Llegada a Croacia: cuando los peajes se pagan con gusto | Día 1

En nuestro última mañana de escala italiana el fantástico desayuno de nuestro bed and breakfast de Verona nos puso a punto para el largo día que nos esperaba. Estábamos listos para nuestra salida de Italia y nuestra llegada a Croacia. Después, antes de volver a la carretera, llevamos a cabo el mejor ejercicio posible de inmersión cultural en un país ajeno: visitar un supermercado. Los dos —bueno, uno más que la otra— nos reconocemos fanáticos de las visitas al supermercado. ¿Será que tenemos una fijación por la comida? El plan era comprar cena para esa misma noche y desayuno para el día siguiente. Bueno, era el plan y también la excusa para poder ir al supermercado. Es divertido caminar entre los pasillos y descubrir qué se come y se consume en el país que estás visitando, qué compartimos y en qué nos diferenciamos con los locales. Uno de los youtubers más seguidos en habla hispana tiene una serie de vídeos en los que se graba entrando y paseando en supermercados de los países que visita, descubriendo lo que para él son rarezas. A uno siempre le alivia que la locura sea compartida. Eslovenia, paso intermedio entre Italia y la llegada a Croacia Con la cena y el desayuno que podríamos haber comprado en nuestro supermercado de cabecera en Badalona, salimos por fin rumbo al este, camino de Eslovenia. Dejamos atrás Venecia y Trieste y jugamos a contar matrículas extranjeras: muchísimos alemanes y también neerlandeses, austriacos, belgas, franceses. Apenas un par o tres españoles. Ya se empiezan a ver croatas y eslovenos. Algún húngaro, algún checo, varios polacos. De más lejos llegan los nórdicos, escasos: algún coche con matrícula danesa y otro sueco. Muchos rumanos; de hecho, pasamos a un autobús que hace el trayecto Rumanía-España. Los más exóticos: un montenegrino y un albanés. ¿Qué harán todos ellos? Es divertido jugar a imaginar. El último de los peajes del lado italiano pone a prueba la vejiga de uno de nosotros. Cruzamos por fin a Eslovenia después de un adelantamiento imposible a una autocaravana lentísima que parece que nos pide tranquilidad con el lema que pinta en su parte trasera: ‘Hakuna matata’. Hace cuatro años visitamos Eslovenia y el país nos encantó. Además de bonito, es civilizado y tranquilo. Decidimos parar a comer en una taberna de carretera antes de seguir hacia la siguiente frontera, la de uno de los dos países que protagonizarán la parte central de nuestro viaje: Croacia. La frontera entre Eslovenia y Croacia El tramo de carretera eslovena es de apenas treinta kilómetros. En la frontera entre Eslovenia y Croacia sí que hay frontera. Croacia, al contrario que todos los países que hemos cruzado antes, no es a fecha de hoy, en 2022, espacio Schengen pese a ser Unión Europea. Eso acredita al funcionario de turno a importunarnos un poco, cuando le pide a la mitad norteamericana de Cultura Nómada que acredite su procedencia mexicana. El trámite, en cualquier caso, fue rápido. Los mexicanos parece que son bienvenidos a la llegada a Croacia —de momento—. Tomamos dirección Rijeka —Fiume para los italianos, la que en su día ocupara el poeta-militar Gabriele d’Annunzio— para luego seguir camino de Zagreb, que no es nuestro destino primero sino que será la última de nuestras paradas en Croacia. Ante nosotros una autopista fantástica, la mejor que uno haya conducido nunca. Fantásticamente asfaltada, de tres amplios carriles, de límites de velocidad cómodos. Pero, sobre todo, maravillosamente integrada con el verde de los bosques y las montañas, en absoluto intrusiva, construida sobre puentes, y a través de túneles arquitectónicamente perfectos. El paisaje de la llegada a Croacia es inigualable: primero con el Adriático de fondo y poco a poco, conforme nos dirigimos al centro del país, con kilómetros y kilómetros de árboles y pequeñas cumbres. Cada poco, un pueblito, algún lago. Una sonrisa vale más que mil palabras Si Modric ya nos tenía condicionados para bien, esos primeros minutos de carretera confirmaban la previsión: Croacia mola. Por si nos quedaba alguna duda, llegó el peaje en el que la chica joven que lo atendía (¿25? ¿27?) nos daba las buenas tardes en croata, rectificaba al inglés cuando le devolvimos el saludo en otra lengua, nos cobraba el euro y pico y se despedía con la más amplia y sincera de las sonrisas. Ella no lo sabe, pero su sonrisa ha sido la mejor campaña publicitaria con la que Croacia podía convencernos de visitarla largo y tendido. Habrá que aplicarse el cuento y sonreír más a menudo. Por si algún día nos lee: ¡Hvala (gracias) por la lección! El final del trayecto hasta el Parque Nacional de Plitvice, que es nuestro primer destino en Croacia, ha sido por una carretera secundaria tan incómoda como bonita. Entre medias, en la nada, pueblos perdidos que son el reflejo de lo que uno imagina como la antigua Yugoslavia, esa en la que se juntaban Kukoc, Petrovic, Divac, Radja y compañía a jugar juntos a baloncesto. Por fin, a eso de las 20.00 h, llegamos a nuestro alojamiento, la Guest House Lubica, regentado por una pareja de sesentañeros que nos esperan con su nieta, a la que tienen entretenida con los dibujos en el móvil. Parece que esta es una táctica universal. El alojamiento es modesto pero de lo más acogedor y aquí la ola de calor no ha hecho acto de presencia: la sudadera es imperativa cuando el sol se retira. Croacia pinta muy bien.
