Las cuevas de Phong Nha | Día 9

En nuestro camino hacia el sur de Vietnam seguimos siendo aplicados en las paradas a hacer. Después de Hanói, Halong Bay y Tam Coc la ruta natural mochilera, la que todos seguimos sin desviarnos, encuentra su siguiente destino en las cuevas de Phong Nha. Este parque natural es el paraíso para los espeleólogos. Aquí se encuentra una enorme compilación de cuevas. La más grande de todas tiene una lista de espera para ser visitada de un año. Y la visita, más allá de la complejidad de la cita, no es precisamente barata: 3.000 dólares. Pero en las cuevas de Phong Nha hay opciones más asequibles, y al alcance de los que se contentan con curiosear un poco —un kilómetro, para ser exactos— cómo luce por dentro una cueva formada hace cuatrocientos millones de años. Desde entonces, la erosión del tiempo y los elementos —especialmente el agua— han formado y deformado el interior de esas cuevas. Es sorprendente ver la capacidad de la naturaleza para generar obras de arte en esos pedruscos antiquísimos. Es divertido inventarse los modelos que han servido de patrón: setas, animales, órganos, árboles, plantas. La Paradise Cave, la más visitada de las cuevas de Phong Nha La más visitada de las cuevas, por barata, es Paradise Cave. El nombre le hace justicia. Como siempre en Vietnam, para disfrutar de las visitas hay que rascarse el bolsillo: 250.000 dongs (10 €) cuesta la entrada. Y la visita vale la pena, desde luego. Pero nos ha dejado un poco fríos. Y no precisamente porque la temperatura interior fuera mucho más baja que fuera. Si acaso un par de grados. Pero las comparaciones son odiosas, y estando dentro recordábamos Skocjan, una cueva que visitamos el año pasado en Eslovenia. Era mucho más profunda, mucho más grande, mucho más espectacular. Paradise Cave no nos ha sorprendido porque no ha sido nuestra primera vez en un entorno tan único como ese. Skocjan, en cambio, nos dejó boquiabiertos. Allí las expectativas eran pocas, y eso siempre ayuda. Quizás deberíamos apuntarnos a la lista espera de la cueva de los 3.000 dólares para que nuestra capacidad por sorprendernos vuelva a despertar. En cualquier caso, la parada en Phong Nha ha resultado oportuna. Le hemos dado un día porque queríamos solo conocerle alguna de las cuevas. Pero la zona es una nueva demostración de la belleza paisajística de todos los rincones de este país. Para ir y volver de la cueva, que está a casi una hora del pueblo, hemos vuelto a alquilar una moto e nuestro alojamiento, el Sky Hotel de Phong Nha. El paseo ha sido genial. Carreteras secundarias bien asfaltadas, a ratos angostas, cruzando montañas. De vuelta al pueblo, que parece un asentamiento necesario para darle sentido al turismo en la zona, la dueña del hotel nos ha confirmado que sabemos escoger a nuestros anfitriones: ha traído dos botellas de agua muy frías y dos pedazos de sandía.
Mua Caves, las mejores vistas de Vietnam | Día 8

Si de algo puede presumir Vietnam, además de una cerveza muy barata, es de tener la mejor colección de paisajes naturales de la región. Su imponente belleza natural lo sitúa sin duda en el top de los países más bonitos del mundo. Perseguir instantáneas espléndidas y encontrar los miradores que mejor le hagan justicia al escenario es, de momento, lo que ocupa la totalidad de nuestra ruta vietnamita. En esas anduvimos en nuestro último día en Tam Coc, que íbamos a cerrar desde las Mua Caves. Por la noche, íbamos a desvelarnos en ruta, en el autobús más surrealista en el que nos hemos montado en los meses que llevamos recorriendo las carreteras de Asia. Después de la Bai Dinh Pagoda y el paseo en barca por Trang An del día anterior, tocaba repetir mañana religiosa y tarde de naturaleza. Volvimos a motorizarnos para movernos. Los encantadores dueños de nuestro homestay, el Tam Coc Family Hotel, una pareja de vietnamitas jubilados, nos sirvieron un riquísimo desayuno a base de huevos, pancakes y el delicioso café local. Su lenguaje era el de las sonrisas. Para las palabras tenían al sobrino, un chaval de veintitantos muy apañado que hacía de cicerone de los visitantes extranjeros. Nuestro bus nocturno no partía hasta las 20.00 h, con lo que nos permitieron dejar las cosas en la habitación y nos dejaron volver a ducharnos. Visita a la Bich Dong Pagoda