitación muy conseguida de las europeas. Son baratas, desde luego, pero nada cómodas. Las hay peores que otras y Vietjetair, con la que nos trasladamos hasta Hanói, se lleva de momento el premio a la incomodidad. Primero, de Naipyidó a Yangón El vuelo fue tardío y la mañana la empezábamos en una ciudad distinta a la que despegábamos. Desde la capital de Myanmar, Naipyidó, apenas hay vuelos y los que hay son carísimos. Por eso tenía más sentido el sinsentido de hacer seis horas de bus hasta Yangón y desde ahí volar hasta Vietnam. El trayecto en bus fue rodeado de birmanos, éramos los únicos turistas y por lo tanto el blanco de todas las miradas. Pero pudimos dormir plácidamente. Los buses comerciales de Myanmar son una opción magníficamente económica y cómoda de trasladarse entre los principales puntos de interés del país. Ya en la estación de buses de Yangón cambiábamos de modo de transporte, el segundo del día: un taxi nos llevaba hasta el aeropuerto. Ahí nos tocó esperar largo, el vuelo retrasó su partida casi una hora y tuvimos que encajarnos en el asiento más minúsculo de avión de la historia. Llegada nocturna a Hanói Pese a que el trayecto no duró más de una hora y media el viaje se hizo eterno. Entre el retraso, los asientos, la falta de entretenimiento… El vuelo fue una tortura. Aterrizamos a las 22.00 h pasadas en Hanói y tuvimos suerte: los trámites migratorios fueron ágiles y las mochilas aparecieron rápido. Con nuestro visado estampado y nuestras mochilas en la espalda salimos a ver la luna de Vietnam. Era de noche y nos tocó sortear al típico taxista que se creía que no teníamos el itinerario hasta el hotel estudiado. Tomamos un bus local por 1,20 € y en una media hora llegábamos hasta la parada más cercana al hotel, desde la que tuvimos que caminar diez minutos para desencantarnos con nuestro alojamiento: el Classy Boutique Hotel. El hotel que no es lo que parecía Habíamos reservado un hotel bien, económico pero más caro que cualquier hostal, con la idea de tener un aterrizaje en Hanói tranquilo y poder planear, cómodamente, las siguientes etapas de la ruta en Vietnam. Pero las fotos nos habían engañado, y también los comentarios. Lo que habíamos creído un hotelito nuevo y arreglado, cuidado y elegante, es en realidad un hospedaje cutre y desfasado, kitsch hasta el esperpento, con unos empleados sobreactuados y muy pesados. El hotel que en Booking tiene un diez es en realidad un cinco raspado. Nos metieron un gol, y nos gusta más marcarlos que recibirlos. Pese a todo, el hotel está más o menos limpio y el aire acondicionado funcionaba… hasta esta mañana. Dormimos bien pero nos hemos despertado enfurruñados. El aire no funcionaba más y se estaba mejor en la calle, con sensación térmica de 43 grados, que en la habitación. Ahora sí: ¡Good morning, Vietnam! El aire lo han arreglado más tarde, sí. Y le ha tocado pringar, con disculpas exageradas, a la recepcionista del segundo turno, que ha sabido explicarse bastante bien. De momento en Vietnam parece que nos perdemos en las conversaciones. En los dos sentidos: a ellos no les llegan bien nuestros mensajes y viceversa. Sin embargo, se nota que es un país acostumbrado al turista, que lo tiene interiorizado y lo utiliza, o ignora, según su conveniencia. Hanói de día mola todavía más que de noche Hanói en nuestro primer día, ayer por la noche, nos recibió con las luces apagándose. Hoy la hemos visto mejor, y nos ha encantado. Es de esas ciudades que nos gustan: ajetreadas, con personalidad, divertidas. La capital de Vietnam tiene más de seis millones de habitantes, y una población parecida de motos. Salen de todas las esquinas y se apoderan de las aceras. Hay que caminar por la carretera, porque el espacio que se supone habilitado para caminar lo ocupan miles de motos aparcadas. Hanói es un panal inmenso, en el que las motos son las abejas. Como venimos entrenados de la India, cruzar se nos complica menos. Pero no es sencillo. La norma es caminar con decisión y ellas, las motos, te sortean. No le hemos visto muchas cosas a Hanói de momento. Solo una parte de su barrio antiguo, lleno de edificios castigados por los años que le sienten fantásticamente. Lleno de cafés, de barecitos donde pedir una bia hoi —la caña vietnamita— y de todo tipo de restaurantes callejeros. Vietnam pinta bien porque la cerveza es muy barata y tienen su versión del bocadillo español: el banh mi. Hoy nos hemos comido dos, y nos hemos bebido seis cervezas. Este debía ser el acicate de Robin Williams para su «Good morning, Vietnam» todos los días. A la hora de la cena nos hemos salvado por los pelos. Hemos llegado justo a tiempo a la genial bocatería Banh Mi 25 cuando ha empezado a diluviar. Los bocadillos con la cerveza saben mejor con la lluvia de fondo. Después del primer chaparrón, al que le seguirían después varios más, el atardecer se mezclaba con las nubes para pintar al cielo de un naranja nuclear espectacular. Volvíamos al hotel con desgana. Hanói mola bastante, y el hotel no tanto. Al menos nos han arreglado el aire acondicionado y no sudaremos la gota gorda por la noche.