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Tam Coc, la Halong Bay terrestre | Día 6

Un pescador en uno de los lagos de Tam Coc, en Vietnam

Nuestra alternancia de hospedajes durante el viaje es digna de estudio: hoteles, resorts, hostales, guesthouses, homestays. Todo vale, siempre que sea asequible. El rango de precio por noche ha variado bastante. La horquilla está siendo amplia entre lo más barato —algún hostal miserable de la India en el que pagamos 2 € por noche cada uno— y lo más caro —la villa de Bali en la que nos sentimos como marajás por 40 € la noche—. Entre lo uno y lo otro ha estado, casi siempre, el término medio: los 15 € por noche. Un gasto asumible pero tan dispar. Por 22 € dormíamos anoche en una habitación doble de hostal pordiosera en Cat Ba. Hoy, por mucho menos, por esos 15 € promedio, nos estamos alojando en una habitación triple cuidada e impecable en Tam Coc. Qué rentables, pero también qué excesivos, resultan 15 € por noche. Eso sí, viajar por esta parte del mundo es definitivamente asequible. Sobre todo en comparación con Europa y Norteamérica, pero también con Sudamérica. A Tam Coc hemos llegado a media tarde en un bus turístico de una ruta que hace cinco años no debía existir. El trayecto entre Cat Ba, la isla desde la que conocimos Halong Bay, y Tam Coc, un poblado que está a dos horas en dirección sur de Hanói, solo podía hacerse de manera indirecta, pasando justamente por Hanói. La ruta de bus entre Cat Ba y Tam Coc Una empresa con muy buen ojo comercial se dio cuenta de cuáles eran las paradas tradicionales de la ruta mochilera por Vietnam. Si empezaban por arriba, como nosotros, Tam Coc siempre seguía a Halong Bay. Y por eso, debieron llegar a la conclusión de que montando un bus directo tenían negocio asegurado. Y tal cual. Pese a que no estamos en temporada alta, nuestro bus de las 09.00 h de la mañana iba a tope. Treinta mochileros que seguían el recorrido vietnamita tradicional y habían encontrado en ese bus la mejor de las soluciones para desplazarse. El bus era digno de un trayecto de media hora, no de uno de seis. Hemos cruzado en ferri quince minutos para salir de la isla, sin necesidad de bajarnos del bus, y hemos asistido a un sainete a la vietnamita. Al chico que revisaba los pasajes y lideraba la expedición no le salían las cuentas. En el bus había una persona de más. Ha repasado los nombres, ha comprobado los billetes, ha reconfirmado sus papeles. Uno de los viajeros le ha explicado que él no tenía billete, porque la compañía le había explicado que no le hacía falta, que el conductor ya había apuntado su nombre. Evidentemente, el chaval vietnamita de inglés no sabía más que “Go to Tam Coc”, y ha tenido que llamar a la agencia para que alguien intercediera en la traducción. El chico, que parecía francés, le explicaba por teléfono a la persona el problema, y se entendían. Pero cuando el teléfono volvía al revisor, que recibía el mensaje de su compañero de la agencia, la cosa se volvía a liar. Colgaba y le reclamaba el dinero al francés. “Que no, que ya he pagado, se lo he dicho a tu compañero”, le explicaba. “Vale, vale, dinero”, y el revisor sacaba de la cartera los billetes que quería. La cosa se ha arreglado al final, después de casi una hora de trayecto, de conversaciones cruzadas, de llamadas y de perder —en el transcurso de las traducciones— toda la información. Era como el juego del teléfono: el mensaje que le llega al último no se parece en nada al original. Llegada al paraíso kárstico Así hemos estado entretenidos un rato, aunque padeciendo un poco por el chaval francés. Entonces, cuando tratábamos de dormir un rato, los que se sentaba detrás se han reivindicado como los peores compañeros de viaje que uno pueda desear. Eran escandalosos y maleducados. Primero tenían ocupado nuestro asiento con una mochila, que uno no se ha dignado a quitar hasta que nos hemos sentado encima. Luego han ocupado el cuarto de los cuatro asientos de la última fila con esa misma mochila. Una mujer se ha subido y ese era el único sitio que podía ocupar. Casi ha tenido que rogar que quitaran la mochila. Eran israelíes. Y generalizar está mal, pero uno, después de tantas vueltas por el mundo, ya se conoce las maneras viajeras de cada nacionalidad. Más allá de eso, el trayecto ha sido tranquilo. Hemos llegado a Tam Coc y hemos empezado a entender por qué todos venimos aquí. La zona es como Halong Bay pero en la tierra. O mejor, algo parecido a la hermosa ciudad de Yangshuo, en China. Está lleno de decenas de montañas de tipo kárstico. Además, hace un calor horrible. Mañana nos perderemos entre las montañas y los lagos, conoceremos templos. Pero hoy solo hemos paseado un rato para comer en el Family Restaurant y hemos vuelto rápido a nuestro acogedor homestay perfectamente equipado con aire acondicionado. En el recuerdo de los lugares que viajamos siempre tenemos muy presente dónde nos alojamos. Por eso, gracias al Tam Coc Family Hotel, este destino tiene muchos números de dejarnos un bonito recuerdo. Ver esta publicación en Instagram Una publicación compartida por Cultura Nómada (@cultura.nomada)