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La frontera kazaja con Kirguistán | Día 11

Una estatua de Lenin en el centro de uno de los parques de Bishkek, la capital de Kirguistán

Nuevamente, los reportes de los viajeros independientes pasados le han servido al viajero del presente para establecer su ruta entre Almaty y Bishkek, la capital de Kirguistán, uno de los vecinos con los que limita al sur Kazajistán. Todas esas (escasas) referencias están escritas en inglés, signo inequívoco del carácter remoto del itinerario, de lo inhabitual del cruce de la frontera kazaja con Kirguistán por tierra. Desayuno pronto, ultimo la preparación de una maleta que empaca por encima de sus posibilidades y tomo un bus urbano para llegar hasta la estación de Sayran, en las afueras de Almaty. Un tipo sentado en el exterior me adivina que viajo a Kirguistán, y me indica que debo ir al mostrador del primer pasillo. El billete me cuesta 2.600 tenge (aproximadamente 5 €), cien de los cuales son extraoficiales, una especie de impuesto revolucionario que se agencia la propia vendedora. El ticket marca 2.500 y ahora entiendo por qué me ha dicho que solo se puede pagar en efectivo, pese a tener el datáfono descaradamente a su lado. Decido no rebatirle porque qué más da ya, si apenas son 0’20 €. La ruta parecía exótica por las pocas referencias de internet, pero en realidad la comparto con un puñado de mochileros: un par de británicos, una pareja de israelíes, algunos rusos. También va un grupo de mujeres que imagino kirguises. El bus hasta Korday, la frontera terrestre entre Kazajistán y Kirguistán Cultura Nómada ha visto y ha padecido buses peores que este, pero pocos. Los asientos son aproximadamente cómodos y tengo la fortuna de viajar sin compañero al lado, con lo que mi billete cuenta por dos. Quién sabe, quizás de ahí la comisión de cien tenge extra. En las afueras de Almaty se ve en las cunetas a decenas de personas esperando a que algún coche se pare para llevarlos. En Kazajistán está ampliamente establecido el autoestop de pago como medio habitual de transporte. Una vez dejada atrás del todo la ciudad, la abismal estepa kazaja vuelve a hacerse presente. Cada tanto aparecen pequeños poblados y entre la nada, alguna yurta aislada. El conductor para en medio del far west kazajo para que podamos ir al baño y gastar los últimos tenge que nos quedan. La estación de servicio apesta a orín y a mierda de caballo. El calor en el bus es horrible. No hay aire acondicionado y la apertura superior apenas consigue paliar el sofoco. El cruce de la frontera kazaja con Kirguistán, un trámite tranquilo La carretera que va desde Almaty hasta Korday, la frontera entre Kazajistán y Kirguistán por la que vamos a cruzar, es bastante irregular. Los buenos tramos de asfalto son pocos, gran parte del camino es por carreteras de tierra, aunque parece que la vía está en proceso de mejorar. El trayecto hasta la frontera entre Kazajistán y Kirguistán desde Almaty es de unas tres horas y media aproximadamente. Cuando llegamos, el conductor nos pide que recojamos todo nuestro equipaje y crucemos por nuestra cuenta y riesgo, a pie, las dos fronteras. Y que el bus estará del otro lado esperando. La salida de Kazajistán es un trámite rápido en el que no median preguntas, solo repetidas miradas a la foto del pasaporte para comprobar que soy el mismo, aunque con algunas canas más. En el puesto fronterizo de Kirguistán, cien metros más allá, el trámite es incluso más rápido: sello en el pasaporte y siguiente. Apartando a los cambistas, los taxistas y los vendedores de tarjetas sim La emoción por llegar a un nuevo país se disipa rápido, justo en el momento en el que en esa frontera entre Kazajistán y Kirguistán, ya en el lado kirguís, a uno le asaltan decenas de taxistas, chavales con tarjetas sim y cambistas. Todos hablan solo ruso y hay que quitárselos de encima también en ruso: “Spasibo. Net”. Cambio los pocos tenge que todavía me quedan, el equivalente a unos 8 €, y recibo unos 750 som, la divisa kirguís. La veintena de pasajeros nos juntamos unos doscientos metros más allá del puesto fronterizo, en una gran sombra. El bus tarda muchísimo en llegar. A los veinte minutos aparca un autobús que no es el nuestro, este tiene matrícula kirguisa y el anterior era kazajo. Uno de los rusos se acerca a preguntar, y el conductor le confirma que sí, que ese es nuestro nuevo bus, cuando nadie nos había avisado que íbamos a cambiar de autobús y de autobusero. No queda otra que creerle, así que nos subimos sin mucha seguridad, confiando en que no nos estén llevando al matadero. Llegada a la estación de buses de Bishkek Desde la frontera de Korday hasta Bishkek apenas hay unos 45 minutos más. El cambio en el paisaje es abrupto. Kirguistán sí tiene vegetación, cuatro árboles que se juntan en los alrededores de la carretera y verde, mucho verde. El país también parece más pobre en estas primeras impresiones. Llegamos a la estación de buses del norte ya sin señal de internet, con lo que a partir de ahora me encuentro con la única certeza de los pantallazos hechos por la mañana en el hotel, en previsión de la desconexión. Lo que esos pantallazos no indican es que la ruta que Yandex me da no es la de un bus, porque en Bishkek los buses urbanos son una rareza, sino la de una de las mashrutkas que operan como medio de transporte. La furgoneta la tomo con desconfianza, confirmando con el conductor que va hacia donde tengo que ir. Es una de las primeras paradas y consigo sentarme y colocar más o menos bien todo mi equipaje. La aventura en la mashrutka de Bishkek Pero poco a poco el desmadre más absoluto se apodera del momento. Pasamos por un par de bazares y comienza a subirse gente y más gente. La furgoneta tiene una quincena de asientos que ya están todos ocupados, pero eso no parece importarles a los kirguises, que se montan y se aplastan entre