Los farolillos de Hoi An y la luna llena | Día 13

La geografía de Vietnam resulta curiosa. Si uno mira el mapa verá que tiene forma de enorme ‘S’. De punta a punta, de norte a sur, el país mide casi 1.700 kilómetros. En cambio, es muy estrecho: hay partes en que su ancho es de solo 50 kilómetros. Eso separa su frontera con Laos del Golfo de Tonkin, en el Mar de la China. Para complicar un poco más la logística, las dos ciudades principales del país se encuentran en dos puntos opuestos. En medio del país está una de sus estampas más famosas: los farolillos de Hoi An. Muy arriba, casi en la frontera con China, está Hanói, la actual capital. Y muy abajo, cerca de Camboya, está Ho Chi Minh City —antes Saigón—, la ciudad más poblada del país. De la una a la otra hay que bordear la forma de ‘S’ del país y, por eso, el número de kilómetros que se recorren por tierra es mayor a lo que mide Vietnam entre sus puntos más separados en los dos extremos. Si uno quiere ir de Hanói a Ho Chi Minh por tierra debe hacerse a la idea de que le esperan 1.724 kilómetros por delante, y treinta horas de carretera —o de tren—. El tren panorámico de Vietnam La red ferroviaria vietnamita empieza en una de esas dos ciudades y acaba en la otra. Entre medio están todas las otras paradas. Después de muchos meses sin tomar un tren para desplazarnos —desde la India, de hecho— hoy hemos vuelto a las vías para salir de Hue y acabar en Da Nang. No era la opción más conveniente, pero sí la más barata. Además, el recorrido es uno de los más escénicos del país. Para los que no se atreven con la moto para hacerlo, el tren es la alternativa recomendada. El ferrocarril pasa por el Hai Van Pass, un paso montañoso desde el que las vistas del mar son imponentes. Nos hemos obligado a permanecer despiertos para certificar que habíamos decidido bien. En la estación de Hue, antes de tomar el tren, se nos ha acercado un chavalito que tenía ganas de hablar inglés. Su acento era pulido y su vocabulario acertado. “Vaya, qué buena vida la vuestra”, nos ha dicho cuando le hemos contado lo de nuestros meses viajeros. Estaba esperando a un amigo que llegaba de Hanói, y ha sido él quien nos ha explicado que ese mismo tren acabaría, mañana, en Ho Chi Minh. “Pero vosotros vais a Hoi An, ¿no?”, nos ha preguntado. Ya se lo sabía, y nos ha recomendado un sastre en Hoi An: su hermano. Además de presumir de los farolillos, Hoi An pasa por ser la ciudad más coqueta de Vietnam y es famosa por los cientos de sastres que hay. Sin bodas a la vista no tiene mucho sentido hacerse un traje a medida. Pero lo cierto es que se ven resultones. Da Nang, parada intermedia hasta Hoi An Como el tren no llegaba hasta Hoi An directamente, teníamos que bajarnos en Da Nang, una de las principales ciudades del país. “En Da Nang se dedican a atraer a los turistas construyendo cosas enormes”, nos ha contado esta mañana la dueña del Purple Hue BnB Central Hub, cuando le contábamos nuestro itinerario. El caso es que no queríamos hacer noche en Da Nang, pero es probable que deshagamos la hora que hoy hemos hecho en bus hasta Hoi An. Para ver, de hecho, una de esas cosas enormes a las que ella hacía referencia. Desde Da Nang nos ha tocado tomar un bus en el que los turistas pagábamos el doble que los locales. “Es que llevas equipaje”, era la explicación de una mujer local mayor, que traducía las excusas del revisor del bus. Como estábamos pagando dos euros en lugar de uno, hemos preferido no pelearnos de más y asumir la tasa no escrita por ser guiris. El bus ha sido insufrible, el conductor daba bocinazos sin necesidad y conducía como un demente. Por suerte, el horizonte era esperanzador. Nuestro nuevo hospedaje en Hoi An nos ha hecho rememorar nuestros idílicos días de arrozales, cervezas y tranquilidad en Bali. Nuestra casa para los próximos cuatro días, Lama Homestay, es una hermosa villa alejada del centro de Hoi An, por la que pagamos 15 € la noche. Los farolillos de Hoi An en su día más especial Por pura casualidad, porque nuestra planificación sigue siendo salteada, hemos llegado a la bella Hoi An en su día más especial del mes, cuando hay luna llena. En los países budistas la luna llena siempre tiene una especial significación. En esta menudita ciudad del centro de Vietnam, de callecitas presumidas, casas históricas y muchos turistas, cada día de luna llena de cada mes se celebra el Lantern Festival (el Festival de las Linternas). El centro histórico se atesta de curiosos chinos, coreanos y japoneses, también de muchos europeos y de algunos vietnamitas. Es imposible pasear sin tropezar, sin chocar, sin agobiarse. Pero lo cierto es que la ocasión es única. Hoi An se divide por un río que cruzan varios puentes. En ese río, cuando cae la noche de luna llena, los locales llegan para lanzar pequeños farolillos de papel con velas en su interior. El ritual de los farolillos de Hoi An sirve para recordar a los que ya no están y para soñar fortuna. Y de paso, para aprovecharse de los turistas dispuestos a pagar de más por una cerveza, un paseo en bote por el río o un pancake de plátano. La escena, pese a su autenticidad impostada, es realmente bonita. Nos marchábamos y la gente seguía tirando farolillos al río, apostando a la vela sus deseos.