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El Parque Nacional de Mljet desde un carrito de golf | Día 6

El Parque Nacional de Mljet, que se puede recorrer en bici o en carrito de golf

Una vez explorada ayer la parte sur de la isla de Mljet, hoy, en nuestro segundo y último día en este edén de la calma y el reposo, nos ha tocado recorrer su norte. Es ahí, en el tercio más septentrional de la isla, donde se ubica el Parque Nacional de Mljet. Este espacio es una condensación de todo lo que tiene la isla: naturaleza, paseos, playas, lagos y rincones preciosistas. Hemos amanecido desayunando desde nuestra terraza, viendo al sol tratar de ganarle terreno a las nubes. El mar, enfrente, parecía haber salido del cuadro de un pintor neerlandés del sigo XVII, tan realista y tranquilo. Traemos suministros de tierra firme para abastecernos bien: café, pan, queso, zumos y alcohol, claro. Así, compensamos el precio bastante caro de los restaurantes con una comida, y también con el desayuno, en el apartamento. Es el modo de seguir nuestro presupuesto diario previsto de 60 € en comida al día, que no pretendemos cumplir a rajatabla pero nos sirve como guía para no excedernos. La entrada al Parque Nacional de Mljet Desde donde estamos alojados el trayecto hasta el parque es de unos veinte minutos. Hemos llegado pronto, aunque no tanto como hubiésemos querido. Eran las 10.30 h y hemos podido aparcar el coche a la sombra de un puñado de árboles, un lujo del que no han podido disfrutar los muchos coches que llegarían más tarde. Gracias de nuevo a nuestros imperecederos carnets de estudiante de la UAB, nos hemos ahorrado un buen dinero en la entrada. El ticket estándar cuesta 140 kunas (unos 18 €) y nuestras entradas de sempiternos estudiantes nos han salido por 90 kunas a cada uno (12 € aproximadamente). Uno es estudiante hasta que su carnet universitario le siga siendo válido para este tipo de descuentos. El Parque Nacional de Mljet se puede recorrer a pie —solo para los valientes, especialmente bajo el sol abrasador de pleno agosto— o a bici. Esas eran los dos únicas opciones que creíamos posibles. El alquiler de la bici no era nada barato (50 kunas, unos 7 € por hora, la bici normal; y el doble, 100 kunas, la bici eléctrica) y hemos decidido hacernos los valientes, calzarnos los tenis y confiar en la providencia. La providencia ha decidido apiadarse de nosotros, como si supiera de nuestra nula capacidad para aguantar esfuerzos físicos bajo el sol: nos ha plantado delante, a pocos metros de la entrada, un carrito de golf multiplaza —tren eléctrico, según la incierta nomenclatura oficial que utilizan en el parque— que recorría los puntos más importantes. Le hemos preguntado a una chica en el punto de información, y nos ha confirmado lo que necesitábamos saber: «Está incluido en el precio de la entrada». El Parque Nacional de Mljet en carrito de golf Pues no hacía falta decir nada más. Nos hemos hecho con los dos mejores sitios del carrito de golf, en el que hemos echado en falta a Gareth Bale, y hemos disfrutado de una hora larga de paseo motorizado viendo de muy cerca los principales puntos de interés del Parque Nacional de Mljet. El azul turquesa de las aguas diáfanas, en las que se transparentaban las rocas y las algas del fondo y los pececitos que habitan esos lagos, era una invitación a quitarse la camiseta y remojarse sin reparos. Lo hemos hecho al final del tour del carrito de golf, después de pasar por un canal, de dejar atrás a muchos ciclistas y de envidiar a los que ya estaban bañándose antes que nosotros. El baño ha tenido que esperar a la parte final del recorrido, en la zona mejor habilitada para ello. Allí, la mayoría de visitantes venían perfectamente equipados con escarpines, unas zapatillas hechas para bañarse con ellas en entornos en los que las rocas predominan por encima de la arena. Nosotros, evidentemente, no traemos los escarpines de marras y hemos tenido que meternos en el agua del modo más ridículo, pisando casi de puntillas, sentándonos para no resbalar. En cualquier caso, el método ha sido lo de menos, porque el resultado bien ha merecido ese momento de esperpento imposible de tapar. El monasterio en medio del Parque Nacional de Mljet Después hemos tomado un bote que lleva a una isla artificial que se encuentra en medio de uno de los lagos, donde hay un monasterio benedictino, un bar, un restaurante y unos baños por los que hay que pagar cinco kunas. Una de nosotros ha pagado, y el otro se lo ha saltado. No somos unos insurgentes, simplemente nos hemos sentido un poco engañados porque el cartel rezaba que por 5 kunas podían entrar dos personas, y no había sido así. La Isla de Santa María (Saint Mary’s Island) no tenía mucho más historia, con lo que hemos tomado el bote de vuelta al embarcadero más cercano al parking, hemos tomado el coche y hemos ido a buscar un restaurante en el que almorzar. El almuerzo en Pomena En la parte de la isla en la que está el parque hay un par de asentamientos, ambos bien surtidos de restaurantes a la orilla del mar. Hemos escogido el de Pomena y el Konoba Nine, un restaurante muy bien atendido por un camarero descalzo que se desplazaba siempre tarareando. Hemos comido un fantástico batiburrillo de mar: un plato inicial en el que había ensalada de pulpo, anchoas, gambas y atún; un plato de langostinos enormes tremendamente sabrosos; y una pieza de pescado. Durante el almuerzo, con el que hemos cubierto el presupuesto diario en comidas, hemos estado viendo ir y venir barcos, catamaranes y pequeños ferrys, que llegaban a la bahía de ese pequeño pueblo buscando un amarre en el que aparcarse. Es curioso, y sobre todo enormemente ajeno, al menos para nosotros, el mundo de la navegación. Algunos de los barcos parecían alquilados para el día; otros, como el de nuestros vecinos de mesa en el almuerzo, eran seguro propiedad de esa pareja de más de sesenta a los que el

