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El Bazar Verde de Almaty | Día 2

Puestos de comida en el Bazar Verde de Almaty

Con el sueño arrastrado del interminable doble vuelo de Pegasus, el segundo día de viaje ha comenzado, ha seguido y ha acabado tranquilo. La atracción principal del día sería el Bazar Verde de Almaty. El hotel tiene un buffet bien surtido a la antigua usanza, con un mucho de muchas cosas que se reponen sin fin. Todo en este hotel es a la antigua usanza: las moquetas, el ascensor transparente, los uniformes de los trabajadores, la fachada, las bandejas del servicio de habitaciones justo a la entrada de ellas. El Grand Hotel Tien Shan sirve perfectamente para alojarse en el centro y alojarse bien. Aprovechar el buffet y sus continuas reposiciones era por lo tanto obligatorio: queso, embutidos kazajos, zumos, huevos, cafés, más queso. Lástima que los muchos tipos de pan y los muchos tipos de dulces eran todos con gluten. El sin gluten aquí no existe porque la intolerancia al gluten no existe. Pero ya les llegará, como les han llegado los iPhone y los airpods. Las segundas impresiones son las buenas El día era para pasarlo paseando arriba y abajo Almaty, evitando el metro y los buses y los trolebuses, sumándole pasos a la aplicación del móvil. De tanto pasearla Almaty ha conseguido que la impresión primera de ayer se matizase. La ciudad es en realidad muy cómoda para el peatón, las aceras de las calles son amplísimas y los parques se ubican cada pocas manzanas. Hay bancos, parques infantiles, fuentes. Hay árboles para caminar por la sombra y guarecerse de la lluvia. Y la ciudad está muy limpia, muy cuidada, no tanto porque se vea mucha gente empleada en su cuidado, sino por el civismo ciudadano. O eso parece. Y la ciudad es muy ciudad, de esas en las que Cultura Nómada disfruta porque no paran de pasar cosas, de sucederse edificios, de mutar la atmósfera y el entorno. Por eso la cámara ha acabado hoy saturada de nuevas fotos. La diversidad kazaja representada en el Bazar Verde de Almaty Por no ensuciar parece que los locales han dejado el tabaco para pasarse al vapeador. Es la ciudad que uno haya visitado con mayor densidad de población de cigarrillos electrónicos y, por ende, de tiendas de vapeo (¿se llamará así?). Los fuman los rusos, los kazajos y los de todas las otras etnias, que parece que más allá de su origen y sus facciones conviven con total naturalidad. Es muy común encontrarse grupos con personas de rasgos distintos no solo interactuando, sino comiendo, paseando o emparejándose. La mejor muestra posible para constatarlo ha sido el Bazar Verde de Almaty (Zelyony Bazaar en ruso, Green Bazaar en inglés), una amalgama divertidísima y enorme de tiendas, puestecitos, vendedores, compradores, paseantes y curiosos. Un enorme mercado local Si alguien solo tuviera una mañana que invertir en conocer Almaty debería sin duda pasarla en el Bazar Verde. Es un mercado de mercados situado muy en el centro de la ciudad y en el que es rarísimo cruzarse con algún otro turista, con lo que su autenticidad es total. Todo lo que uno puede ver ahí es verosímil y la mejor muestra de cómo son y qué consumen los kazajos. Aquí no hay artificios para engañar al turista ni florituras no voluntarias. Fue construido en los setenta pero puesto bajo techo en 2016 y los que conocen la región dicen que no hay otro igual en toda Asia Central. El Bazar Verde de Almaty no es solo el bazar, sino todo lo que hay en los alrededores, con los muchos comercios legítimos y los menos evidentes, aunque no menos cuantiosos, de legitimidad y legalidad cuando menos dudosa. Los tayikos, los dueños de los frutos secos Que los turistas seamos una anomalía no quiere decir que los comerciantes no nos hayan visto nunca y no sepan cómo tratarnos. Por eso, aquí el regateo es el pan de cada día y si uno se aventura a comprar algo, debe presuponer que los precios serán siempre negociables. El Bazar Verde de Almaty es además la mejor muestra de la Kazajistán multiétnica, pues se pueden encontrar productos no solo kazajos, sino también rusos, ucranianos, georgianos y coreanos, entre muchos otros. Además, cada sección parece estar monopolizada por personas de la misma comunidad. Por ejemplo, los tayikos, que tienen rasgos entre iraníes y turcos, son los que se encargan de la porción de bazar dedicada a los frutos secos. Al parecer, son los más sociables y los que mejor saben jugársela al turista, te llaman y te invitan a que aprecies lo que tienen expuesto, pero se les intuye que son un poco como esos heladeros turcos que te enseñan y te esconden el cono hasta que el chiste deja de tener gracia. La sección de las carnes La herencia nómada del pueblo kazajo se reivindica en las dos secciones más concurridas y animadas: la de los lácteos y la de la carne. La primera está llena de quesos, yogures y bebidas de leche de vaca (como el ayran), de camello (el shubat) y de yegua (el kumis), muy populares todas en todo el país, especialmente esta última. Mucha sed tendrá uno que pasar para acabar probándola. La sección de las carnes es la más grande de todas y está dividida en subsecciones, dedicada cada una de ellas al animal del que procede la carne que se expone: la ternera, el cerdo, las aves, el cordero y el caballo. Encima de cada hilera, justo al principio, un cartelito verde reza en kazajo y en ruso el nombre del animal y un pequeño dibujo sirve de pista para los que el cirílico es solo una sucesión de palitos. El paraíso del carnívoro Los puestos se apiñan en cada una de las hileras uno al lado de otro, exponiendo todo tipo de cortes y partes de los animales. El caballo es la carne favorita de los kazajos a tenor de los puestos que se dedican a su venta. Los carniceros no parecen competir por ganarse la atención del

