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Shymkent, la ciudad sin adornos | Día 7

La calle Arbat de Shymkent con una mujer cruzando

Hoy ha tocado volver del futuro, casi viajar al pasado. Astaná ha dejado una huella extraña. Queda atrás con tantos interrogantes sin resolver y con la certeza de que es una ciudad única, a la que recomendaría a todo el mundo conocer. Quién sabe si será el paradigma del mundo que está por venir o su mejor anomalía, pero es sin duda impactante. Por delante viene Shymkent, la ciudad sin adornos, que no tiene nada ver. El bus hasta el aeropuerto ha sido el primero en el que he tenido que lidiar con una revisora, a la que le he explicado que el código no me funcionaba. Le he ofrecido monedas, me las ha aceptado y se las ha dado a otra de las pasajeras, a la que le ha instado —obligado, en realidad— a comprarme el billete, QR mediante. En los buses de Astaná el dinero físico es cosa del pasado y parece que los locales lo tienen del todo naturalizado. Incluso los más mayores apuntan y disparan al código con sus móviles. La gigantesca Gran Mezquita de Astaná El bus de despedida de Astaná ha servido para apreciar por última vez, ahora en movimiento, esos monumentos extravagantes, los edificios infinitos. De camino al aeropuerto he podido ver las dos únicas cosas que me había dejado por tachar, porque eran las más alejadas del centro. Primero, el Astaná Arena, el estadio del equipo de fútbol local. Y después, cuando ya la ciudad se empieza a mezclar con la estepa, en su límite más meridional, la Gran Mezquita de Astaná, completada hace solo un año. El templo es una monstruosidad, es inabarcable. Es la mezquita más grande de toda Asia Central, y una de las mayores del mundo. Según asegura Wikipedia, y para hacerse una idea de su magnitud, la cúpula principal tiene una altura de 83 metros y en su interior tiene un mosaico con veinticinco millones de cristales de diferentes colores y la alfombra hecha a mano más grande del mundo. Desde luego, he visto pueblos mucho más pequeños que la mezquita de marras. Es una pena no haberla visto más de cerca y por dentro. El vuelo de Astaná a Shymkent, una guardería El aeropuerto de Astána tiene un nombre insospechado. Adivina, adivinanza… Efectivamente, se llama Nursultán Nazarbayev, en honor al omnipotente expresidente del país. Es un aeropuerto pequeño pero moderno y funcional, aunque parece que la ciudad prevé construir uno nuevo en el futuro. También se intuye el esqueleto de lo que será un monorraíl o una línea de tren exprés que conecte la ciudad y el aeropuerto. Desde Astaná vuelo a Shymkent (o Chimkent o Shimkent, según dónde se consulte), la tercera ciudad más importante del país, que no tiene nada que ver con las otras dos, donde pasaré dos noches. El vuelo es con Scat Airlines, una de las aerolíneas kazajas, que parece haberse especializado en familias y bebés. Y es que el trayecto Astaná-Shymkent del 17 de agosto de 2023 tiene el dudoso honor de haberse convertido en el vuelo con más bebés de la historia de la aviación: dos a mi lado, otros dos en la fila de delante, dos más en la de detrás, otro en la fila de mi derecha. Por si fuera poco, la madre de mi fila que viaja con los dos bebés me ha usurpado mi asiento en la ventanilla, lo que le perdono solo porque su esfuerzo maternal al menos merecía la recompensa de las vistas. El equipo líder de la segunda división, también presente En el vuelo, además de bebés, viaja también un equipo de algo. Con disimulo trato de observar el escudo de los polos que llevan, y descubro que se trata del equipo de fútbol de la ciudad de Semey, la más cercana a la zona de pruebas nucleares de la antigua URSS en suelo kazajo. El equipo va líder de la segunda división del país y mañana tiene partido contra el Turkestán, la ciudad vecina de Shymkent. Aunque la madre de dos hijos pequeños me ha quitado el lugar de privilegio de la ventanilla, hago escorzos imposibles para poder ver yo también hacia fuera. Ahí abajo no hay nada. Estamos cruzando cientos y miles de kilómetros de nada, de tierra yerma marrón y verde, de planicies infinitas que no parece que se acaben en ninguna dirección. El anodino aeropuerto de Shymkent El vuelo es corto, apenas una hora y media, y el aeropuerto de Shymkent le gana en anodino al paisaje que acabamos de sobrevolar. Y eso tiene mucho mérito. El edificio que acoge la terminal de llegadas domésticas parece el techado del más cutre de los bazares. La cinta del equipaje va a pilas. Un hombre de unos cincuenta me pregunta algo y le digo en ruso que no hablo ruso. Me dice que si soy futbolista porque llevo la camiseta del Madrid, y le cuento que no, que simplemente soy turista. Y que tengo el carnet madridista. Su hijo adolescente chapurrea el inglés y ejerce de traductor cuando mi ruso no alcanza. No entiende qué hago aquí, le digo que conocer el país, y pone cara de que mejor me hubiese quedado en Barcelona reconociendo mi ciudad. La simpatía de los de Shymkent Mi maleta aparece y veo fuera de la terminal un puesto de información turística. Aunque ya me sé la ruta del bus que debo tomar, prefiero cerciorarme. Dentro, un chaval se sorprende de que un turista necesite información turística. Bueno, se sorprende de que aparezca un turista. Me confirma que el bus que debo tomar es el 12 y que puedo pagar los 100 tenge (unos 25 céntimos de euro) al conductor directamente. El chaval me da una botella de agua, tres panfletos informativos y un mapa, y me pide tomarme una foto. “Para enseñársela a mis jefes”, me dice. Si con eso se gana el sueldo de hoy, adelante, me dejo hacer la foto. En el bus casi me caigo con un frenazo del conductor

