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En tren por la estepa kazaja | Día 4

Tren de Almaty a Astaná, del que se baja uno de los guardias

El encanto de los viajes en tren es imbatible. Es seguramente el medio de transporte preferido de los que nos gusta el viaje como experiencia de tránsito y matices, como camino más que como destino. En Kazajistán la variable del romanticismo viajero no está contemplada como una de las razones que les animan a conservar y cuidar uno de los mejores legados que tienen de la época soviética: un sistema ferroviario con el que es posible cruzar el país de punta a punta. Para llegar en tren de Almaty a Astaná hay que cruzar toda la estepa kazaja. Es verdad que ahora la mayoría de las ciudades importantes tienen aeropuertos propios y conexiones aéreas diarias con —al menos— Almaty y Astaná, además de diversas aerolíneas nacionales. Y, de hecho, podré comprobar la conveniencia de los vuelos internos más adelante. Pero para el primer desplazamiento largo en el país —el más largo de hecho, en el que tenemos que cruzar toda la estepa kazaja— en Cultura Nómada lo teníamos claro: hay que pillar el tren. Despedida, hasta pronto, de Almaty Después de tres días muy bien aprovechados en Almaty, la antigua capital del país, toca conocer la cara más moderna de la moneda, la de la nueva capital. Astaná es una de esas capitales contemporáneas en las que los edificios son más largos que su historia, que se han convertido en los centros de poder de sus países por razones geoestratégicas y políticas, aunque con excusas casi siempre de índole práctica y de conveniencia. Un poco como Brasilia en Brasil o Naipyidó en Myanmar, que pudimos conocer en nuestro viaje mochilero por Asia en 2019. Lo más lógico habría sido aterrizar en Astaná, de hecho, porque es el único punto de la ruta que queda al norte, todos los demás están a la altura de Almaty, al sur. Pero Pegasus fue demasiado tentador con la tarifa de ida a Almaty y por eso ahora toca subir mucho en el mapa para en tres días volver a bajar. A bordo de un tren made in Spain en medio de la estepa kazaja Viajar en tren de Almaty a Astaná es relativamente sencillo. Las dos ciudades tienen varias conexiones diarias en tren que cubre la distancia de 1.200 kilómetros que las separa. Los trenes más directos y rápidos tardan en hacerlo unas doce horas y los más lentos, el doble, un día entero. De haber tenido muchos más días de vacaciones, aventurarse en uno de esos trenes lentos de locomotoras rusas que no pasan de cincuenta kilómetros por hora habría sido divertidísimo. Pero como no es el caso y viajar en tren de Almaty a Astaná ya está siendo un capricho que comprime muchísimo la ruta, tocó escoger uno de quince horas. Si los lentos son trenes rusos de toda la vida, los rápidos, como este en el que estoy ahora montado, llevan la marca España de la empresa Talgo. Hace ya algunos años Kazajistán llegó a un acuerdo con Talgo para renovar parte de sus locomotoras y, así, modernizar un poco el sistema ferroviario del país. Quince horas en un asiento, mejor que en una litera El Talgo kazajo es un producto typical Spanish, muy reconocible, ciertamente resultón y de acabados bonitos, el único que permitía cubrir el larguísimo trayecto en tren de Almaty a Astaná, a través de la inacabable estepa kazaja, en asientos y no solo en habitáculos con literas —que también los tiene—. Por eso y por los horarios, la elección ha sido este tren y no cualquier otro. Si Cultura Nómada trajera de viaje a sus dos pasajeros habituales habríamos optado seguramente por los compartimentos de dos de los primeros vagones, muy asequibles (unos 30 €) y con aspecto de ser bastante cómodos. Pero como solo venimos uno de los dos, y ese uno prefiere el asiento —mucho más cómodo que los de Pegasus— que la litera en los compartimentos de cuatro, en los que reina la sensación de claustrofobia por su reducido espacio, el viaje en tren de Almaty a Astaná ha salido muy barato, unos 14 €. Los trenes, el leitmotiv del país El tren es parte del paisaje de Kazajistán, parte de su idiosincrasia de país extensísimo y de tierra yerma, de bajísima densidad de población, de carácter nómada. En las partes del país donde no pasa nada más que el tren las distancias se comenta que se miden con respecto a la vía más cercana, como si esta fuera el ecuador y el meridiano de Greenwich y marcase sus coordenadas. El tren de Kazajistán es el hilo conductor, o al menos el telón de fondo, de algunas de las mejores novelas y relatos escritos sobre y desde el país. Hay una que se puede encontrar traducida al castellano, titulada La historia del prodigioso Yerzhán, una novelita breve en forma de fábula muy disfrutable sobre el carácter kazajo y sobre cómo este carácter está íntimamente conectado con las vías del tren que cruzan el país. El idioma ruso, casi una necesidad Para aventurarse a tomar un tren de Almaty a Astaná, o cualquier otro tren en el país que cruce parte de la estepa kazaja, es muy recomendable tener las nociones básicas de ruso que le permitan a uno leerlo, al menos. El billete se emite enteramente en kazajo y en ruso, no hay rastro del inglés, y en las estaciones hay algunos carteles en inglés que indican dónde está el baño o las tiendas, pero toda la tabla de salidas y llegadas está escrita de nuevo en ruso y en kazajo. Conviene, pues, al menos, reconocer las grafías cirílicas del lugar de destino para poder tomar el tren correcto. Al parecer, con este problema —con no tener ni papa de ruso— se encontraba esta mañana un turista chino, que daba vueltas por la estación hablándole al teléfono para que una aplicación tradujera al ruso sus palabras, y poniéndole luego a sus interlocutores el micrófono en la boca para que pudieran contestarle. Así ha conseguido que