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El cañón Charyn y el lago Kolsai, el lado kazajo más salvaje | Día 3

El cañón de la Luna, cerca del cañón Charyn - Viajar a Kazajistán

Tenerse que saltar el desayuno buffet del hotel no era la mejor manera de empezar un día en el que tocaba conocer el cañón Charyn y el lago Kolsai, los dos espacios naturales que representan el lado kazajo más salvaje. Tampoco es la mejor manera de empezar el día tener que escuchar el despertador a las 04.30 h cuando el cuerpo todavía piensa que vive en la hora de Barcelona. Ayer fue un día tranquilo conociendo el Bazar Verde de Almaty, pero la jornada de hoy se promete animada. Es domingo y salir de fiesta en sábado no es patrimonio de ningún país ni de ninguna cultura, sino la más global de las rutinas juveniles. Por eso las calles de Almaty estaban llenas de zombis a las 05.00 h. El Über de todos los países de la esfera rusa, Kazajistán incluido, es Yandex, una aplicación multifunción que era la mejor alternativa a tener que caminar más de una hora para llegar al punto de encuentro para la salida de la excursión de hoy, sintiéndose uno Pedro Pascal en un Almaty postapocalítpcio. Un español entre rusos y kazajos A las 05.30 h empezaba la excursión a dos de los principales atractivos naturales del país, que están en la región de Almaty pero a una distancia que obliga al madrugón. Primero, el cañón Charyn; y después, el lago Kolsai. En el minibús vamos diez: el conductor y la guía, ambos kazajos; dos parejas rusas, unos de Novosibirsk y los otros de San Petersburgo; otro ruso, de Kazán; y tres mujeres kazajas en edad de poder ser abuelas, dos de ellas hermanas, de Petropavl, una ciudad que está pegada a la frontera con Rusia, y la otra de Karaganda, cerca de la capital Astaná. Y entre todos ellos, un español, servidor, al que sus nociones desgastadas de ruso apenas le han servido para coger palabras sueltas y repetir los básicos que uno aprende en un tutorial de Youtube. El panorama no podía ser más imprevisible. Sin subtítulos para el ruso El caso es que la lección intensiva de ruso no era el propósito de la excursión, aunque ha acabado siendo un fantástico añadido. El objetivo era pegarse una paliza para de una vez, aprovechando al máximo los días, poder visitar dos de los lugares que todas las guías de viajes ponen en lo alto de la lista de imprescindibles del país. Primero iba a ser el cañón Charyn y otros dos cañones adyacentes, el de la Luna y el Negro, y luego, un par de horas más adelante, el lago Kolsai. Viajamos en dirección a la frontera con China, que no está tan lejos. Las montañas de la cordillera Tien Shan se ven imponentes a lo lejos. Los picos más altos superan los 7.000 metros y se vislumbran ya en territorio chino y kirguís. Este sistema montañoso, en el que la nieve corona perpetuamente las principales cimas, es un apéndice del Himalaya. Laura, la guía que no sabe ser copiloto Esos picos es lo que se ve a lo lejos, pero a lo cerca los kilómetros son una sucesión de estepa yerma, entre verdosa y amarillenta. La guía, Laura, será muy buena guía pero es una pésima copiloto. Se acomoda indisimuladamente y a los pocos minutos de dejar atrás Almaty parece que se le va a dislocar el cuello y su cabeza va a salir rodando. Como ella, la mayoría caen rendidos por la hora, y uno se debate entre seguir apreciando el paisaje o sumarse a la lista de caídos en combate. Pasamos pueblitos y asentamientos, puestos de venta ambulante donde las sandías, los melones y las calabazas gigantes, del tamaño de tres veces las españolas, son el gran reclamo. Al cabo de un par de horas seguimos en medio de la nada y el destino, el primero de los cañones, todavía está media hora más adelante. Paramos en medio de la nada a tomar un café y a ir al baño, que en esta parte del país tiene forma de agujero en el suelo. El cañón Charyn, el hermano pequeño del Gran Cañón del Colorado El conductor despierta a Laura, la guía, con muy poco tacto: “Que ya llegamos”. Ella se sacude el sueño rápido y parece otra: risueña, alegre, animada. La siesta ha sido definitivamente reparadora. Se presenta y nos hace presentarnos, y nos explica cuál es la planificación de visitas de la jornada. Nos cuenta —primero en ruso y luego en un aparte exprés en inglés— que el cañón Charyn recibe este nombre por el río homónimo que cruza esta parte del país y que es el responsable de haber esculpido estos cañones con formas lunáticas y marcianas. Primero visitamos el valle de los castillos, que por lo escarpado del terreno y las formas que dibujan las paredes de roca verticales se ha ganado la acertada comparación con el Gran Cañón del Colorado. La panorámica desde lo alto es sobrecogedora y es la que ayuda a dimensionar la grandeza del lugar. Si el día es claro, muy a lo lejos están las montañas también, completando una postal inigualable. Caminamos por el corazón del cañón Charyn con destino al río. Es un paseo de casi 45 minutos y el ruso de Kazán, que está haciendo la excursión solo, se ofrece a intercambiarnos los papeles de fotógrafo y fotografiado con nuestros respectivos móviles para que no todo sean selfis. Azat el tártaro Azat, que así se llama, es tártaro y por lo tanto musulmán, por eso me cuenta que además de entenderse con los locales en el ruso que comparten también lo hace a medias en kazajo, ya que es un idioma muy parecido al tártaro, casi hermanos. Me explica que es programador informático y que trabaja en Almaty desde diciembre para desarrollar una aplicación sobre viajes y excursiones por el país. Llegamos al río y detrás se han quedado las parejas rusas, en las que ellos les toman fotos a ellas en cada roca, en las que posan de mil