La isla de Mljet, pura naturaleza inexplorada | Día 5

La isla de Mljet con sus verdes y el mar de fondo

Croacia se ha vuelto uno de los destinos de moda de los últimos años por muchos motivos. Dubrovnik, por culpa de Juego de Tronos, es seguramente el principal de ellos. Pero en el orden de razones que (nos) lleva a los turistas a venir al país, en lo más alto aparecen también sus islas, como la isla de Mljet. Especialmente en verano, el enorme archipiélago croata es un reclamo difícil de rechazar: buen tiempo, sol, playa, naturaleza, aventura, fiesta, historia, cultura, buenos mariscos y pescado, descanso, deporte. Eso sí, no todos estos ingredientes caben en la misma isla. Las islas croatas son tantas como perfiles de turistas. De las casi setecientas que forman el archipiélago del país, el segundo más grande de Europa tras el griego, unas cincuenta están actualmente habitadas. Y de esas, solo diecisiete superan el millar de habitantes permanentes. La elección más difícil: qué isla escoger Las islas de Hvar, Korčula, Vis, Krk y Brač son algunas de las más famosas y visitadas. Su infraestructura turística es muy buena, con alojamientos de todo tipo y mucha oferta de restauración y actividades. Además, cuentan con conexiones frecuentes vía ferry y catamarán con las principales ciudades costeras del país. La primera es exclusiva y fiestera, la segunda histórica, la tercera aislada, la cuarta familiar y la quinta presume de la playa más famosa de Croacia. Resumirlas con un adjetivo es reduccionista pero ayuda a escoger una, o algunas, porque las apreturas temporales, especialmente cuando se viaja con billete de vuelta, obligan siempre a tener que escoger y a tener que descartar. La isla de Mljet, nuestro retiro croata Nuestra ruta, en la que tratamos de abarcar todo lo posible aunque eso nos impida —lo lamentamos, pero lo sabemos y lo asumimos— ir lentos y profundizar en los lugares, nos permitía pasar unos dos-tres días en alguna de las islas. Después de estudiarlas un poco e ir priorizando por disponibilidad de alojamientos y precios desorbitados, acabamos descartando las cinco anteriores para escoger una mucho menos reseñada en los blogs de viajes: la isla de Mljet. De las diecisiete islas croatas que superan los mil habitantes, Mljet es la última de todas. Pese a no estar muy alejada de la costa, y estar a tiro de una hora en coche (más 45 minutos en ferry) de Dubrovnik, Mljet pasa desapercibida por la mayoría de turistas. La isla de Mljet tiene casi cuarenta kilómetros de largo pero solo tres de ancho. Desde el puerto de Prapatno, donde se toma el ferry para llegar aquí, se la intuye yerma y solitaria, casi virgen, con su perfil montañoso pintado de verde. Dos de las mejores playa de la isla de Mljet Conforme nos acercamos la impresión preliminar se confirma: apenas se le adivinan núcleos de población urbanizados. Y apenas los hay. En Mljet hay varios puñados de casas reunidas, que son más asentamientos que pueblos, que rompen su inalterada normalidad. Una carretera principal la cruza de punta a punta. En los más alto, en el norte, se encuentra el Parque Nacional de Mljet, que visitaremos mañana. Esta tarde hemos decidido conocer el extremo norte de la isla, donde están las dos principales playas de la isla, en Saplunara. Llamarles principales a esas playas es un eufemismo. En realidad, son muy pequeñas, de unos cien metros de largo la primera y de no más de 25 metros la segunda. Son el tipo de playas que sí nos gustan: discretas, pequeñas, recogidas, agradables. Y, sobre todo, poco masificadas. Entre las dos no sumaban más de un par de centenares de personas. Cualquier otra playa así en cualquier isla del Mediterráneo, de nuestras Baleares por ejemplo, no tendría un centímetro de arena disponible en el que estirar la toalla. Y la cola de coches aparcados en la carretera sería de varios cientos de metros. Aquí hemos podido aparcar en el espacio habilitado al lado de la playa, a cuatro pasos del mar. Las dos playas tienen sus respectivos bares en los que se respira un ambiente distendido y tranquilo. Hay cócteles, claro, pero sin música estridente ni borrachos importunando la apacible atmósfera. Nuestro alojamiento en la isla de Mljet Hemos decidido cenar en nuestro hospedaje, en los Apartamentos Frano, que es el alojamiento que nos ha salido más caro del viaje (unos 130 € la noche). Aquí los hoteles escasean y la oferta de alojamiento es en forma de apartamentos y casas que se rentan para la época estival. El nuestro está en medio de la carretera principal, por la que apenas pasan coches, y tiene unas vistas magníficas. Se ve el mar de frente manchado por un pequeño islote rocoso, a nuestra derecha las cinco casas del asentamiento de Maranovići en el que nos encontramos con el perfil montañoso que singulariza a la isla detrás. A nuestra izquierda, más montañas y más verde. Hoy ha sido el primer día que hemos podido frenar un poco y desempolvar nuestros libros. La lectura de Bolaño escuchando el Adriático de fondo y las chicharras cantando es una experiencia que vamos a lamentar no poder alargar.