Almaty, primera parada del destino más insospechado | Día 1

El aeropuerto de Almaty, en Kazajistán

Estambul se ha convertido en punto de tránsito casi obligado para ir a cualquier sitio que quede encima, debajo o a la derecha de Turquía. Por ejemplo, Almaty, el destino más insospechado. Con todo el tema ruso y el cierre de su espacio aéreo a todas las aerolíneas occidentales, y del cierre del espacio aéreo de todos los países occidentales a las aerolíneas rusas, Turquía ha decidido llevarse bien con todos y con ninguno para opositar al monopolio de los viajes a Asia cercana, mediana y lejana. Hacer escala en Estambul –ya sea en el lado europeo, en el Ataturk, si se viaja con Turskish Airlines; o en el lado asiático, en el Sabiha Gokcen, si los ahorros solo dan para Pegasus— es poco menos que innegociable para ir en dirección oriente. En esas está Cultura Nómada. Bueno, una de sus mitades esta vez, porque la otra se ha quedado en casa acompañando el viaje como creadora de contenido por imperativo de su trabajo, dejando un vacío en el asiento de al lado que tratamos de llenar a base de videollamadas. Cuando Cultura Nómada nos dé de comer y de beber y de viajar, entonces Cultura Nómada no dependerá de terceros y vacacionará siempre en pack de dos, como casi siempre acostumbra. Ojalá algún día. En cualquier caso, a lo que íbamos. Para el nuevo viaje que nos ocupa Estambul ha sido el paso previo a llegar al destino. Y como el presupuesto aprieta —pero por suerte solo aprieta y no ahoga— nos toca escoger Pegasus, que casi siempre tiene las tarifas más competitivas de todas las aerolíneas para viajar a Asia Central, a Medio Oriente y a la propia Turquía. Padecimientos aéreos Como siempre también, y por ahí igual se explica lo de la competitividad de sus tarifas, Pegasus además tiene los vuelos más sufridos e incómodos de medio rango, esos que van de tres a cinco horas. Sus Airbus A320 haciendo un Barcelona-Estambul y sobre todo un Estambul-Almaty son como si un Nissan Micra se pusiera a competir en Silverstone o en Spa. Pues sí, claro, con suerte van a llegar a la meta, pero lo hacen con las rodillas de los pasajeros —especialmente las de los altos, ejem— listas para su jubilación viajera. De hecho, en el segundo de los vuelos, dos filas adelante, una de las compañeras de padecimiento se pasa el vuelo dejándonos a todo el pasaje boquiabiertos con sus contorsiones imposibles, subiendo las piernas donde debería estar la cabeza, moviendo los pies como lo haría Nadia Comaneci si se hubiese dedicado a la natación sincronizada. Sin compañero de fila, una pequeña tregua En ese segundo vuelo, por fortuna, el asiento del medio de la fila de tres queda libre y la mujer de la ventana, kazaja seguro, decide dejar su bolso con la cara del grito de Klimt a modo de mensaje del universo del sufrimiento que uno iba a padecer. Después de dormitar a duras penas algunos