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La Sarajevo olímpica, la foodie y la futbolera | Día 2

Un tranvía rojo en las calles de Sarajevo

Hemos notado que en Bosnia y Herzegovina lo de pagar con tarjeta es una anomalía. Nuestro bed & breakfast no incluye por defecto el breakfast, con lo que hemos salido a buscar un café al centro antes de conocer la Sarajevo olímpica. Dos cafés, para ser precisos, con sus respectivos croissants y una baklava de nueces. Al querer pagar la chica que nos ha atendido nos ha preguntado si sería con efectivo o tarjeta. Le hemos dicho que con tarjeta para luego desdecirnos, y cuando ha venido con la cuenta hemos querido pagarle con un billete de 10 marcos (unos 5 €). Al ver la jugada, la camarera poco menos que se ha indignado, pues no estábamos siendo consecuentes con lo que le habíamos respondido. No hemos tenido inconveniente en pagarle en tarjeta como habíamos dicho al principio, pero no hemos entendido por qué ya era imposible dar vuelta atrás. El teleférico hasta la zona olímpica También hemos podido pagar con tarjeta los tickets del teleférico de la ciudad. Sarajevo fue sede de los Juegos Olímpicos de invierno de 1984, y para acceder a algunos de los espacios que sirvieron para acoger las competiciones se construyó un larguísimo teleférico hasta la cercana montaña de Trebević. El trayecto es de unos diez minutos que lo elevan a uno por encima de todos los suburbios de la ciudad y permiten apreciar su compleja estructura radial y empinada. Más allá del centro de Baščaršija, la ciudad se ha visto obligada a crecer a lo ancho y también hacia las montañas que la rodean. Sarajevo es un conglomerado de colinas atestadas de edificios con tejados rojos. La imagen desde el teleférico impresiona. A lo lejos se ven las torres de muchos pisos del distrito financiero. Es fácil también distinguir las muchas mezquitas con sus minaretes y los enormes cementerios de una sobriedad que los embellece. La cabina en la que subíamos ha hecho un ademán de pararse cuando ya alcanzábamos la cima. Entre el calor y el susto, no marearse era un imposible. En cualquier caso, hemos sobrevivido a la pasajera turbación y ya en tierra nos hemos encaminado a la gran atracción de la montaña de la Sarajevo olímpica: la pista abandonada de bobsleigh. En parte desbaratada y comida por la naturaleza, todavía conserva gran parte de su recorrido y su encanto fotogénico se ha multiplicado por los grafitis que la decoran. Nos hemos pasado un buen rato haciéndole vídeos y fotos, inventando tomas y encuadres. Muchos turistas —tanto locales como extranjeros— pasaban por nuestro lado de largo y volvían, después de un buen rato, para comprobar que seguíamos en el mismo lugar, haciendo más fotos y vídeos. Ver esta publicación en Instagram Una publicación compartida por Cultura Nómada (@cultura.nomada) De la Sarajevo olímpica a la foodie Un rato más tarde, cuando empezaba a apretar el hambre, hemos decidido dejar atrás la Sarajevo olímpica para bajar de nuevo a la tierra firme del centro histórico. La visión de la ciudad ha vuelto a ser sobrecogedora: sus dos estadios a lo lejos —el del Željezničar y el del FK Sarajevo—, fortalezas a uno de los lados, el ayuntamiento, todas esas casas que parecen clonadas. Cómo cambia la visión de una ciudad desde el aire, desde lo alto. Desde esa perspectiva tan inhabitual es cuando uno entiende de verdad la magnitud del concepto ciudad. El trayecto de vuelta ha sido más tranquilo y disfrutado, quizás por la perspectiva de la comida que asomaba en el horizonte. Para nuestro último día en Sarajevo hemos escogido almorzar en Dveri, uno de los restaurantes de comida tradicional bosnia con mejor fama de Baščaršija. Nos lo había recomendado nuestra anfitriona, la Lonely Planet y Google Maps. Tanta sabiduría coincidente no podía estar equivocada. Y efectivamente, no lo estaban. La comida ha sido un disfrute absoluto. Primero, porque el local, pequeñito y recogido, está cuidadosamente montado y muy amablemente atendido. Pero lo importante eran sus platos, y en eso ha colmado nuestras expectativas. Hemos pedido una ensalada y queso Travnik con pan. De segundo, un rollo de carne relleno de más carne y de queso, con verduras. Para regarlo, un copón de vino que equivalía fácilmente a media botella y una cerveza tirada bien fría. No hay mayor satisfacción que una comida tan buena y tan barata (unos 13 € por cabeza). El túnel de las afueras de Sarajevo El dilema de descansar o seguir visitando lo hemos resuelto rápido: era nuestro último día en Sarajevo y teníamos que sacarle todo el partido. Ya habíamos conocido la Sarajevo olímpica, pero la ciudad nos pedía más. Hemos cogido el coche para llegar a uno de los espacios que mejor explican el sitio de Sarajevo durante la Guerra de los Balcanes. A las afueras de la ciudad, los ciudadanos de la capital construyeron en tan solo cuatro meses un túnel de unos ochocientos metros de largo y poco más de un metro de ancho y un metro y medio de alto para poder hacer llegar alimentos, medicinas y provisiones. Un tramo original del túnel está habilitado para las visitas, y es realmente claustrofóbico no solo verlo y caminarlo, sino, sobre todo, imaginarlo atestado de gente yendo y viniendo en medio de una guerra. Ahí nos hemos encontrado con una familia de catalanes de Esplugues de Llobregat que viajaba en autocaravana con sus dos niños pequeños. Además, hemos sacado a relucir nuestros carnets de estudiante para que el precio de las entradas fuera la mitad por cabeza (2,50 € cada uno). Estudiantes de por vida, por muchas canas que tengamos. La Sarajevo futbolera De vuelta a la ciudad hemos aprovechado el coche para hacer un poco de turismo futbolero, que uno adora tanto como tolera la otra. Hemos visitado los dos estadios que por la mañana habíamos visto desde el teleférico. El FK Sarajevo y el Željezničar son los dos grandes equipos del país, con permiso de los dos clubes de Mostar, y representan la gran rivalidad de la capital. El estadio