La leyenda de Verona | Día 2

Después de un despertar tardío y un desayuno mediocre —pero incluido en el precio del hotel, no nos vamos a poner exquisitos—, dejamos atrás Parma hasta nuevo antojo. Nuestro próximo destino, y el último en Italia, es Verona. La elección no obedece a nada en concreto. No es una ciudad que nos interese por nada en especial, pero logísticamente nos pareció una buena parada en nuestra ruta hacia el este. Y ya de paso, conoceremos la leyenda de Verona. Llegamos al mediodía a nuestro hospedaje a las afueras de la ciudad, el B&B Corte Caselle, un alojamiento bueno-bonito-barato, formato hotel boutique. Verona nos quedaba a diez minutos en coche y después de descargar maletas, salimos a explorarla. Una tarde teníamos por delante y una tarde fue más que suficiente. Verona podría ser el perfecto paradigma de la ciudad italiana: calles empedradas, iglesias centenarias, fachadas antiguas coloridas, cafeterías y heladerías en cada esquina, buena gastronomía e ingentes masas de turistas copiándose los pasos. El adoquín y las menorquinas son una mala combinación; aunque, de hecho, el adoquín combina mal con casi cualquier calzado, especialmente si uno es torpe hasta para caminar. El centro de Verona es preciosista y agradecido de ver. Fotito por aquí, fotito por allá, dictadura del selfi en su máxima expresión: una antología de ver a través de la cámara del móvil lo que podrías ver directamente con los ojos. Verona es una ciudad-museo en su fantástico centro histórico. Apenas hay coches —lo cual se agradece— y los oriundos brillan por su ausencia. La casa de Julieta Visitamos las plazas principales, atestadas de cafecitos a los que no nos atrevemos a mirarle la carta, y nos perdemos por las calles menos transitadas para constatar que le debemos nuestro sentido de la orientación a los mapas de Google. Las masas nos llevan hasta una de las grandes atracciones turísticas de la ciudad: la casa de Julieta, donde la leyenda de Verona asegura que vivió la protagonista de la historia de amor de Shakespeare. Evidentemente, todo es una fantasía perfectamente orquestada para contentar al turista ávido de cuentos y folclore. La casa, un antiguo palacio del siglo XIII, pertenecía a la familia veronesa Dal Capello; que, efectivamente, suena muy parecido a Capuleti. El famoso balcón de la historia es un apéndice posterior: apareció en la casa entrado el siglo XX. Pero qué más da. Después de acercarnos a la figura de bronce de Julieta, a la que parece que hay que tocarle la teta para que la fortuna te acompañe, salimos huyendo en la dirección que nos marcaban los turistas. Sin darnos cuenta, acabamos en la Arena de Verona, el otro gran imperdible de Verona, uno de los anfiteatros romanos mejor conservados. Esa noche había ópera en directo. El plan sonaba de lo más atrayente, pero ya habíamos reservado hora para cenar y a la cena, y menos en Italia, no se le hace un desplante. Además, nuestra indumentaria rozaba lo no permitido por el dress code del evento. Quizás volvamos a Verona en un par de semanas a ver Carmen, depende de la conveniencia de la escala y de la insistencia de la mitad mexicana de Cultura Nómada. Una cena bien italiana para despedirnos de Verona Antes de cenar pedimos un Aperol Spritz asporto (para llevar) en un chino del centro de Verona. Sí, en el centro de Verona también hay bares regentados por la diáspora china, muy parecidos a los que tenemos en Barcelona: cutres, sin pretensiones y baratos. En Italia el aperitivo es la previa de la cena, no de la comida, y el Aperol Spritz con su color naranja nuclear y su glamour es la estrella. A nosotros el glamour nos dio un poco igual, lo que queríamos era un poco de alcohol, daba igual si venía en un vaso de plástico en lugar de en una copa estilizada. Después de nuestro aperitivo para llevar, fuimos a uno de los restaurantes con más fama del centro de Verona: la Taberna di Via Stella. Resultó ser un acierto. Probamos la carne de caballo deshebrada con queso parmesano y uno de los risottos menos fotogénicos y más ricos que hemos comido nunca. Las fotos no hacen justicia a ese mejunje negro bañado en Amareno, un vino dulce típico de la región. Entre el vino del risotto, la botella de vino prosecco con la que acompañamos la cena y el Aperol previo llegamos a nuestro bed and breakfast Corte Caselle con el puntillo perfecto para tocar la cama y caer. Ver esta publicación en Instagram Una publicación compartida por Cultura Nómada (@cultura.nomada)