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El “gratis” en Vietnam | Día 7

El templo Bai Dinh y sus cientos de esculturas, en Ninh Binh, en Vietnam

Es fácil identificar costumbres en los países rápidamente. Hábitos que son solo de ellos; que al principio chocan, por no haberlos experimentado antes, pero que al tercer día incorporas a tu nueva composición de lugar. El mal uso de la etiqueta «gratis» en Vietnam sería un ejemplo. Nos ha pasado en todos los países que llevamos visitados en este gran viaje. Hay similitudes, siempre. Por ejemplo, el arroz como base alimentaria los unifica a todos: a la India, a Nepal, a Malasia, a Indonesia, a Myanmar, a Vietnam. Y a China, a las Coreas, a Japón. Cosas que ya hemos aprendido de Vietnam El arroz es el pegamento asiático, el rasgo que todos comparten. Arroz por la mañana para desayunar, y para almorzar y para cenar. Lo del desayuno con arroz —en todas sus formas— se nos hacía raro al principio. A estas alturas, uno de nosotros ya se ha asiatizado: repite ración de arroz en el desayuno. La otra, de momento, lo sigue dejando para más tarde. De Vietnam ya hemos identificado, por ejemplo, que el inglés se les da mejor hablarlo que pronunciarlo. O que el café es siempre dulce, el pan existe y se consume, la moto es el medio de transporte oficioso, la cerveza es baratísima y que el «gratis» en Vietnam es una deformación de su sentido original, especialmente cuando tiene que ver con el turista extranjero. No hay nada gratis en Vietna,, todo te lo van a cobrar. Y el país sigue siendo económico en casi todo, pero se nota que está mucho mejor explotado turísticamente. Los vietnamitas saben sacarle partido a su maravilloso país. Trang An, la isla de la calavera de King Kong En Tam Coc nos hemos maravillado hoy de un nuevo escenario de ensueño. Vietnam parece haberle robado a los demás países los mejores platós naturales de cine. Hoy, por ejemplo, hemos navegado por Trang An, un río que se entromete con las montañas, que cursa su camino a través de enormes rocas kársticas que parecen salidas de una película. Cuando, de hecho, es al revés: las películas están rodadas en Trang An. La versión moderna de King Kong, la parte del principio, tiene como escenario este río y estas montañas. La isla de la calavera es en realidad Trang An. Para conocerle la esencia, sus maravillosas entrañas, hay que tomar un bote y escoger un recorrido. Hay tres distintos, todos de tres horas. Nosotros hemos escogido el primero, en el que hemos atravesado nueve cuevas y varios templos. En muchas de las cuevas, poco aptas para claustrofóbicos, hay que agacharse mucho para no golpearse la cabeza. El paseíto no es precisamente barato: 200.000 dongs por persona (unos 8 €). Pero es cierto que lo vale. Tres horas de remo a casi 45 grados La barca parece hecha de cuatro maderas mal juntadas. El glamour no se lleva aquí, por mucho que el lugar forme parte de la lista de Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO. Al frente de nuestro bote, de uno de los cientos de botes que hay, iba una mujer delgadita y menuda, que parecía imposible que fuera capaz de mover a cuatro personas —cinco con ella— con tanta agilidad. A las tres horas de recorrido hay que sumarle un calor de 45 grados de sensación térmica y una humedad que nos tenía chorreando de sudor. Esto a una hora prudente, a las 16.00 h de la tarde, que era cuando nos habían recomendado ir. La mujer, que solo hablaba inglés para lo que quería, iba lanzando mensajes: “Uy, qué calor. Vaya, qué cansancio”. Y lo cierto es que es cansadísimo, pero su interpretación era digna de Razzie. Era su manera de decirnos que quería una propina al final. Bien merecida, pero mal reclamada. El paseo ha sido genial, y hemos echado en falta, por quincuagésima vez, no tener un dron para poder también fotografiar y grabar la zona desde arriba. La panorámica desde ahí debe ser hechizante. A falta de dron, mañana buscaremos algún mirador. La pagoda Bai Dinh, uno de los templos más grandes de Asia Antes del paseo, y con nuestra moto —sí, ya somos unos expertos moteros y no contemplamos otra manera de trasladarnos en Vietnam—, hemos llegado hasta la pagoda Bai Dinh. Es, según hemos leído, el templo budista más grande de Vietnam. La chica del homestay lo elevaba de categoría: «Es el más grande de todo el Sudeste Asiático». Debemos consultar más fuentes para acreditar el dato. De lo que sí podemos dar fe es de que es enorme. “El templo es gratis”, nos mintió ayer la chica. Bueno, en realidad medio mintió. Lo gratis es “gratis” en Vietnam, con comillas incorporadas. Siguiendo como siempre a Google, hemos tratado de entrar al templo por donde nos indicaba. No se equivocaba, nos llevaba a la entrada principal… Que estaba cerrada. Para entrar hay que rodear un par de kilómetros esa entrada principal para llegar a un enorme descampado en el que irremediablemente te obligan a aparcar tu moto en un lugar concreto, en una parcelita de terreno habilitada para sacar dinero. Igual que dejas ahí la moto la puedes dejar cien metros antes. Pero no, todos vamos ahí y todos pagamos 15.000 dongs (que no llega al euro). El templo, por lo tanto, ya no iba a ser gratis. Lo gratis en Vietnam va con impuestos incluidos Después toca llegar hasta el templo, al que podríamos haber accedido por la puerta principal cerrada. Pues resulta que para llegar hasta allí hay que caminar dos kilómetros a pleno sol. Sin embargo, hay una alternativa: comprar un billete para el cochecito eléctrico que hace ese recorrido. Otros 30.000 dongs (2 €) por persona. Que no te queda otra que pagarlos porque no estás dispuesto a derretirte en el camino. El caso es que ese billetito es solo de ida. La vuelta hay que volverla a pagar: otros 30.000 dongs. El templo en sí es majestuoso, realmente grande y desde luego interesante de