Vuelta a Almaty desde el inhóspito aeropuerto de Shymkent | Día 9

Cultura Nómada es de viajes largos, pero no le importa que sean cortos siempre y cuando sean viajes. Kazajistán es un país enorme que es imposible conocer en diez días, que son los que vamos a invertir nosotros en recorrerlo. Pese a escasos, estos diez días están sirviendo para adentrarse en él y coleccionar un buen puñado de recuerdos. El viaje todavía se alargará dos días más, cruzando a la cercana capital de Kirguistán, a Bishkek, desde donde sale el vuelo de vuelta a Barcelona. La vuelta a Almaty es casi inevitable para poder cruzar la frontera, y por eso nos toca pasar por el aeropuerto más inhóspito que hemos conocido, el de Symkent. Con la vuelta a Almaty retornamos al primer punto de la ruta del viaje. Desde aquí la conexión entre las dos ciudades es mejor y más frecuente. La vuelta a Almaty es una oportunidad para explorar lo que quedó inexplorado en los primeros días y, sobre todo, el momento de buscar los (auto)recuerdos preceptivos de cada viaje. Algún día en Cultura Nómada montaremos un mercadillo con todos los regalitos y recuerditos que tenemos guardados en cajas. Pero vaya, hasta entonces seguiremos tropezando en la misma piedra, seguiremos invirtiendo tiempo y dinero en souvenires. El inhóspito aeropuerto de Shymkent, peor que una estación de bus Ha sido una mañana que no requería de madrugón. El vuelo ha salido a las 15.00 h y por lo tanto se podía apurar con creces la hora del check-out. Así ha sido, porque eran las 11.59 h cuando estaba cerrando la puerta de la habitación del hotel Aidana Plaza de Shymkent. La recepcionista me ha deseado un buen viaje y, tras devolverle los buenos deseos para el día, he visto con sorpresa que en la colección de banderitas nacionales expuestas en el mostrador de bienvenida estaba la rojigualda española. Supongo que es la forma que tienen los kazajos de mostrarse acogedores. Mucho menos acogedor era el inhóspito aeropuerto de Shymkent, un entramado de vigas y paredes disfuncionales, una estación de bus de ciudad de la España profunda más que un aeropuerto internacional que recibe vuelos que llegan desde Turquía, Indonesia o China. Nada que ver con los aeropuertos de Almaty y Astaná, y se entiende por el tamaño y el número de vuelos, pero la verdad es que es una primera y una última imagen que no querría dar ninguna ciudad al visitante. Desde aquí apenas salen una docena de vuelos al día. Antes del que tiene que llevarme a Almaty ha salido uno a Astaná a las 12.00 h; y mucho después, a eso de las 18.30 h, hay sendos vuelos programados a Estambul y a Almaty. En el aeropuerto de Shymkent es aburrido jugar a inventarle destinos a los pasajeros que esperan, porque no existen más destinos que el de Almaty. La zona del control de seguridad no abre hasta una hora antes del vuelo, cuando todos nos agolpamos para pasar a otra sala de espera ya sí previa al embarque, más anodina incluso que la anterior, pues aquí apenas hay un baño y una ventanilla desde la que se sirven cafés, refrescos y algunos bocadillos. El aeropuerto, además de inhóspito, está dejado y huele mal. El vuelo, por suerte, sale en hora y el trayecto es bastante tranquilo y muy rápido. En una hora estamos en Almaty. De vuelta a Almaty El alojamiento de los dos últimos días en Kazajistán no es el mismo que el de los tres primeros, porque no había disponibilidad. Por fortuna, de hecho, porque este segundo hotel de Almaty, el Resident City Hotel, está mucho mejor que el primero. El recepcionista me recibe con total profesionalidad. Cuando me está explicando las horas del desayuno, apunte al que siempre hay que estar atento, se atreve a preguntarme de qué ciudad soy y empieza a hablarme de cuánto le gusta el fútbol y la liga española, aunque prefiere la inglesa porque él es seguidor del Chelsea. Prefiero no recordarle que en las dos últimas ediciones de la Champions el Madrid eliminó a su equipo. Estoy muy cerca de la calle Arbat, la principal calle peatonal de Almaty. Salgo a pasear un poco para testar el ambiente de sábado de la ciudad. Se nota que es fin de semana y que es verano. La gente está en las calles, está en los restaurantes. Los más jóvenes parece que empiezan a prepararse para darlo todo hasta bien tarde. Hace una semana justamente me encontraba a las 05.30 h del domingo a los zombis de la noche anterior. Mañana los zombis seguramente volverán a aparecer, pero yo no tengo necesidad de madrugar y por lo tanto no nos volveremos a cruzar. Me paso por un centro comercial de la calle Arbat a comprobar que puede ser el sitio en el que mañana invierta algunos tenge en comprar recuerdos. Muy cerca está una tienda que se llama Meloman, que es una suerte de FNAC a la kazaja. Le doy una vuelta y me llevo algunos libros para que luzcan en la biblioteca de nuestro piso. Al lado entro a mi supermercado de confianza de Almaty, que está fantásticamente surtido, aunque es un poco caro para los estándares locales. Me llevo un poco de queso y algún snack para hacerme la cena en la habitación viendo la victoria del Madrid contra el Almería, que intuyo con los ojos medio abiertos porque las cuatro horas de diferencia pesan y el sueño me acaba venciendo.