Astaná, la ciudad planificada con escuadra y cartabón | Día 6

El centro de la ciudad de Astaná de noche

El recorrido de ayer se quedó con un pendiente que ha pasado a ser la primera de las paradas de la ruta de hoy. En el segundo y último día completo en Astaná, después del prescriptivo desayuno que ha servido también de comida, Cultura Nómada ha hecho honor a su nombre y a su apellido visitando el Museo Nacional de Kazajistán. En esta ciudad planificada, el edificio que acoge el museo, como no puede ser de otra manera, es una enorme construcción, de mármol blanco y vidrio azul. Está formado por siete bloques y contiene en su interior hasta once salas. El museo es un revoltijo de cientos de cosas, la mayoría de ellas ciertamente interesantes. Pese a que reina a ratos el desconcierto y uno no acaba de entender la estructura de las exposiciones ni por qué están ordenadas de manera tan aleatoria, la verdad es que está lleno de piezas únicas, tanto de arte como arqueológicas, y describe de una manera muy divulgativa —aunque con un tufo a propaganda indisimulado— la historia del país, especialmente la más reciente. El museo aplica un sesgo habitual cuando Kazajistán habla de ella misma: fijarse sobre todo en lo más reciente, en los años que van desde 1991, cuando se logró la independencia. Astaná sería más tarde la ciudad planificada para convertirse en capital del país. Nursultán, hilo conductor del Museo Nacional Además, el museo resulta a ratos un panegírico de mil colores, con grandes fuegos de artificio, de la figura de Nursultán Nazarbayev, que más que una persona pareciera un semidiós, un escogido, un enviado del cielo. El culto al líder no es algo que sea exclusivo de Kazajistán, es una práctica habitual a lo largo de la historia, especialmente en países con gobiernos tirando a poco democráticos. Pero el museo da a entender muy bien cómo los designios del país, y su desarrollo, han ido ligados al empuje y el espíritu innovador de su ya expresidente. En cualquier caso, es bastante gracioso ver sus fotografías practicando deporte, plantando árboles y planeando proyectos arquitectónicos, como si en él se centralizara todo lo que Kazajistán es y todo lo que Kazajistán debe hacer. Un museo en el que cabe todo En dos horas largas, uno puede apreciar el crecimiento de la actual capital, una ciudad planificada para ser lo que hoy es. Y también la historia de los pueblos túrquicos en general y de Kazajistán en concreto. Se pueden ver piezas que datan de hace miles de años, instrumentos que definen las prácticas culturales del país, vestidos típicos, representaciones de yurtas, trozos de piedra rescatados de ruinas antiguas, los esqueletos de algunos dinosaurios que habitaron la región. Y para acabar de adobar este mejunje aparentemente indigerible, que milagrosamente no se hace bola, en la parte alta del museo, ya en la tercera planta, hay una sala dedicada al arte kazajo. Hay una treintena larga de cuadros de pintores locales, que representan la mayoría escenas de la cotidianidad pasada y presente del país. En un adyacente a esa sala hay una muestra de esculturas y piezas inclasificables, pero muy sugestivas. La parte antigua de Astaná La entrada cuesta el equivalente a unos 3,50 €, una auténtica bicoca, y durante todo el recorrido por las distintas salas solo me ha parecido cruzarme con otro turista occidental. Con las muchas lecciones que imparte el museo más o menos aprendidas, es momento de seguir explorando Astaná, la ciudad planificada por el expresidente Nazarbayev. Cerca tomo un bus para llegar a la parte antigua de la ciudad. La parada está techada y acristalada, para todos esos meses en los que el frío aprieta. La cara B de Astaná es bastante desalentadora, no tiene nada que ver con la loca ostentación de la parte nueva. Aquí, donde Astaná había sido Akmola, los edificios son grises y conservan las estructuras soviéticas. Después de caminar un rato por esta parte de la ciudad, busco el sendero que me lleve hasta el río, que separa Astaná en dos mitades completamente opuestas. Los Beatles, presentes en esta ciudad planificada Antes de cruzar me encuentro con una escultura de homenaje a los Beatles en el paseo Arbat, la zona más animada de la parte vieja, un reguero de puestitos de comida y recuerdos tradicionales que parece que no abrirá hasta la tarde. A esta hora del mediodía el sol pega fuerte porque no hay nubes que lo tapen. Para pasar del pasado al futuro aquí no hace falta un DeLorean como el de Regreso al futuro, simplemente hay que cruzar alguno de los puentes que unen las dos mitades de la ciudad. En este extremo el puente que hay que cruzar se llama Atyrau y es una chulada. Tiene forma de pez —comentan— y juega gracias a su peculiar armazón con las luces y las sombras, resultando muy fotogénico. El bus que no puedo pagar Hasta el hotel hay casi una hora a pie, así que decido que tomaré otro bus. Es la mejor manera de moverse por la ciudad barato (¿quién dijo gratis?) y rápido. No es que uno se esté colando, pero el caso es que hasta dos veces he intentado pagar y los conductores me han instado a hacer como los locales: pasar el código QR que hay en los cristales para que se te debite el trayecto. Lo intento para tratar de entender el funcionamiento, pero no consigo encontrar ni la aplicación que se necesita ni la manera para establecer la conexión. Así que haciendo caso al conductor, simplemente paso, me siento y disfruto del paseo. El encanto de lo dark Eso sí, antes de tomar el bus paso por un par de edificios que quería ver. Primero el hotel Duman, con un aspecto muy dark, que al parecer fue uno de los primeros grandes rascacielos de la ciudad cuando esta empezaba su desarrollo. Al lado hay un parque de atracciones en el que destaca una gran noria. Debe ser uno de los lugares preferidos de los astaneses,