por la mañana En la Bich Dong Pagoda nos hicimos los rebeldes aparcando la moto a cincuenta metros de la entrada para evitar pagar un aparcamiento que no es siquiera tal. Una más de la tónica vietnamita de sacarle al turista hasta el último dong (la divisa del país). El templo, que en realidad es una sucesión de varios edificios budistas, está incrustado en las rocas en la montaña y hay que ascender para ver cómo la religión se lleva de maravilla con la naturaleza. El budismo vietnamita no tiene nada que ver con el birmano. Lo que allí era devoción absoluta aquí es cierto pasotismo pagano. Será porque el país sigue gobernado por el Partido Comunista. También se ven muchas iglesias cristianas. Pero en general, parecería que el seguidismo religioso no les va. El templo es discreto, pero el enclave es fantástico. El esfuerzo de ascender hasta lo más alto tiene recompensa: unas vistas geniales de las montañas de los alrededores. “Uy, pues esto no es nada comparado con las Mua Caves”, nos avisan un par de malagueñas. Han llegado hasta lo alto sudando, pero enteras. “En las Mua Caves la gente vomitaba”, nos avisan. Ahí íbamos a despedirnos de Tam Coc por la tarde… O al menos esa era la idea. Pero era todavía pronto y mejor decidimos buscar un restaurante para comer algo. La única premisa: que tenga aire acondicionado. En Vietnam nos está haciendo un calor terriblemente húmedo, que nos hace sudar sin necesidad de movernos. Acertamos almorzando bien local en el Chu’s House. Un café para esperar a que pase la lluvia torrencial La comida nos sirvió para reponer fuerzas y nos pusimos a hacer tiempo tomando un nuevo café vietnamita, bien fresquito con hielo. Y con leche condensada. ¿Por qué no lo tomaremos así en casa? ¡Está riquísimo! De repente, se va la luz y se pone a llover como si no lo hubiera hecho en tres años. El chavalín que nos atiende se pone a explicarnos que juega a Minecraft y a Mortal Kombat. Entre lo nuevo, lo clásico. No le entendemos demasiado pero le ayudamos a recoger las sillas para que no se mojen. Al mucho rato, la lluvia se da una tregua y el sol aparece. Corremos a la moto y vamos a las Mua Caves, el mirador más famoso de la ciudad, desde donde se observa Tam Coc y los alrededores en su esplendor más fastuoso. La advertencia de las malagueñas sirve para que nos tomemos la subida con calma. Pagamos religiosamente los 100.000 dongs de la entrada (4 €) y afrontamos los quinientos escalones a ritmo cauteloso. Las majestuosas vistas desde las Mua Caves y despedida de nuestros anfitriones La gente baja sudando, bufando, medio desmayada. Paramos en cada descansito y aun así sentimos que nos falta el aire. La altura comienza a dar vértigo. Llegamos a lo alto, donde un dragón corona la cima, media hora después. Las vistas son imponentes hacia todos lados. La niebla no desmerece la panorámica: le da mayor mística. Bajamos corriendo —esto es un decir, claro— porque tenemos que ducharnos antes de que venga nuestro bus hasta el próximo destino. En el homestay nos reciben con más sonrisas, dos botellas de agua y dos zumos. No nos queremos ir. Pero nos duchamos rápido. El dueño nos da un apretón de manos, la dueña un abrazo. El sobrino nos acompaña hasta la parada del bus: un descampado en el centro de Tam Coc donde se juntan los locales. Los padres juegan con sus hijos a ver quién es más niño: los pequeños se creen que conducen un cochecito que en realidad teledirigen los padres con un mando. El bus llega a los diez minutos y no sabemos qué hacer. Nos guardan las mochilas y buscamos acomodo. El bus no tiene asientos al uso, tampoco camas, sino un híbrido extraño. Los asientos muy reclinados hacen la función de cama pero no son nada cómodos. La postura a la que obligan al cuerpo resulta antinatural. Y, como siempre, no están hechos para altos. Hay tres filas y dos niveles. Y muchas luces de colores de las que no sabes qué esperar. ¿Quizás unos mojitos y un poco de reggaetón? Nos colocamos en medio pero rápido nos cambiamos hacia delante, para evitar tener como compañeros de viaje a los mismos israelíes que nos hicieron imposible el viaje desde Cat Ba. Aquí todos hacemos la misma ruta en los mismos días. Las mismas caras. No dormimos nada y llegamos a las 04.00 h. Nos hemos equivocado reservando para un día más tarde. Pese