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El Golden Bridge de Da Nang y otras horteradas | Día 16

Una de las manos que sostiene el Golden Bridge de Da Nang, en Vietnam

En el Golden Bridge de Da Nang, las manos de Dios se posaron en lo alto de una montaña y decidieron sostener un puente dorado semicircular. Esa es la deliciosa milonga metafórica que se inventaron un puñado de arquitectos de Saigón. Debieron despertarse un día iluminados, quizás resacosos, para concebir el mundo surrealista, casi ridículo. El Sun World de la ciudad de Da Nang, en las Ba Na Hills, a un ratito de Hoi An, es una magnífica horterada, una máquina de atrapar turistas —sobre todo asiáticos— y de hacer cientos de millones de dongs. El reclamo principal es ese puente, el Golden Bridge de Da nang, que tiene el aval de Instagram. Desde que se construyera hace poco más de un año, circulan por la red social cientos de imágenes que magnifican su espectacularidad y lo elevan a lo más alto de los imprescindibles de Vietnam. El Golden Bridge de Da Nang, fotogénicamente impecable Cuando lo vimos por primera vez en una de esas fotos, nos impresionó. Conceptualmente es sobrecogedor: dos enormes manos de piedra, erosionadas a propósito, sostienen un puente dorado que se eleva por encima de todo. Por encima de las montañas y la ciudad, por encima de las nubes. Estéticamente es un acierto rotundo, y fotogénicamente más. Esas fotos, sin embargo, tenían trampa. Estaban tomadas probablemente con un dron, desde arriba, desde donde la perspectiva es sobrecogedora. A ras de suelo el puente pierde una pizca de espectacularidad, pero sigue resultando espléndido. El problema es llegar hasta ahí, pagar para estar ahí, estar ahí y salir de ahí. Porque el puente no es puente al uso, como creíamos cuando vimos la foto. No es el típico puente que cruzas para sortear un obstáculo. Es un puente que forma parte de un enorme parque temático hecho para entretener a las masas de turistas. Ver esta publicación en Instagram Una publicación compartida por Cultura Nómada (@cultura.nomada) El Sun World y su oda al postureo La entrada al Sun World de las Ba Na Hills cuesta la friolera de 750.000 (dongs), algo menos de 30 € al cambio. Es un abuso en un país como Vietnam, en el que se puede comer por un euro y dormir por cuatro. En cualquier caso, nos dejamos abusar. El parque estaba a rebosar de turistas, especialmente chinos y coreanos, que además de pagar la entrada no se cortan a la hora de consumir bebidas, comidas y regalos una vez dentro. Se les ve tan satisfechos con la visita. Se hacen fotos en todos lados, en el más ridículo de los enclaves, en el más ilógico de los decorados. El parque es una oda al postureo: fotito aquí, ahora fotito allá, ahora fotito con esta pose. Parece el único propósito del parque, como lo es de la vida moderna: que la gente se haga fotos que suba a sus redes sociales. Es el efecto llamada perfecto. La inversión, que seguro fue enorme, debe estar amortizadísima. Resultaba incluso agobiante tratar de pasear, hacerse un lugar entre la gente, plantearse un encuadre fotográfico. Por todos lados había gente. Cinco teleféricos y la mayor colección de conceptos kitsch Además de por el Golden Bridge de Da Nang, el parque Sun World aspira a convertirse en famoso por muchas más cosas. Por ejemplo, por su colección de teleféricos. A falta de uno tiene cinco. Y no son precisamente cortos. Uno de los teleféricos, uno de los tres que conectan la base con la montaña, es el más largo del mundo sin paradas. Seis kilómetros y al menos veinte minutos de paseo que hacen las delicias de los adictos al vértigo. El teleférico sube por etapas y no tiene final, no se le vislumbra horizonte. Arriba sigue el entretenimiento sin medida. El puente dorado aparece pronto a rebosar de gente. Luego hay una bizarra colección de partes del cuerpo humano. Son esculturas a escala exagerada, que resultan tan sugestivas como inquietantes. Más adelante hay un par de laberintos, un jardín, unas hadas, unos romanos, unos cerditos con pinta de dibujos animados, un pavo real de flores, un Buda, una pagoda, una villa francesa, un hotel de lujo con habitaciones por horas, un festival de la cerveza, un sucedáneo de la Oktoberfest, una banda de música que toca canciones de Santana, un grupo de coreanos borrachos sesentones que bailan enfrente de la banda, una catedral de mentira que se asemeja a Notre Dame, un puñado enorme de puestos de comida, un par de toboganes en los que soltar adrenalina, un espacio de videojuegos y atracciones, un castillo… Todo eso cabe en Sun World. A falta de un discurso claro, plantea el todo vale para el turista que todo le vale. Y pese a todo, pese a lo hortera, cutre, surrealista y kitsch que resulta, en realidad es divertido. Y si lo es para nosotros, tan críticos y complejos de satisfacer, cómo no lo será para los turistas más complacientes y menos exigentes. El camino de vuelta en nuestra moto urbana Con la tontería y sin quererlo nos hemos tirado ahí cinco horas largas. Había que amortizar bien la entrada. Hemos vuelto a bajar por el teleférico, que no era el mismo por el que habíamos subido. Este era todavía más vertiginoso. Una vez abajo hemos recogido la moto que nos ha servido de transporte y hemos ido a la ciudad, a Da Nang, para reservar un tren mañana hasta Saigón. Nos esperan dieciocho bonitas horas de viaje. Se prometen, en cualquier caso, menos traumáticas que las carreteras vietnamitas. Conducir la moto en cualquier ciudad es un drama. Hay tal cantidad de motos… Las normas son que no hay normas: todo vale. Te pasan por la derecha y por la izquierda, te cruzas motos en dirección contraria, las rotondas son un aquelarre al que sobrevivir, los coches que vienen de la derecha se incorporan como si tuvieran prioridad —y quién sabe, quizás la tienen—, una chica se para en medio de un puente transitadísimo a hacer una foto, una