minutos sueltos de las cinco horas de viaje, en las que Pegasus no te regala ni un vaso de agua, el aplauso más tremendo irrumpe cuando el avión se desliza por fin por la pista del aeropuerto de llegada. Es curiosa esta tradición de aplaudir con fervor el aterrizaje, como reconocimiento involuntario de que se ha vivido un rato en el filo, como agradecimiento a ese piloto al que hemos confiado nuestro destino, tanto viajero como vital. Llegada a Kazajistán con el amanecer del destino más insospechado Son las seis de la mañana y amanece espectacular desde el aeropuerto de Almaty, el sol se deja ver por detrás de las montañas que rodean a la ciudad, la cordillera Tien Shan, el único accidente geográfico del país de las estepas, de Kazajistán. Si uno busca un mapa físico del país verá que la planicie más absoluta cruza de punta a punta todo el territorio de Kazajistán, la novena nación con más extensión del planeta y la más grande sin salida al mar. Ese amanecer es sin duda un nuevo mensaje del universo: el sufrimiento de vuestras piernas merece una buena recompensa. La maleta llega bien, el control de llegada se solventa con un nuevo sello inédito en el pasaporte y es tan temprano que uno se toma con calma los trámites preliminares típicos del viajero moderno: cambiar unos pocos euros por tenges locales, conseguir internet para el teléfono y meterle cafeína al cuerpo. También quitarse de encima mil veces a una docena de taxistas muy insistentes que tratan de sacar buena tajada de la ignorancia del turista recién aterrizado. En bus desde el aeropuerto de Almaty hasta el centro Los seguros 10 € que hubiese costado el trayecto en taxi del aeropuerto al centro de Almaty se convierten en un desplazamiento de treinta céntimos gracias al bus 92. Además de ahorrar, el trayecto es un primer acercamiento al país y a la ciudad. Sorprende el respeto a los mayores, a los que el resto de pasajeros ayudan a subirse y bajarse, y a los que ceden con naturalidad los asientos, tanto los que son preferentes como los que no. También sorprende que se utilice el móvil para abonar el trayecto, y que ninguno decida hacerlo sin pagar por muy sencillo que en realidad sea. Y que los airpods estén en los oídos de todos los que tienen menos de cuarenta y que el iPhone sea aquí también el grillete favorito al que encadenarse, constatando que el fenómeno globalización puede también con Kazajistán pese a que se hable ruso —además de kazajo— y la influencia cultural del vecino del norte se respire en el ambiente. Las primeras sensaciones de Almaty Almaty es la antigua capital del país y para muchas cosas su ciudad más importante. La primera impresión —todavía por contrastar— es que es una ciudad agitada y de grandes avenidas, muy de coches y poco hecha para caminarla, bien conectada eso sí por sus muchos y eficientes medios de transporte público. De primeras resulta gris porque